A Sala Llena

The Master, según Rodolfo Weisskirch

Clase de cine.

Se deben contar con las manos los directores que pueden confluir un relato original, ambiguo, que consiga despertar interés por las sensaciones que intenta generar, que amalgame una osadía visual, pero a la vez una concepción del armado de los encuadres meticuloso. Pocos directores tienen la ambición de llegar a convertirse hoy en día en una mezcla de Kubrick y Welles. Quizás muchos lo intentan, pero pocos, acaso solo uno, lo logran. Esa persona se llama, Paul Thomas Anderson.

Anderson es de eso realizadores cuyas obras nunca generan indiferencia, donde cada película en forma individual provoca odios, celos, amor, fanatismo, porque consiguen incluir absolutamente todo lo que ha logrado el cine de Hollywood a lo largo de su historia en una sola película sin olvidar una personalidad audiovisual autoral, única, con temática común. Paul Thomas Anderson es acaso uno de los directores jóvenes (40 años para un autor sigue siendo juventud) de perfil más bajo, menos excéntrico pero más concentrado, innovador, original, transgresor que exista en la actualidad.

Desde Juegos de Placer ha encontrado un lugar respetado en la industria, fomentando films adultos, imposibles de describir en pocas palabras. Ya sea una biografía no autorizada del actor porno John Holmes y la industria del cine para adultos de los 70, como una obra coral fabulesca, telenovelesca como Magnolia, una comedia romántica poco tradicional – Embriagado de Amor – o esa increíble obra maestra llamada Petróleo Sangriento que tiene al mejor personaje de los últimos 20 años -el capitalismo salvaje hecho hombre, la historia del poder y la megalomanía-. Así de épica pero desconcertante como Magnolia es The Master, que posiblemente se trate de su obra maestra.

Así como Juegos de Placer se inspiraba en la historia de Holmes y Russ Meyer, The Master, toma como referente lejano a L. R. Hubbard, inventor de la cientología en la piel de Lancaster Dodd, un filósofo y hombre de ciencia que decide exponer su pensamiento a todo el mundo y lavar mentes con una filosofía chanta. El observador del poder de Dodd es un soldado psicótico, sexópata, que busca su lugar en el mundo, y cree haberlo encontrado en esta “nueva” religión.

Anderson podría haberse limitado en construir el mundo de Dodd, el poder sectario de su universo, pero en cambio decide imbuir al espectador en un trance hipnótico, basado en personajes horribles, en comportamientos extremos filmados con sutileza, sin dejar pasar un efecto provocativo. El director no se enamora de sus personajes sino que desnuda sus inseguridades, sus debilidades, sus locuras. Pero va más allá de eso, ridiculizándolos en escenas absurdas que demuestran la estupidez humana, cuestionando las sectas o grupos que se protegen en la fe o la religión para generar réditos económicos. Sin embargo, el film -extraño, misterioso y generador de tensión desde los primeros encuadres-, va entrando en un clima onírico donde al final es imposible dilucidar cuanto fue real, y cuanto sueño o imaginación del protagonista.

Joaquin Phoenix consigue una interpretación extrema, con momentos explosivos y otros más reprimidos o austeros, componiendo a un hombre salvaje, en un estado puro y primitivo. De hecho, Anderson no oculta que el personaje sea un simio, un chimpancé desde principio a fin, en contraste con el personaje de Phillip Seymour Hoffman, que supuestamente simboliza al hombre de ciencia, evolucionado y civilizado. Esta suerte de duelo interpretativo, que satiriza el ícono de Pigmalión, tiene una tercera pata que no deja de generar interés en el personaje de Peggy (Amy Adams), la esposa de Dodd cuyo rol es mucho más importante y trascendente del que Anderson quiere exponer en un principio. El trío de actores, consigue posiblemente las mejores y más convincentes actuaciones de su carrera. Seymour Hoffman, actor fetiche de su director, logra despegarse de sus propios clisés, logrando un personaje que no cae nunca en el estereotipo, demostrando una solidez en base a carisma y personalidad. La fortaleza de Adams – con quién Seymour Hoffman ha compartido pantalla dos veces en el pasado en Juegos de PoderLa Duda – y su siniestra frialdad, la convierten en un personaje sobrehumano, que juega con la estimulación e hipnotiza gracias a una mirada terrífica.

Es imposible describir con palabras la magnífica sugestión que Anderson logra plano a plano, escena tras escena. Consigue en Mihail , un socio adecuado para armar una puesta en escena impresionante, con planos secuencias y juegos de foco poco comunes y muy complejos. Por otro lado confía en Johnny Greenwood nuevamente para crear una banda sonora atmosférica que intensifica el malestar general que se vive en una pelìcula en la que el cinismo y la ironía se vuelven un arma en las manos de Anderson para desconcertar al espectador y construir una obra que goza de cinefilia clásica, pero a la vez se opone al relato tradicional.

Además, haber filmado esta peícula en 70 mm expone un amor por el arte cinematográfico que parece olvidado por las nuevas generaciones de cineastas. The Master es una película que es necesario reveer y analizar continuamente porque contiene numerosas capas narrativas, misterios, imágenes subliminales que quedan afuera en la primera visión y el primer análisis. Es una obra lenta, y necesariamente densa que habla, como en todas las películas de Anderson, del poder mortal de las sectas, de los grupos fanáticos, de la chantería y propaganda macabra que nos lava el cerebro a diario con palabras reconfortantes, pero que no se trata ni más ni menos que de una ridícula puesta en escena para sacar plata, que hasta un simio, un chimpancé, un hombre primitivo, se puede dar cuenta que se trata de un engaño. Engaño como en el que caemos con este film que nos envuelve y nos deja pasmados, reflexionando sobre el poder de sugestión de las imágenes, del cine, del arte de Paul Thomas Anderson.

Obviada injustamente por la Academia de Hollywood – solo nominaron al trío protagónico que previsiblemente no va a ganar generando otra injusticia –The Master confirma el talento de Anderson, un director muchas veces subestimado, un referente del cine contemporáneo, un voto de confianza para creer que el buen cine no está muerto.

calificacion_5

Por Rodolfo Weisskirch

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