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14º BAFICI: Repaso por 46 películas y reflexiones finales (Parte 1: Europa, Asia y Australia)

14º BAFICI: Repaso por 46 películas y reflexiones finales (Parte 1: Europa, Asia y Australia)

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Una semana y media sin BAFICI y la vida parece haber tomado un ritmo mucho más lento del usual. ¿Qué nos queda? Se acercan los tanques hollywoodenses, algunas propuestas atrasadas ganadoras del Oscar, obras argentinas que no encontraron un hueco de estreno antes del Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires… y después, a esperar Mar del Plata.

Es raro pero, a diferencia del año pasado y a contramano de muchos críticos, pienso que la variedad de productos mejoró, la organización fue solvente y, más allá de nimiedades, esta edición permitió confirmar que el Festival es un fenómeno cultural fundamental de la Ciudad de Buenos Aires. No solamente para críticos, realizadores o estudiantes, sino para un público masivo que necesita abrir su cabeza a un mercado extranjero y explorar propuestas nacionales hechas con pocos o reducidos recursos económicos.

Este año traté de no atarme a una sección. Posiblemente la que más abarqué fue Cine del Futuro. No fue una decisión predeterminada. Me interesaban más las propuestas  y me coincidían mejor los horarios. Y así como durante algunos años estuve más abocado al cine asiático y durante otros, al cine nacional, esta vez me sorprendí a mí mismo redescubriendo el cine europeo. Descubrí, por ejemplo, cómo España, Francia y los países escandinavos tratan de volverse más radicales y menos estructurales.

De todas maneras, debo decir que las películas que más me gustaron fueron de realizadores consagrados como Jafar Panahi y Miguel Gomes, que vinieron al BAFICI con productos que ya traían excelentes repercusiones. Ya escribí acáhttp://www.asalallenaonline.com.ar/festivales-cine/otros-titulos/3829-this-is-not-a-film.htmlsobre This Is Not a Film, una película absolutamente profunda, emotiva y reflexiva sobre la pasión de Panahi por narrar y por filmar

Por otro lado, con Tabú, Miguel Gomes se mantiene fiel a su estructura bifurcada del relato que ya había explorado en Aquel querido Mes de Agosto. Esta vez hace una película que comienza con la historia de un amor imposible (tema recurrente del cine americano clásico si los hay) de principios del siglo XX, sigue con una historia que transcurre en la actualidad, para terminar en la década del ’50. Filmada en blanco y negro, y con un nivel de detalle meticuloso tanto en la construcción de la historia como en la psicología de los personajes, Tabú es una serie de encuadres bellísimos que, a diferencia de Aquel Querido Mes de Agosto, contagia pasión y experimenta con una narración similar a la de Mariano Llinás con Historias Extraordinarias. De hecho, tanto la película nacional como la de Gomes se caracterizan por su uso creativo de la voz en off.

Otros directores que confirman su prestigio son Mia Hansen Love con Un Amour de Jeunesse, una obra con influencias de Eric Rohmer que reflexiona sobre los primeros amores con emoción, sin golpes bajos y con una gran banda de sonido compuesta de temas de Violeta Parra. Una obra que confirma a Hansen Love como una directora muy interesante que prioriza el trabajo sobre personajes y sus complejos mundos internos.

Otra gran directora apreciada en Argentina es Ursula Meier con L’Enfant d haut, película que habla de la relación de dos supuestos hermanos que deambulan por los Alpes suizos. El protagonista es un niño que trafica esquís y otros objetos que él mismo roba. Al igual que en Home, Meier explora la relación de dos seres prácticamente aislados del mundo pero que, paradójicamente, necesitan relacionarse con su contexto para poder sobrevivir.

Desde Francia destaco a una de las películas más ganadoras del Festival: Tomboy, de Celine Scianna. Esta película narra la historia de una niña de 10 años que se siente cómoda vistiendo y comportándose como un varón. Al llegar a un nuevo vecindario, los chicos enseguida la confunden con alguien del sexo opuesto al suyo verdadero. La película va mostrando cómo la chica va integrándose a ese nuevo grupo y cómo esa niña que juega a ser chico empieza a enamorarse de una nena. La película puede generar cierta incomodidad en el espectador que sabe la verdadera naturaleza de la protagonista, más que nada porque saben que la chica se mueve en un círculo de chicos que podrían ser muy crueles si se enteran de la verdadera condición de la protagonista. Tomboy también analiza los prejuicios de la sociedad conservadora francesa y se adentra en el reto de unos padres que deben enfrentarse a la temprana transexualidad de su hija. Hay mucho de El último verano de la Boyita en Tomboy, sobre todo en su tono calmo, contado desde el punto de vista del chico, que hace que la película no sea tan dura. Un film previsible pero cálido, que se llevó merecidamente el premio del público.

De Francia, en cambio, me decepcionó mucho 17 Fillies de las hermanas Coulin. La historia real de un pueblo que convulsionó en 2005 cuando 17 alumnas de un mismo colegio secundario decidieron ser madres al mismo tiempo. Si bien el trabajo de las adolescentes es muy bueno, la película cae en varios lugares comunes y no explora en profundidad las consecuencias de este acto en el universo social, quedándose solamente en el drama interno de las protagonistas. Una historia interesante desaprovechada.

Por el lado de Alemania, parece que siguen dando vueltas temáticas de familias burguesas aburridas que entran en conflicto cuando una circunstancia externa entra en sus vidas. Tanto Totem como Home for the Weekend muestran historias similares sobre conflictos que remiten a films como La Celebración. La primera es un film fallido, pretencioso, mal actuado, ya visto, previsible, acerca de la incursión de una niñera rural en una familia burguesa. Una película lenta, inverosímil y llena de golpes de efectos (el final es insostenible) que sigue la línea de generar controversia con pocos recursos como la polémica Dogtooth. La única diferencia es que acá realmente no sucede algo que provoque consternación y solo nos queda una obra anticuada y retrógrada. Por otro lado, Home… es un poquito mejor pero tampoco aporta algo nuevo. Apenas en la segunda mitad del relato logra ponerse original y ambigua, pero sin trascender demasiado. En ese sentido me quedo con Bárbara de Christian Petzold: http://www.asalallenaonline.com.ar/festivales-cine/otros-titulos/3875-barbara.html

De los países escandinavos vi mucha variedad de géneros. En primer lugar, Bert: El último virgen, la ópera prima de Tomas Alfredson (El Topo, Criatura de la Noche), una comedia de iniciación sexual de un adolescente que sueña con conseguir a su atractiva vecina. Esta suerte de Napoleon Dynamite sueca es divertida y tierna. En manos de otro director sería una comedia tonta más, pero Alfredson construye unos encuadres interesantes y planos secuencia muy similares a los que veríamos en sus films posteriores. Además es interesante observar cómo -más allá de las diferencias de tono entre una película y otra- hay más de una coincidencia temática en la relación de estos dos chicos con los protagonistas de Criatura de la Noche: su relación con la soledad y el rechazo social, y la convivencia con la violencia en el colegio.

Otra película sueca con chicos es la ambigua Play, de Ruben Ostlund, que gira en torno a un grupo de pandilleros adolescentes negros que hostiga a un grupo de burgueses y los maltratan continuamente a cambio de sus celulares. Ostlund toma el cinismo y la crítica social de Michael Haneke y la lleva a un terreno más infantil. Por momentos, abusa de cierto morbo en los castigos; por otros, hace una buena pintura social. Por otro lado, el humor y la tensión van mejorando el relato a medida que avanza el film. El final -cuando critica con la misma vara el proceder de chicos y adultos, sin importan la clase social- demuestra una inteligente crítica a la burguesía sueca. Notablemente fotografiada y actuada, Play es una obra interesante y molesta que, sin algunas secuencias gratuitamente extensas, podría ser más concentrada e impactante.

En Finlandia, en tanto, se nota que también se hacen películas que aspiran a llegar a un público muy masivo. Para demostrarlo, nos encontramos con Rare Exports: A Christmas Story, una superproducción bizarra, que cuenta la historia de unos mineros estadounidenses que explotan las montañas y la nieve para hallar al verdadero Papá Noel. Sin embargo, éste no es el gordito bonachón de Coca Cola que le da regalos a los niños buenos, más bien es un ser mitológico que vive congelado y que, según las leyendas, se comía a los niños. Mientras los estadounidenses tratan de sacarlo, los pobladores locales y, especialmente, el hijo del cazador, empiezan a encontrar elementos extraños en los alrededores: alces muertos, niños que desaparecen y papas sin bolsas… En medio de esto surge un grupo de ancianos amenazantes y carnívoros. A pesar de tener una premisa bizarra, se trata de una gran producción encarada de forma seria con puntadas de humor negro, acción y explosiones en medio del ártico. Entretenida y divertida.

De Inglaterra solo vi un film de 1997: Meeting People is Easy de Grant Gee. El documental sigue la gira más exitosa de Radiohead con el disco “Ok Computer”. Lo admito; los respeto si bien no soy fan de Radiohead. Pero no es una banda muy interesante como referencia de un documental de 95 minutos. Sus miembros tienen el laconismo de las canciones, son casi antipáticos. No les gusta la fama, odian a los periodistas pero hacen muy buena música. Gree crea un material de archivo con grabaciones propias y de los noticieros, criticando el accionar de prensa y fans y registrando la sorpresa del grupo ante las puertas del éxito. A nivel visual, genera interés porque Gree usa diferentes formatos fílmicos -super 9, 16, 35, mini dv-, pero a los 45 minutos este recurso se agota. Lo que queda de metraje sirve solamente para completar la gira. No hay un hilo narrativo más que el cronológico. Los fanáticos del grupo lo disfrutarán más que yo seguramente. Pero que quede claro, el problema no es la banda ni la música -que me parece muy buena- sino la falta de material de Gee. Las ideas visuales, si no están sostenidas por ideas narrativas o una vuelta de tuerca, no caminan. Admiro que no haya querido poner a la banda hablar a cámara, pero lo que dicen a la prensa es siempre lo mismo. El retrato termina siendo redundante. Para eso, recomiendo un documental más clásico pero más rico en anécdotas y pintura de una banda como Flight 666 de Iron Maiden.

Yendo para España me encontré con variados trabajos imposibles de encasillar que bordean la línea del documental y la ficción pero que, decididamente, buscan un registro más bien experimental. Me gustó mucho La Casa Emak Bakia, un viaje de Oscar Alegría por el interior de España en la búsqueda del sitio donde se alojó el fotógrafo Man Ray para inspirarse en su film Emak Bakia. Alegría busca reconstruir el film de Ray, encontrar la casa, dejarse llevar por su cámara y armar un relato histórico más o menos coherente. Lo logra gracias a un fino sentido del humor y personajes entrañables que encuentra en el camino. Más claramente experimental es Raya Martin con Buenas Noches, España. Acá toma a una pareja en un viaje casi sin diálogo, con ruidos que parecen salidos de un dibujo de la Warner con imágenes fortuitas. De esta forma, los personajes deambulan por bosques, carreteras y museos. Martin apela a colores, formas oblicuas, repeticiones para crear una obra vanguardista similar a los trabajos de Ernesto Baca. Hipnótica y pensada.

La que no me gustó fue Sleepless Knights, una historia sobre una familia de policías de un pueblo pequeño que converge con la de unos viejos vestidos con trajes medievales que duermen en los árboles al mejor estilo de una película de Albert Serra. Historia mínima que deriva en un recital de rock. Honestamente, me aburrí, me dormí y sentí que no me perdí nada. Me quedo con La Vida Sublime, del año pasado, que tenía una búsqueda similar. Decepcionante fue el documental Hollywood Talkies, en el que se relatan anécdotas de los actores que, ni bien comenzó el periodo sonoro en Hollywood, debían filmar durante las noches las mismas películas que durante el día se filmaban en inglés. El tema es interesante pero sus realizadores deciden contarlo de la forma más monótona posible. Una voz en off en inglés muy lenta, fotos de los intérpretes y una narración sin coherencia narrativa, leída, anecdotaria. Como no pudieron conseguir entrevistadores, los directores ponen de fondo al relato y las fotos, imágenes del mar, que posiblemente representan las playas de California. Pero es completamente subjetivo. Está bien, es una alternativa original, pero yo seguro soy muy conservador porque este tipo de historias las prefiero filmadas con entrevistas a personas que hablan a la cámara. Sólo una suma de anécdotas más o menos divertidas salvan a la película.

Ya hablé de Il Sorriso del Capo, un análisis del Marco Becchis sobre la propaganda de Mussolini antes de la Segunda Guerra Mundial, con el relato en off, reflexivo de su padre, testigo de esa época. Un documental ejemplar con excelente material de archivo y un inteligente uso del montaje. De lo mejorcito del BAFICI.

En cambio, innecesario es Bestiarie, documental que retrata en forma muy cuidadosa y plástica a los animales de una reserva ecológica y el trabajo de los taxidermistas. Muy linda estéticamente pero vacía de contenido narrativo. Aburrida, lenta. Podría haberse comprimido en media hora, con la misma contemplación, y se hubiese entendido igual.

Hablando de documentales autorreferenciales, es notable descubrir una película como Nous, Les Enfats du XXéme Siécle, de Vitali Kanevski. A pesar de ser de 1993, es extraordinario cómo entabla diálogos honestos con chicos que estuvieron o estaban en ese entonces en correccionales de Moscú. Desde infantes de 9 a adolescentes de 17 años, ellos confiesan, sin inmutarse, con completan naturalidad, sus “crímenes” y sus reflexiones acerca del robo, el asesinato, la vida y la muerte, las causas de sus actos, su posición política, su interés por la cámara y el cine. Vitali logra empatizar con ellos, ponerse en su lugar, retratarlos fielmente sin juzgarlos. Gran obra, honesta, sin anestesia ni moralina.

Si tengo que elegir lo que más me gustó de Europa, me quedo con dos obras de los Balcanes: Clip (Serbia), de la joven directora Maja Milos, es un retrato universal de los adolescentes adictos a grabar sus experiencias sexuales y subirlas a Internet. Es un retrato no muy diferente al que podemos ver por las calles de Buenos Aires de chicos de secundaria, ávidos de sexo, como escape de la realidad. La protagonista Jasna (Isadora Simijonovic) tiene al padre que está muriendo de cáncer pero, en cambio, va en la búsqueda de un chico, al que sólo le interesa tener relaciones. Milos muestra el deambular de la protagonista por los barrios más castigados por la guerra, mientras se conecta con todos sus compañeras a través de los celulares y Facebook. Jasna, en tanto, va de boliche en boliche escuchando temas de moda y evadiendo todo lo que concierne a estudios y obligaciones familiares. Milos no teme mostrar sexo explícito y retratar de forma cruda y sin tabúes el camino de la protagonista. No la juzga. La deja ser. Una obra que molesta pero que, a la vez, es profunda y, en cierta forma, muy bella y crítica.

Desde Croacia, en cambio, me sorprendí con Bora Lee: Deadly Syns del trío Ramljak/Kovac/Pauk. Se trata de una secuela que toma a una suerte de (mal) imitador de Bruce Lee. Es una propuesta, bizarrísima desde su estética -está grabada con una Super VHS-, que sigue los pasos de Bora, un justiciero empeñado en su lucha por sacar la droga de su pueblo natal. Lo admito, a los 15 minutos me quería ir del cine pero después me quedé y terminó siendo una de las mejores cosas que vi en el BAFICI. Es diversión asegurada, humor bizarro, gag original tras gag original. Una autoconciencia del material llevado al extremo. El protagonista lucha sucesivamente con narcos, cafisho, monstruos de lagunas, vampiras, un Ninja, un tigre embalsamado (su más terrible enemigo), y un pseudo Hitler contemporáneo. Todo para terminar con el mejor homenaje rendido a Star Wars. Delirante de pies a cabeza. Absurdo total. Una joyita.

Y si hablamos de obras bizarras y autoconscientes, sigamos con Invasion of Alien Bikini. Ya desde el título, impresiona. El resultado es interesante, aunque por momentos demasiado solemne y pretencioso. Un muchacho defiende a una chica del ataque de unos pandilleros. La lleva a la casa y se enamora de ella. Pero esta chica lo empieza a torturar para tener un hijo. Sucede que la chica es una extraterrestre que necesita tener un hijo para destruir al planeta tierra. Pero el muchacho hizo una promesa: llegar virgen al matrimonio. Un delirio que bordea lo kitsch, Invasion es divertida pero demasiado tonta, al punto que se vuelve repetitiva y monótona. Igualmente, tiene muchas ideas ingeniosas y brillantes como apariciones de un profesor que explica por qué los golpes en la espalda estimulan el sexo, o escenas en la que la protagonista da cuenta de la cámara. Divertida, original, un pasatiempo.

Para finalizar esta primera parte: una de las pocas (acaso la única) obra de Oceanía: la australiana Snowtown de Justin Kurzel. Es el retrato de un asesino serial de homosexuales que torturó y mató a más de 15 personas junto con otro hombre y un adolescente -que sirve como punto de vista de la historia-. Además de la frialdad de la fotografía, la película es cruda y violenta. 
Kurzel nos muestra la intimidad y la vida familiar del personaje en una obra áspera, con una meticulosa puesta en escena y un gran elenco. Fue una función accidentada para mí pero, aun así, la pude disfrutar. Quizá se extiende un poco durante el desarrollo y tarda en empezar, pero eso está justificado. Es la nueva ola de realizadores australianos, que siguen los pasos del interesante Andrew Dominik (Chopper, El Asesinato de Jesse James por el Cobarde Robert Ford).

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