A Sala Llena

Tres en la deriva del acto creativo

En su canto de cisne, al cabo su obra póstuma como director, el recordado Fernando “Pino” Solanas, Pino –como corresponde–, legendario director de cine argentino erigido por el tiempo y las medallas –las películas– como símbolo del cine y la política que luchó gremial y legislativamente por la protección estatal, la industrialización, la emancipación y la supervivencia de la memoria viva del cine nacional, elige la circularidad. 

La vida es circular también: nacemos con pañales y morimos con ellos. La circularidad le da unidad a la película, aunque Luis Felipe Noé, el expresionista renegado, el conceptualista dubitativamente asumido, se queje de la busca de la unidad: “Para qué buscar la unidad en la obra si en el mundo no existe la unidad”. Lapidaria verdad. Los borrachos, los niños y los artistas de verdad dicen la verdad.

Fernando “Pino” Solanas conoció a Luis Felipe “Yuyo” Noé y Eduardo “Tato” Pavlovsky mientras rodaba La hora de los hornos en la segunda mitad de los sesenta, su primera obra de largo metraje y alcance, y elige a estos amigos para concluir su filmografía; otra circularidad. 

Los tres personajes, que son popes en lo sus áreas, se explayan con prevalencia sobre el caos, el antiorden, y cómo activa la fruición del arte y por el arte. Sobre la intuición y el caos creativo, Noé afirma con un cierto malhumor que denota un pasado de permanentes reclamos docentes: “Yo no puedo transmitir un método porque no tengo un método”. 

Sobre lo que dice su amigo Noé, acota con lucidez otro de los protagonistas, el gran psicodramaturgo Eduardo Pavlovsky, fallecido en 2015, en su primera intervención (también apreciaremos extractos filmados de sus trabajos teatrales, así como de su protagonismo en la película La nube, estrenada por Solanas en 1998): 

“No tener método es también una forma de crear una metodología de trabajo”. 

Lo dice el autor que se desprendía de sus textos para que el elenco a su cargo fuera modificándolo durante los ensayos, o quien afirma que no tiene un cómo cuando escribe teatro, o, concretamente: 

“Hay que ser respetuoso con el caos”. 

Sobre la complejidad de hacer lo suyo, que es el cine, lamenta Pino, financieramente lapidario: “Yo, para crear una imagen, tengo que convencer a técnicos, productores, levantar decorados. El sueño del pibe es hacer el cine dibujado”. 

Estamos ante un documental auto-celebratorio con merecimiento de causa y con personajes célebres con décadas de bohemia encima, pero de la bohemia que había que ir a buscar a algún barrio peligroso o al Centro, no por Zoom; la bohemia transnacional con anclaje tanguero y vasos de vino. Si hubo un “Café de los maestros” con el tango, esta película podría llamarse “Café de los maestros 2: no hay café, hay vino”, porque maestría sobra en este trabajo final, volcada tanto en la compilación de frases inteligentes, reflexiones y fotogramas de la vida de los tres como en el arte que hizo de sus vidas un hecho artístico, y como en la película –esta película– que refleja esta realidad en otro hecho artístico, casi epilogal.

Noé: “Hacer un cuadro es como ver crecer a un niño. Y uno se va adaptando al niño, no el niño a uno”. Bajo el sonido de estas palabras se nos permite asistir al privilegio de ver cómo el gran artista plástico residente en París, el único vivo de los tres amigos, da las primeras pinceladas a un nuevo cuadro, como, sí, un niño ante un papel en blanco. Las “pinceladas” son metafóricas porque las dos primeras acciones como pintor que Noé aplica sobre la tela empotrada en el bastidor son 1) echar pintura directamente desde un tarro al centro de la tela y 2) empezar a desparramarla en abstracciones concéntricas con un secador de piso de palo y goma de los que usamos para limpiar el piso del baño cuando la cortina no ha cumplido su función correctamente. 

En Tres en la deriva… del acto creativo Pino también oficia de coeditor, cofotógrafo y coproductor y asume la dirección de arte completa. Tal vez por eso afirma psicoanalíticamente esto: “El hecho creativo lo vivo como una crisis; estoy contento, pero en conflicto”. Siempre supo manifestar su poder de orquestación, Pino, cualidad de multifacético que debió entrenar a la fuerza cuando acopió experiencia en la década de los sesenta filmando con el Grupo Liberación en la más genuina y peligrosa clandestinidad (uno de los capítulos que divide el relato se llama “Pino y la poética del riesgo”), y en esa metodología impuesta por el entorno político se forjó su temple unipersonal para trabajar en grupo, valga la paradoja. 

Pino dixit: “Lo más difícil de todo en el proceso creativo es ponerse a trabajar, meterse en el clima favorable y misterioso en el que surge una motivación. Porque uno vive en un mundo de dispersiones y de obligaciones constantes”. Insiste: “El universo creativo es lo más opuesto al orden; es un permanente desorden. La técnica nuestra, del cine, es para ordenar ese caos”.

En esta película también reflexionan “los hijos del exilio”, como se autodenomina Juan Solanas (director de Nordeste y Al revés) junto a Gaspar Noé (el notable y polémico estilista de impacto internacional de Irreversible e Into the Void, por mencionar dos títulos de un cuerpo de obra coherente en ética y estética, formado académicamente en una escuela de cine pero prácticamente como asistente de dirección en Francia durante los rodajes de Pino allí) y Martín Pavlovsky, el actor y músico residente en Argentina, visto en películas como Moebius o la misma La nube, de Pino, o en programas de televisión de culto como “Juana y sus hermanas” y “Cha Cha Cha”. 

Entre las virtudes de la película que son ajenas a Pino, al menos de manera directa, encontramos el momento en que Gaspar Noé habla de su padre; de cómo aquel miembro de la Nueva Figuración modificó el curso de su vida al recomendarle a él y a su hermana mayor que de grande iban a poder ser lo que quisieran, pero que serían más felices si se dedicaban al arte.

Cerramos esta crítica con una frase, también dicha en la película: “Caos no es desorden; caos es la vida misma. Creo que la palabra ‘caos’ no tiene un opuesto, y si lo tuviera sería la muerte”. 

La frase corresponde a uno de los tres de la tríada protagonista, pero podría ser de cualquiera de los tres, porque representaron un triángulo equilátero de amistad y entrega. Dejo al lector que lo adivine.

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Argentina, 2021)

Guion, dirección: Fernando “Pino” Solanas. Con: Fernando “Pino” Solanas, Luis Felipe “Yuyo” Noé, Eduardo “Tato” Pavlovsky, Gaspar Noé, Juan Solanas, Martín Pavlovsky. Duración: 96 minutos.

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