A Sala Llena

Tenemos que Hablar de Kevin, por Emiliano Román

Tenemos que Hablar de lo Siniestro.

Una mujer que responsabiliza a la maternidad de su no felicidad presente; un niño que crece sin uno de los alimentos más necesarios para vivir: el deseo maternal; un padre que hace la vista gorda frente al monstruo que se está engendrando; una sociedad reaccionaria que busca justicia basada en sensaciones pasionales.

Todo esto y más se entreteje en el último film de la escocesa Lynne Ramsay, adaptación de la aclamada novela de Lionel Shriver que se sumerge en las dualidades emocionales que tiene que atravesar estar mujer en un proceso de duelo tan traumático como imposible de tramitar.

Ramsay nos va armando el relato a modo de rompecabezas para dar cuenta no sólo de la psiquis de Eva, a cargo de una gloriosa Tilda Swinton, sino también de su hijo Kevin, un adolescente responsable de masacrar a varios de sus compañeros de escuela.

Si bien, el espectador ya sabe algo sobre el desencadenante del drama, la habilidad de la directora, reside en que nos transmite una narración tan tensa, perturbadora e impredecible, como si no tuviésemos la mínima idea de lo que va a ocurrir.

El presente de Eva, se mezcla con un pasado que va construyendo la historia del vínculo maternal que la une o desune con su hijo Kevin. A través de un notable y dinámico montaje plagado de planos con fuerte tonalidad rojiza, y el maravilloso soundtrack, en especial por la canción “Everyday” de Buddy Holly, que es tan tierna y nada tiene que ver con lo siniestro de la historia, pero la directora logra combinar lo dulce y aterrador de la existencia humana con su mirada sincera, precisa e inteligente.

Si bien en los primeros minutos es un poco caótica, uno no sabe bien, cuál es el presente y cuáles son los flashbacks o flashforwards, a medida que transcurre la cinta se va ordenando la narración y ya es muy tarde para que el espectador se desentienda de la historia.

Son muy interesantes los primeros planos que se llevan las distintas escenas cotidianas con la comida, el hábito de la alimentación es el primer contacto intenso entre una madre y un hijo y esta ligazón persiste durante muchos años; acá Kevin hace uso y abuso de esto que una madre provee, provocando el odio más primitivo de ella.

No es que Eva no ame a su hijo, todo vínculo humano está unido por sentimientos de amores y odios, aunque en esta mujer prima lo segundo, sobre todo cuando su hijo la expone a impotencias que cualquier madre tiene que soportar. El no deseo de madre se impone, con eso viene la culpa, Kevin percibe el rechazo y actúa en consecuencia, se hace odiar más que amar, es el único lugar seguro que le queda en el deseo materno.

A diferencia de Yo Maté a mi Madre de Xavier Dolan, que también aborda de maravillas el ambivalente vínculo entre un hijo y una madre, esta película se atreve a mostrar las gravísimas e irreversibles consecuencias que a veces puede tener un lazo basado en el rechazo, pero afortunadamente está muy lejos de ser moralista y aleccionador, no la culpa, ni es indulgente con Eva, la muestra tal cual es, con todas sus debilidades, fallas y humanidades, como cualquiera de nosotros.

La pregnancia cromática del rojo metaforiza la sangre, no solo como sinónimo de la tragedia, sino también como el lazo biológico que une a una madre con su hijo, y como los lazos de sangre son los únicos vínculos que no se pueden romper jamás, Eva carga perpetuamente con los crímenes de Kevin. El rojo sobresale también en la comida, donde la sangre y los alimentos terminan fusionados casi indiscriminadamente, destacándose la sublime escena onírica inicial de la danza de los tomates.

Párrafo aparte merece la colosal actuación de Tilda Swinton, ganadora de varios premios por este trabajo, puede encarnar con una gestualidad minimalista y movimientos absolutamente espontáneos la terrible realidad que le toca vivir. Brillan los tres distintos y jóvenes actores que  interpretan a Kevin en sus diferentes etapas evolutivas, un personaje tan repudiado como seductor que es una mezcla de Chuky con Demian. El denominador común que se sostiene en las tres actuaciones es esa mirada que cautiva tanto como perturba.

Tenemos que hablar de Kevin hace mucho ruido en nuestras cabezas, por lo valiente, incómoda y desprejuiciada que es, al abordar sin ningún prurito, pero con buen gusto, la naturaleza siniestra del ser humano, este film nos propone no hacernos los tontos y hablar de ciertos temas sin moralinas que maquillen el horror.

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