A Sala Llena

Una historia para el Diego

Hace mucho tiempo que tengo ganas de escribir sobre el Diego, pero por una razón u otra y no sé por qué, lo postergaba.  El miedo a no estar a la altura de las circunstancias, fuera tal vez, el motivo  de más peso.

Los que leen hace rato la columna, ya sabrán que soy una mina apasionada, vehemente y bastante “enfática” en mis preferencias e inclinaciones. No suelo andar con medias tintas y se me hace más bien difícil, agarrar la senda del aplomo  con más de una cuestión. Pero, la realidad, es que fanática,  fanática, lo que se dice fanática, solo he sido de un hombre: Diego Armando Maradona.

Es un fenómeno muy raro. El fútbol no me interesa y, debo decir, más bien me aburre a no ser en los mundiales o en contadas ocasiones.  Soy de Independiente de manera cómoda y sin estridencias, no me da por detestar casi a ningún rival y admito sin inconveniente, que la mística del balón-pié me esquiva redondamente.  Solo Víctor Hugo Morales con su talento refulgente, ha dirigido mi pobre interés hacia allí, en los largos viajes en ruta de Huinca hasta acá, con su programa de la tarde.  Es por eso, que mi devoción por Maradona es algo que ni yo misma me explico demasiado.  Es muy extraño. En ocasiones, la sola mención de su nombre me ha hecho soltar el llanto y, más de una vez,  me he trenzado con alguno de manera encarnizada, defendiéndolo como si fuera de mi familia. No puedo evitarlo. Mi amor por Diego es algo que me sale de la entraña como si fuera magia y yo me someto a él sin hacerme demasiadas preguntas.

Nadie, ni sus más absolutos detractores, puede negar que Diego ha nacido y vivido como si fuera un personaje cinematográfico. El gran guión de su vida no podría ser más perfecto ni si lo hubiera desarrollado el propio Carrière. Cientos de documentales, incluido uno del mismísimo Emir Kusturica,  lo prueban. Recuerdo que era muy chica cuando vi Héroes en el cine de mi pueblo. No tengo demasiada recolección de casi nada de la película, solo de que arrancaba describiendo como México se había repuesto del terremoto y se había reconstruido para el mundial  y cómo iban apareciendo los nombres de los jugadores más destacados del ochenta y seis.  Cuando apareció la palabra Maradona, a mi el pecho se me llenó de angustia y no pude parar de llorar durante toda la película. Es que decir Maradona, es como decir Tierra, como decir Hogar, como decir Beso, como decir Patria.

Nos enteramos que Doña Tota estaba mal mientras escuchábamos radio,  viajando para mi pueblo. Mi esposo me tomó de la mano y me dijo que no me preocupara, le dije que si Diego estaba volando para acá, era porque la cosa no debía estar nada bien. Finalmente supimos del fallecimiento y el corazón se nos achicó en una angustia perenne, que parecía no poder volar para ningún lado. Hay abrazos que no pueden darse y eso los vuelve remolinos, torbellinos de calor intenso que se quedan con nosotros quemándonos las manos.

Muchas veces he querido guionar algo que tuviera que ver con Diego. Solo llegué a hacerlo como por elevación y sin ser demasiado directa.  Fue un personaje fantasma dentro de uno de los guiones de largometraje que escribí y hasta ahí me dio el piné.  En mi breve época de ayudante en la cátedra de proyectos en la escuela de cine, me encontré con uno de los guiones más perfectos para cortometrajes que yo haya leído jamás. Era de un pibe que se llamaba Ramón, no me voy a olvidar nunca, y había escrito sobre la camiseta que Diego había usado en el gol a los ingleses. Se trataba de dos ladrones que un cura contrataba para que robaran en lo que parecía un laboratorio farmacéutico. Robaban algo que resultaba ser la camiseta. La historia era perfecta y tenía que ver con que Dios había bajado a jugar al fútbol durante aquel emblemático partido y se había metido en el cuerpo del Diego.  El final era épico: uno de los ladrones se ponía la camiseta y en eso entraba el cura y lo baleaba sin piedad. El otro ladrón terminaba con el cura y, mientras lloraba desconsolado, su amigo se levantaba de la muerte protegido por la camiseta. Recuerdo que, cuando terminé de leerlo lloraba como una descocida tanto de admiración, como de fanatismo. Ramón, dónde quiera estés, gracias por aquel maravilloso material tan devoto y tan perfecto.

En este mismo momento, mi marido pasa por la habitación cantando: “Si yo fuera Maradona…” A dónde se lo nombra, Diego lleva magia.

Pero hubo una historia, verdadera, que una vez escuché y que siempre quise escribir o filmar. Estábamos en Caviahue y nevaba que se caía el cielo. Habíamos ido un grupo bastante grande y alquilamos una cabaña. Era de noche y estábamos cenando un guiso potente de carne y fideos, regado con abundante vino tinto. Estábamos hablando de bueyes perdidos, todos medios achispados, cuando uno de mis amigos se puso a contar anécdotas de la infancia. Rápidamente y porque las noches a veces son así, todos terminamos recordando a alguien que ya no está entre nosotros. Alguien querido y extrañado, que se fue joven y que había nacido un 30 de octubre, igual que el Diego.  El narrador de la anécdota se remontó alto y recordó muchas cosas coloridas del ausente y todos nos reímos con ternura y con añoranza. Muchos ojos brillaban y se cerraban recordando su cara o su voz o sus gestos. Pero hubo una historia que lo pintó de cuerpo entero y era una historia de fútbol.  Contaban que uno de los fuertes del pibe, había sido ese. Era increíblemente bueno y diestro para jugar, el mejor del equipo lejos y con un talento sobresaliente y remarcable. Por supuesto, fiel a su naturaleza indomable, era vago para entrenar. No iba nunca a la práctica y el director rezongaba a troche y moche amenazándolo con no dejarlo jugar bastante seguido.  En uno de los partidos, el tipo cumplió con la amenaza y no lo dejó. Entrado el match la cosa se les complicó mal y la ausencia del crack del equipo se hizo sentir. El narrador de la historia lo contaba desde adentro, porque él también estaba en la cancha.  Como necesitaban un gol urgente, el DT terminó cediendo y dejó que el virtuoso entrara al juego  pero secretamente sabía que, en cuanto metiera el gol que necesitaban, lo sacaría inmediatamente.  La cuestión es que, en pocos minutos, el pibe ya estaba en el área rival, mano a mano con el arquero. Inexplicablemente, unos dos segundos antes de definir, el as del equipo,  se tira al piso fingiendo un golpe. El amigo que narraba la historia contó que se le acercó desconcertado:        _ ¿Qué haces boludo? ¡Metelo!

_ No, todavía no lo voy a meter…_ contestó el ausente_ Si lo meto me sacan.

Ganaron el partido sobre la hora, por supuesto, con gol de él.  Todos nos emocionamos mucho y yo enseguida pensé en el Diego y en cómo algunos pueden descansar en su talento para hacer grande al juego, para hacer grande la vida. Son esos tipos que se ponen la existencia al hombro, que no ocultan su naturaleza salvaje, que se comunican de manera más directa con su esencia divina y que pueden hipnotizarnos con sus destellos sobrenaturales. Son los genios, las estrellas fugaces, los que sufren más, los que entregan todo.  Los tipos que hacen de su historia algo que merece ser narrado una y otra vez. Los que existen como si los hubiera dibujado una pluma. Los que nos ponen en cuenta de que podemos ser épicos.

¡Fuerza Diego,  te amo!

“En una villa nació, fue el deseo de Dios. Crecer y sobrevivir a la humilde expresión…”

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