A Sala Llena

Vivir en un raviol…

Fin de semana extraño si los hay eh… Se hace difícil empezar a concatenar las ideas, a darles un orden. Pasaron muchas cosas, hay demasiadas  cuestiones “flotando”.

Estaba en mi casa, pensando en escribir algo más o menos llevadero, que nos saque la mente de todo el espanto y que, por un momento, nos ponga en otra realidad. Pero, la verdad, no lo conseguí. Supongo que, en estas circunstancias, ni siquiera hay que tratar de hacerlo. Incluso, finalmente traduje toda esa idea, esa intención evasiva, en obscenidad. No tengo derecho a querer evadirme y, mucho menos, a querer evadirlos.

Pero lo cierto es que estoy en mi living,  con mis pies secos, mi familia a salvo y la televisión prendida. Estoy en una de esas situaciones en las que uno no puede más que sentirse sucio, indigno.  Con el control remoto puedo hacer que toda esa agua, toda esa desesperación, todo ese horror desaparezcan y el solo hecho de sopesar eso, me pone de rodillas.  Esforzándome en conectar con la realidad de otros, en entender que hay más verdades en el mundo que la mía, en mensurar algo del sufrimiento que me es ajeno, comprendo que hoy me toca estar amparada, cuando hay gente que lo ha perdido todo y esa sensación es, a la vez, feliz y vergonzosa. Estoy en mi raviol.  Si, si, por supuesto que sé que puede sucederme cualquier cosa, en cualquier momento. Nadie está del todo seguro, nadie tiene la vida comprada, nadie sabe lo que pasará al instante siguiente. Pero no puedo dejar de pensar en que, ahora, vivo y respiro dentro de mi pequeña burbuja, dentro de mi pequeño raviol.  Mis gatos duermen en mi cama deshecha plácidamente, mi hombre me contesta del otro lado del teléfono que está bien y llegó perfectamente a su trabajo, la cinta con la que pegué el taco de mis botas es resistente y la comida (que no cociné) me llegó caliente.  Me siento a la vez agradecida e imbécil.

En general, la gente de buena leche, trata de no vivir en un raviol, trata de conectar, de ver, de sentir. De buscar su lugar en el mundo y prestar un servicio de valor a los demás. Pero, muchas veces y por diferentes razones, se hace necesario desaparecer dentro de algo. Por ejemplo, yo necesité un raviol en la infancia y la adolescencia, así que me construí uno y viví adentro mucho tiempo. Me protegí, me amparé, me crie y me construí allí metida. La contracara de ese asunto es que, cuando el raviol ya no te hace falta, es muy difícil destruirlo. Y los ravioles protectores suelen mutar en ravioles alienantes y entonces, ya no solo nos resguardan, también nos hacen impermeables al dolor ajeno.  Supongo que pasamos nuestra vida, quitándole ladrillos al raviol, para poder ser las personas que soñamos ser. Los seres humanos compasivos, sensibles, bondadosos y comprometidos, que juramos cuando teníamos la cabeza limpia, que seríamos. Qué puedo decir, somos el raviol que llevamos.

En fin…  Estoy sumergida en un humor extraño. Cada oración me está costando un Potosí.

El cine se ha metido varias veces con el tema de la desconexión, de la falta de vínculo con los otros y sus realidades. Y lo ha hecho, como nos gusta, desde infinidad de ángulos. Por alguna razón, en este momento me viene a la mente “Un cuento de Navidad” y la millonada de aproximaciones cinematográficas que ha tenido. Tal vez sea la mejor  historia de aislamiento, alienación y codicia jamás contada, pero tomen este juicio con pinzas, soy demasiado fanática de Dickens. Porque, en realidad, hay títulos excelentes a toneladas, que dan un paseo por esa parte de la naturaleza humana. Se me ocurren: Wall Street,  En un mundo mejor (la espeluznantemente buena cinta danesa),  Más allá de las Fronteras, Amigos con Dinero,  Saber Dar, Lo que el viento se Llevó, María Antonieta la reina Adolescente, Príncipe y Mendigo, Los 10 Mandamientos, Ben Hur, Hombre de Familia, De mendigo a Millonario… Hay una cantidad inimaginable de films, en los que ahora no puedo ni pensar, porque tengo la mente abarrotada de imágenes y empastada por la comida de las Pascuas. Seguramente ustedes podrán enumerar muchísimos más. No sean tímidos y dejen sus comentarios.   Pero el film con el que quería dejarlos,  es otro. Y es uno sorprendentemente bueno, pese a las limitaciones de su protagonista.

Se trata de About a Boy (“Un gran Chico” o “Un buen Chico”, no me acuerdo cómo la titularon acá) de los hermanos Weitz.  El guion es una adaptación de la novela del mismo nombre de Nick Hornby y estuvo nominado al Oscar.  La película la iba de un imbécil rematado encarnado por Hugh Grant, que llevaba una vida en extremo superficial e inconducente, hasta que se topaba con un pibito cuya madre intentaba suicidarse. De ahí en más, entablaba un vínculo profundo con él y se despertaba al mundo, a otros seres humanos y a sus necesidades.  La cinta transitaba el drama y la comedia de manera más que elegante y sus dos protagonistas (el ya mencionado Grant y Nicholas  Hoult, a quien ahora podemos ver crecidito en Mi Novio es un Zombie) tenían una química maravillosa, que trascendía la pantalla. Además, el elenco se completaba con la gigantesca Tony Collette y la siempre bella Rachel Weisz.  Lo mejor de la historia es que no era grandilocuente ni aleccionadora. El tipo no era un mal bicho, solo era un bobo y no cambiaba para irse a África con los Médicos sin Fronteras, solo modificaba su pequeña realidad y la hacía mejor. Solo despertaba y salía de su raviol a la vida que lo circundaba, sin estridencias ni sermones. Era una historia simple. Una historia que esquivaba lo heroico y, por eso, era en extremo carnal y humana. Me encantaría que la rescataran por estos días y pudieran verla. Tal vez los ayude a extraerle otro ladrillo al raviol. Porque lo seres comunes y silvestres vamos así por la vida, despertando de a poco, pidiendo y ayudando, dando lo que sabemos y tratando de amar un poco mejor.

Hoy nos tapa el infortunio y la necesidad es grande. Hacer todo lo que podamos es poco, pero es todo lo que nos queda por hacer.

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