A Sala Llena

[22] BAFICI | El baldío

Aquellas criaturas que el escritor Victor Hugo afirmaba (poéticamente) que Dios había creado para que el Hombre cumpla su anhelo de acariciar un tigre ahora engordan los desabridos derroteros de los algoritmos de las redes sociales como “videos de gatitos” y son un hit. 

Los dioses enhiestos del Antiguo Egipto que fueron traídos de otra galaxia, según una leyenda “alter-creacionista”, en la actualidad habitan espacios baldíos que lograron filtrarse en el tejido urbano de la modernidad como cuñas cancerígenas que habría que extirpar sin demora. 

¿Este es un documental sobre gatos? No. ¿Sobre gatitos? Tampoco. Es sobre la perseverancia animalista y el afecto. Sobre la incondicionalidad, palabra arraigada en el mundo de los vínculos con los animales por no haberse podido encontrar otra más apropiada para describir la cualidad de éstos que más aprecia el egoísta ser humano. Este documental de la cineasta oriunda de Córdoba se propone espiar el conmovedor y solitario sacerdocio diario que lleva a cabo un grupo de vecinas (entre ellas, la propia Paolinelli) que cuidan, alimentan y sanan un grupo de gatos de la calle “radicados” en un sitio yermo de la ciudad que pronto será la base de un proyecto edilicio. El trabajo visual de Paolinelli elige encuadres de observación en tercera persona (salvo cuando ella misma interviene en la diégesis brevemente) y al momento de decidir cómo espiar a los gatos y cómo acompañar a las cuidadoras, cuyas líneas de diálogos, naturales y espontáneas, se reducen a todo tipo de palabras amorosas y de aliento para los mininos, la elección fue dejar que la discreción rija la intensidad de lo que se describe. Los gatos, por su parte, son los primeros espectadores que tuvo la película. La pose, el carácter observacional que adoptan mirando a cámara como instinto de curiosidad, allá en lo alto de algún poste, una tapia o un árbol, o bajo el portón de chapa que los separa del abrazo de los extraños, son el sesgo de grandeza imprevista que toda película con gatos debe estar preparada de aceptar. 

El baldío es lo suficientemente empática como para que, al llegar la escena en la que una de las proteccionistas encuentra dos gatitos bebés muertos, uno entienda perfectamente todo lo que pasó antes, lo que pasa durante y lo que pasará después de la película. Ahí palpita el corazón exhausto de Paolinelli. En este detalle, que puede parecer insignificante como estímulo narrativo, emerge la punta del iceberg del trasfondo humanitario del documental, su vía sanguínea también. Se confrontan silenciosamente, sólo con elocuencia sensitiva, las conciencias automatizadas que responden al mundo como si vivieran solas con las almas musculosas que entregan su vida a la sapiencia de que no estamos solos. El énfasis visual sobre la restricción y soledad del ecosistema de estos gatos es una gran idea porque espeja la posibilidad de que las sacerdotisas de Egipto que habitan la Buenos Aires moderna vivan una vida de soledad y desarraigo social que sólo comprenden los dioses que vienen del espacio. 

© Miguel Peirotti, 2021 | @MPeirotti
Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.
(Argentina, 2021)
Dirección: Liliana Paolinelli. Duración: 60 minutos.

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