A Sala Llena

Victoria, según Matías Orta

Entre los recursos cinematográficos, ninguno genera tanta fascinación como el plano secuencia. El seguimiento de una acción sin cortes, durante un tiempo prolongado, permite una fluidez y un realismo que difícilmente se logre de otra manera. Su elaboración también requiere de una importante destreza técnica por parte de los cineastas, pero no pocos supieron sacarle provecho y crear secuencias de antología: de Orson Welles a Alfonso Cuarón, pasando por Stanley Kubrick, Andrei Tarkovski, Brian de Palma y Gaspar Noé, entre otros. Y hasta fueron apareciendo películas enteras contadas así. En Festín Diabólico, de 1948, Alfred Hitchcock falseó el único plano secuencia debido a que los rollos de fílmico duraban hasta 10 minutos, con resultados impresionantes. Más adelante, Andy Warhol desafió al público con un único plano del Empire State en Empire. El surgimiento de las cámaras digitales permitió más films fieles a esta impronta, sin recurrir a trucos, como Timecode, de Mike Figgis; El Arca Rusa, a cargo de Aleksandr Sokurov, y la uruguaya La Casa Muda. En los últimos tiempos, Birdman, de Alejandro González Iñárritu, se convirtió en el ejemplo más reconocido y premiado. Un nuevo exponente llega de Alemania, y en su vertiente más frenética: Victoria.

Victoria (Laia Costa), joven madrileña, baila en una disco de Berlín, se divierte, goza, pide un trago, en la puerta conoce a un grupo de muchachos, hacen chistes, conversan, se van, siguen hablando en las calles, en una terraza, ríen, beben, fuman, siguen hablando, y llega la hora de despedirse y Victoria llega a la cafetería donde trabaja pero ellos vuelven porque la necesitan para una misión muy importante; ella va y resulta que la “misión” es el robo a un banco, deben hacerlo sí o sí por una deuda y van a ejecutar el robo y…

Con un estilo vertiginoso, el director Sebastian Schipper consigue un film que comienza como una versión marginal -y siglo XXI- de Antes del Amanecer, de Richard Linklater, y deviene en una del subgénero de atracos bancarios, donde las consecuencias suelen ser las peores. Todo contado en un único plano sin cortes ni trucajes; un ejercicio de precisión que evita las florituras y nunca descuida lo que está contando. Las grandes islas de diálogos del principio no resultan vacías sino que sirven para que los personajes se conozcan (y sean conocidos por los espectadores): gracias a niveles de información tan calculados como la puesta de cámara, podemos descubrir que tanto Victoria como sus flamantes amigos quieren escapar de un pasado tortuoso que, en el caso del grupo, los perseguirá sin tregua.

La española Laia Costa se consagra como un nuevo talento a tener en cuenta. Sabe darle carnadura a su papel, con apenas pinceladas, y la búsqueda estética de Schipper favorece su lucimiento actoral y el de sus compañeros de elenco. Victoria no se conforma con ser el prodigio técnico de la temporada y resulta la más fresca, intensa y audaz representación cinematográfica de las vivencias de estos jóvenes empujados hacia la violencia. Sin una historia ni personajes sólidos e interesantes, la película no hubiera podido sostenerse sin importar cómo la filmaran. Ni siquiera el decaimiento del ritmo sobre el final estropea una experiencia vibrante.

calificacion_4

Por Matías Orta

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