A Sala Llena

Algunas Horas de Primavera (Quelques heurs de printemps)

(Francia, 2012)

Dirección: Stéphane Brizé. Guión: Stephane Brizé y Florence Vignon. Elenco: Vincent Lindon, Heléne Vincent, Emmanuelle Seigner, Olivier Perrier. Producción: Miléna Poylo y Gilles Sacuto. Distribuidora: CDI Films. Duración: 108 Minutos.

Reconstrucción de un amor.

El año pasado, el veterano realizador austríaco Michael Haneke mostraba un perfil más sensible y humano, aun cuando hacía padecer a sus personajes por una degeneración física y moral, en la multipremiada Amour. Allí, un hombre debía confrontar el dilema de ver a su mujer desaparecer poco a poco delante de sus ojo. Lo que Stéphane Brizé muestra en su nuevo largometraje, no es solamente la relación entre dos seres que a su manera también se aman, sino la posibilidad que tiene uno de ellos de elegir cuando dejar de existir físicamente, y la reacción del otro frente a esta decisión.

Alain (Lindon) sale de prisión luego de estar encerrado durante ocho meses. No tiene trabajo, no tiene vivienda propia, no tiene dinero. Regresa a la casa de su madre, donde descubre, que su progenitora tiene un tumor cerebral avanzado y las pastillas que toma cada vez tiene menos efecto. Mientras que él intenta reconstruir su vida, evade la realidad de que su madre se está muriendo y radica su impotencia e ira sobre ella. La ausencia de una figura paterna lo obliga a refugiarse en un vecino amigo, que coquetea con su madre. Pero sus vanos intentos por trabajar y entablar una nueva relación con una mujer fluctúan, dado su comportamiento, a lo que se suma la decisión de su madre de tener una muerte asistida, o sea, una eutanasia. Brizé, que venía de trabajar con Lindon en Un Affair Du Amour, concentra la tensión del relato en la relación madre-hijo. La violencia de la incomunicación, los silencios incómodos y la forma en la que la madre manipula su entorno para que su hijo esté con ella, los pocos días que le quedan de vida, sin que esto se convierta en un suplicio.

Brizé pasa de la sutileza y economía de recursos narrativos a potentes efectos golpebajistas, que sin embargo aportan sorpresivas decisiones de parte de los personajes. A pesar del clima frío y distanciado que tiene la narración, y las relaciones, hay ciertos momentos, donde se rompe la cotidianeidad con escenas ingeniosas, sutiles e impactantes. La química entre Lindon y Heléne Vincent es absoluta. Ambos actores, en un tono austero, sobrio y contenido consiguen una lucha que progresivamente se vuelve una historia de amor emotiva que no recurre a efectos sentimentaloides, sino a imágenes puras, donde un gesto vale más que mil palabras. El poder de la dirección de Brizé está en la forma en que dirige el cruce de miradas de los personajes, la forma que transmite un aire cotidiano, verosimil, neutral. No hay prejuicios ni condena hacia los personas. Hay comprensión, hay error, hay humanidad.

Brizé decide no concentrarse en la polémica legal y moral, sobre el uso de la eutanasia, sino que es solo una excusa para mostrar diferentes pasos que atraviesa una relación amorosa entre una madre que calló durante muchos años, y un hijo que despierta tardíamente de su letargo. Una puesta en escena minimalista, esencial, que aprovecha la fotografía de los paisajes naturales que rodean a los personajes en Francia y especialmente en Suiza. Abstrae completamente la oscuridad del relato, incluso en los momentos más impactantes, donde la presencia de un canino, logra un efectos contradictorio en el espectador. Por un lado se puede hablar de morbo, pero también de una práctica extrema de buscar el amor.

Aún cuando quede un poco despareja el vínculo que mantiene el protagonista con una chica (interpretada con notable naturalidad por la esposa de Roman Polanski), el film sorprende por evadir lugares comunes, por romper con la estructura perfecta, donde cada subtrama tiene un final tradicional. Brizé prefiere que el comportamiento interno de Alain, se puede presuponer en vez de exteriorizar discursivamente. Por último, la banda sonora sorpresivamente a cargo del australiano Nick Cave, incrementa el clima denso y tétrico que se vive en esa casa, más allá de la luz y el esplendor que entran por la ventana. Algunas Horas de Primavera se construye gracias a la inteligencia de un relato fluido, clásico y atrapante, enormes interpretaciones y una cámara que nos introduce un universo particular, pero lamentablemente demasiado reconocible.

calificacion_4

Por Rodolfo Weisskirch

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