A Sala Llena

Vine por el Aviso…

Una columna o dos o tres atrás, hablando del erotismo en el cine, recordé la película La Secretaria. Por alguna extraña razón, el film no abandonó del todo mi cabeza en las últimas semanas, si no que más bien, se instaló allí medio de manera permanente.

Hoy es feriado y en mi casa hay una especie de tufillo a domingo que arrastra todas las actividades.  Desayuno relajado, sin apuros y sin despertadores, lectura tranqui del diario, horas enteras en Facebook, riego de plantas a conciencia, paseos interminables hablando pavadas o escuchando la radio del auto, té helado con limón y pajita, almuerzo fuera de la casa, siesta callada y, por supuesto: ¡fooooootbaaaaaaaaall, pasión de multitudes!!!!!!!!  Pasión de multitudes, pero fuente inagotable y perenne de embole y desesperación para mi.

Hoy jugaban River y Estudiantes, así que, para mi media naranja gallinácea y millonaria,  la cosa era comparable con la cumbre del G20 o el concilio papal.  Como me vi venir el asunto, decidí que me recluiría en el dormitorio a leer o a ver algo tumbada en la cama. Por supuesto, cuando tuve que decidirme, La Secretaria me llamó desde la videoteca, con un susurro tan sugerente y provocativo como irresistible.

¿Se han preguntado por qué las personas hacen tantos esfuerzos por codificar las formas de expresión del amor? ¿Han pensado alguna vez en los ríos de tinta invertidos en la faena tan temeraria como mentirosa de tratar de darnos a aprender y memorizar una lengua que no existe? Porque la lengua del amor, el idioma del amor, no existe y no ha existido jamás.

Por supuesto, alguien de por allá atrás saltará con la mano en alto y gritará: _ ¡La Poesía es el lenguaje del amor!, o también ¡A dónde no llegan las palabras llegan el lenguaje del cuerpo y los suspiros!, y mil afirmaciones pedorras como esas. Pero la realidad es que el lenguaje del amor no existe, porque el amor no asume ninguna forma ni se somete a ninguna regla ni descifra ningún mensaje ni construye estructura alguna que podamos ver con los ojos. Exactamente de esto, se trata La Secretaria.

Este film tan extraño como maravilloso, tan amenazante como excitante, tan oscuro y pervertido como romántico, que de alguna manera se las arregla para meterse en tu sistema nervioso irreversiblemente.

Protagonizada por James Spader y Maggie Gyllenhaal, basada en la novela homónima de Mary Gaitskill y dirigida por Steven Shainberg, La Secretaria es una película poética y bizarra que transita una trama difícil de manera simple y perfecta.

La historia va por el encuentro de Edward y Lee, un hombre y una mujer unidos primero por el hecho de que son jefe y secretaria, pero que, a la larga descubrirán que son almas gemelas, extrañas, raras y exóticamente bellas, pero almas gemelas al fin. Su punto de encuentro crucial: el dolor físico como único verdadero camino al placer sexual y al erotismo pleno y, por qué no, nueva y entusiasta tentativa  de “lenguaje de amor”.

Con sus decorados asfixiantes, su música misteriosa y provocativa y su ritmo envolvente, te empieza a apretar y apretar, a sofocar y sofocar, a calentar y calentar, hasta que te encontrás casi jadeando sin saber muy bien por qué. 

La paleta de colores está completamente dividida. En la casa de Lee, donde vive su familia que es mas que disfuncional, todo es pop, muy Barbie, muy suburbio plástico. Todo celeste, lila, violeta, verde agua… En el estudio de Edward en cambio, la cosa se pone mas pesada, mas cálida, mucho mas voluptuosa y texturada. La oficina de este misterioso abogado sadomasoquista parece mitad  un palacio de oriente, de china talvez, con sus plantas y sus flores exóticas  y mitad un castillo medieval, con sus tapices y sus paredes gruesas e inexpugnables.

Edward es reservado, dulce, raro al extremo, con una ternura tan increíblemente bien desarrollada e interpretada por James Spader, que te cuesta horrores no enamorarte, aun cuando la parte oscura de su personaje se yergue detrás de todo como una sombra que te para los pelitos de la nuca. Lee, por su parte, va cambiando tanto a lo largo de la película que se vuelve una especie de tesoro por descubrir. Al principio parece opaca, marrón, envejecida pero a medida que el placer va llegando, se vuelve sensual, increíblemente joven, transparente y luminosa. La profundidad, la complejidad, la fragilidad y la locura de este personaje encarnado de manera soberbia por Maggie Gyllenhaal, van apareciendo de a poco, muy suavemente, de manera natural y lubricada.  Es como si la película se encargara de excitar y de desafiar al espectador, pero también de cuidarlo y resguardarlo de sus propios demonios. Por supuesto, el amor y el dolor van cruzando todos los límites, pero es difícil darse cuenta, porque estamos ya tan inmersos en el romance que bien podríamos jurar que nos están cantando una canción de cuna.  

La excitación de la voz de él, la increíble inocencia brutal y erótica de ella, la fragilidad de los dos, la tibieza sofocante y total con la que se van enamorando, lo terriblemente peculiares y hermosos que son ambos personajes, convierten a esta película pequeña y elegante en un tanque de sensualidad y desconcierto. Desconcierto si, porque es muy difícil encontrar una brújula veraz en medio de ese remolino de sensaciones corporales y malestares intelectuales.

Una parte de mí, de mi cabeza de mujer, me dice que todo ese universo de placer y dolor es denigrante,  es vejatorio y perverso,  pero otra parte,  mas invisible, subrepticia y escondida ya se ha encargado de hacerme llegar el mensaje de que en estas cuestiones lo que diga la cabeza no tiene la menor importancia.

El film es casi perfecto sin lugar a dudas. Los protagonistas toman riesgos crudos en sus composiciones y son absolutamente nuevos y únicos. Ni un solo cliché, ni un solo exceso, ni la sombra de la sobreactuación o la caricatura, hasta los personajes secundarios son precisos y exquisitos en un mundo que está distorsionado, enrarecido, sacado totalmente de proporción.

El final es feliz y misterioso. Un primer plano de ella, ya casada con él, contenta y suburbana, mirando directo a cámara.  Te penetra por completo, te congela, te escanea la cabeza sin dejar un solo pensamiento por leer. La frutilla del postre rojo furioso.

En esos ojos no hay nada que pueda ser traducido, nada que pueda ser nombrado, nada que pueda ser racionalizado o escrito o limitado. Puede ser comprendido, puede ser intuido, puede ser adivinado, pero nunca en su totalidad.

La Secretaria es un canto victorioso a favor de la libertad, de la diversidad, del derecho a la elección más primaria y absoluta que deberíamos tener todos los seres humanos: la libertad a elegir cómo nos gusta gozar. Algo que nos hace intrincados, contradictorios, sórdidos, peligrosos, pero a la vez bellos, tiernos, vulnerables y completamente perfectos.

Una vez dicho esto, me retiro a armar el arbolito y mas tarde, quien sabe, por ahí me hago la que vengo por el aviso y me dejo dar un chas chas en la colita, después de todo,  River perdió 4 a 0 y hay que levantarle la moral al macho de la casa…

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