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[25] BAFICI | L´Empire

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LA CONJURA DE LOS NECIOS

Bruno Dumont es uno de los directores franceses con status de estrella. Y como toda star, el hombre tiene un público (y una crítica) festejantes que le rinden culto. Más allá de los movimientos de su filmografía existe algo que podríamos llamar toque Dumont (perdón, Lubitsch) y que consiste en tomar un relato o un género para minarlos desde adentro, para horadarlos hasta reducirlos a un amasijo apenas identificable, pero lo suficientemente reconocible como para que el espectador pueda notar la torsión y apreciar el desvío respecto del original (esa apreciación, siempre intelectual y casi nunca gozosa, es la que permite, como una cifra, construir el vínculo entre sus películas y el público). Dumont filma mucho, y más de una vez esa fórmula dio buenas películas como Fuera Satán, Camille Claudel 1915 o Jeannette, que vuelve a contar la historia de Juana de Arco pero como un musical. Buenas o malas, las películas de Dumont siempre rezuman crueldad: en su tratamiento de los personajes, en su puesta (áspera, dura), en el tono de la narración (distante, entomológica). El imperio, que cierra una trilogía, también es cruel, pero de otras formas: no estamos frente a la maldad de películas anteriores, sino ante la impiedad de la parodia, que en este caso se apropia de la ciencia-ficción y la estruja hasta dejar solo un montón de convenciones desfiguradas. Es cierto: el contrato elemental de la parodia supone algo de malicia. Pero existen las parodias que respetan (o hasta aman) el mundo que desmontan, como pasa en las películas de Mel Brooks o de los ZAZ. Dumont, como puede imaginarse, no siente amor alguno por ese cine (y habría que preguntarse qué siente por el cine a secas). La ciencia-ficción le provee apenas una oportunidad para trastocar los fundamentos del género pero, y acá aparece el toque Dumont, sin producir una comedia plena, abierta, sino un objeto bastante más sinuoso: una película que narra dedicando bastante tiempo a la construcción de los personajes y a sus conflictos pero reteniendo los gags, como si la risa debiera llegar demasiado rápido ni fácil. 

La película cuenta con detenimiento pero sin esmero un conflicto eterno entre dos grupos que pugnan por el control de la humanidad. La lucha tiene su capítulo terrestre con infiltrados de ambos bandos, y el epicentro resulta ser un pequeño pueblo costero donde las escaramuzas y los combates con sables láser se alternan con las cortesías y la molicie de la vida de balneario. El reparto está integrado por intérpretes más o menos prototípicos y por otros un poco más extraños que responden a la tradición de rostros inquietantes elegidos por Dumont con cálculo de frenólogo. El contraste grosero entre lo cotidiano y lo extraordinario es la fuente de casi todos los chistes, además de las referencias explícitas al cine de ciencia-ficción como el uso de los sables láser, cuyas apariciones tuvieron un funcionamiento casi del orden del estímulo-respuesta en la función del sábado al mediodía en el Gaumont: cada vez que se encendía algún láser se escuchaban risitas.

La parodia respetuosa, amorosa, podría decir Dumont, pertenece al pasado o a Hollywood, y esto es otra cosa, un plato fuerte que, para construirse una identidad, resalta los sabores agresivos. El imperio puede tomarse varias escenas para construir un chiste disimulado, y el chiste en cuestión puede ser notablemente bobo o absurdo; un gag que, cuando finalmente llega, parece obligar al espectador a realizar alguna contorsión y sobreactuar la risa, a cooperar esforzadamente, bajo la pena de romper el pacto y tener que admitir que, tal vez, no le gusta tanto como creía el cine de Dumont y, también, que tal vez el villano estrambótico y caricaturizado de la película, que hace una pantomima autoconsciente de frente a la cámara, no cause nunca gracia.

La crueldad de Dumont con sus personajes y con el público tiene, sin embargo, límites precisos. Más allá de los parecidos obvios entre el francés y otros misántropos en alza como Ruben Östlund, Dumont no conduce sus películas hacia los excesos o el mal gusto declarado; la misantropía supone un ejército numeroso dentro del cual hay que saber diferenciarse, y el general sibarita Dumont no se parece al cabo Östlund, con su predilección por el shock y la sátira hiperbólica. Las películas de Östlund buscan por todos los medios que su público se ría; esos medios podrán ser despreciables, pero si el espectador entra en el juego de miserabilidad de The Square o de El triángulo de la tristeza, la risa, incluso las carcajadas, ocurren con cierta naturalidad. Dumont, en cambio, se la hace difícil a su público, lo somete a un largo periplo narrativo sin importancia conducido por personajes informados de su propia ridiculez, pero que nunca terminan de suscribir del todo a los códigos de la comedia. El imperio es un desierto cómico, la risa solo existe para aquellos dispuestos a buscarla en los alambicados juegos de inteligencia que la película dibuja para ello.

(Francia, Italia, Portugal, Alemania, Bélgica, 2024)

Guion, dirección: Bruno Dumont. Elenco: Lyna Khoudri, Anamaría Vartolomei, Camille Cottin, Fabrice Luchini, Bernard Pruvost. Producción: Rachid Bouchareb, Jean Bréhat, Bertrand Faivre, Muriel Merlin, Andrea Paris, Matteo Rovere. Duración: 110 minutos.

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