A Sala Llena

The Master, según Elena Marina D’Aquila

Náufrago.

El cine de Paul Thomas Anderson es un cine que se ama o se odia. Luego de  Boogie Nights, fue tornándose cada vez más extremo en la rareza de sus narraciones, lo que ya forma parte de su estilo como director. Pero en The Master es tal el nivel de abandono narrativo que directamente se anula la narración al llegar a la mitad del metraje. Esto impide el avance  y desarrollo del argumento. Aquí tenemos, por un lado, a Lancaster Dodd (Phillip Seymour Hoffman), creador de una pseudo religión -La Causa- y, por el otro, a Freddie Quell (Joaquin Phoenix), veterano traumado -con esa incomodidad extraña que caracteriza a todos los personajes de PTA- de la Segunda Guerra Mundial. A partir de un encuentro azaroso, surge una relación entre ambos, por momentos homoerótica. Y eso es todo, amigos.

The Master es la película más extrema de PTA. Casi no contamos con información sobre los personajes y resulta impredecible deducir para dónde van a disparar ellos o el guión. Sus acciones no responden a ninguna lógica sino más bien al capricho de su director por crear aquella atmósfera de “absurdo”. No podemos descifrar qué los mueve o motiva: por qué el Maestro está tan obsesionado con Freddie, o de dónde surge su compromiso con La Causa si ni siquiera pareciera creer en ella. Su propio hijo le dice a Freddie que su padre inventa todos sus discursos en el momento. Sin embargo, su esposa cree fervientemente en El Método y es quien tiene la sartén por el mango. Uno de los problemas es que ninguno de los personajes genera empatía y la curiosidad por seguir su desarrollo –si lo hubiese- o ver hasta dónde llegarán se agota rápidamente cuando nos damos cuenta de que la respuesta es a ningún lado.

La historia avanza solo a través de la relación dominador-dominado y, fuera de ella, no existe el pulso narrativo. PTA se queda en una mera sinopsis en la que sobrevalora la imagen, ultra meticulosa en cuanto a encuadres, planos y movimientos de cámara, dejando el contenido a un costado. De esta manera, la película queda mareada hasta vomitar de las vueltas que da sin ningún propósito: la escena en la que Freddie y Lancaster se dirigen al desierto en busca del texto no publicado del Maestro, o la prueba en moto que, si bien tiene un desenlace, se dilata demasiado. En medio de esto hay muchas escenas que se repiten hasta el hartazgo, que giran sobre su mismo eje convirtiéndose casi en un deja vu irritante: cuando Freddie camina de un extremo al otro de una sala tocando las paredes de ambos lados, o cuando el Maestro utiliza su método para explorar las vidas pasadas de aquellos que se someten a la sesión. Da la sensación de que uno puede cerrar los ojos y despertarse en los últimos cinco minutos sin haberse perdido nada. Ni el logrado plano secuencia del comienzo -la mujer que camina por la tienda de ropa- ni la buena fotografía pueden cubrir el vacío narrativo. O el absurdo, como a algunos les gusta llamarlo.

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Por Elena Marina D’Aquila

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