A Sala Llena

Alicia en el País de las Maravillas, Según Matías Orta

Tim Burton es sinónimo de cuento de hadas cinematográfico. Ya en su ópera prima, La Gran Aventura de Pee Wee, e incluso desde sus cortos (Vincent, en homenaje a su ídolo Vincent Price, y Frankenweenie), desde allí es posible rastrear las obsesiones que aquejan a este maestro del cine: personajes marginales, incapaces de sentirse cómodos en el mundo que los rodea; los adultos como sinónimo de autoridad y frialdad; y, por sobre todo, universos mágicos, a veces agradables, a veces tenebrosos, pero siempre impredecibles, colmados de fantasía y sorpresa.

Tim Burton es un director fiel a sí mismo. Un artista de talento indiscutible, incapaz que darle a su público algo mediocre. Incluso sus películas consideradas menores son grandes espectáculos que vale la pena disfrutar. En ese sentido, Burton forma parte de ese Monte Olimpo conformado por Steven Spielberg, David Cronenberg, Martin Scorsese, Peter Jackson, Sam Raimi, Guillermo del Toro, Baz Luhrmann, Alfonso Cuarón, Paul Greengrass, Christopher Nolan y James Cameron (sólo por nombrar a los contemporáneos). Sus films menos buenos son mejores que los de otros cineastas.

En Alicia en el País de las Maravillas, el enorme Tim vuelve a validar su capacidad para asombrarnos.

Pero antes de seguir con él y con su flamante opus, conviene remontarnos brevemente al primer genio detrás del asunto.

Lewis Carroll (1832-1898), por entonces un simple profesor de Matemáticas, le relató una primitiva versión de Alicia en el País de las Maravillas para entretener a las hermanas Liddel, una pequeñas amigas, ya que se llevaba mejor con los niños. El personaje del título se basaba en Alicia, una de las hermanitas, quien además lo convenció de convertir el cuento en un libro. Carroll (nombre verdadero: Charles Lutwidge Dodgson) le ido el gusto, y se despachó con las aventuras de una niña que accede a un Universo de lógica invertida, repleto de animales que se comportan como personas y miles de otros delirios, que escondían elementos de sátira social victoriana y juegos de palabras. Imposible olvidar a personajes como el Conejo Blanco, el Sobrerero, el Gato de Cheshire, la Liebre de Marzo, la Oruga Azul… De hecho, no pocos recuerdan más los personajes o situaciones específicas más que el todo completo. Publicado en 1865, el libro se convirtió en un exitazo. En 1971, Carroll publicó su continuación, Alicia a Través del Espejo, en donde se sumaban más personas, como Tweedledum y Tweedledee.

Con el tiempo, Alicia en el País de las Maravillas conoció adaptaciones teatrales, televisivas y cinematográficas. Dentro de este grupo, la más famosa es la versión animada made in Disney, de 1951.

Burton nunca fue fanático de esa película, así que ahora podemos conocer su óptica del asunto, que resulta original desde el guión: no es una adaptación fiel de los textos de Carroll, sino una suerte de secuela ubicada más adelante en el tiempo. Alicia ya no es una niña sino una joven de 19 años, que, luego de rechazar una propuesta de matrimonio, regresa al mundo subterráneo pese a que no recuerda ni a quienes lo habitan ni las aventuras vividas en su infancia. Tenemos en esta Alicia al típico personaje del realizador: un pez fuera del agua en esa predecible y monótona Inglaterra victoriana, mundo real, tan carente de asombro y tan saturado de leyes. Una estupenda labor la de Linda Woolverton al darle un marco histórico preciso a este nuevo enfoque. Según Burton: “El objetivo es tratar de hacer una película atractiva, donde haya un poco de la psicología y el carácter clásico de Alicia, pero al mismo tiempo aportando frescura a la historia”. Los fanáticos puristas de Carroll pueden llegar a sentirse ofendidos, pero sin duda gozarán de las constantes y bien utilizadas referencias a los libros, sobre todo al principio de la película.

En cuanto al País de las Maravillas, un perfecto matrimonio entre arte, fotografía y efectos especiales por computadora, donde no faltan los árboles retorcidos que tanto le gustan a Tim. Un soberbio trabajo visual que nunca está por encima de la narración sino que la enriquece, como debería ser siempre en toda película.

Se sabe que Burton es fanático del artista surrealista checo Jan Švankmajer, quien supo adaptar la obra de Carroll en Alice, hecha con animación stop-motion. Es difícil relacionar ambas versiones, pero podemos notar en T. B. una pasión por hacer que los objetos y los paisajes luzcan como si hubieran sido creados de manera artesanal, igual que quien pinta un lienzo. Por supuesto, la música de Danny Elfman siempre es el complemento ideal con otra de sus majestuosas partituras.

Scorsese-De Niro (ahora Scorsese-DiCaprio), Fellini-Mastroianni, Truffaut-Léaud, son legendarias las duplas director-actor. El tándem Burton-Depp encaja perfectamente en esa tradición, como ya lo demostró en seis —siete con esta— gemas a 24 cuadros por segundo. Lo cierto es que Johnny D. se transforma en el Sombrerero, que aquí tiene un papel más estelar que en los libros de Carroll, y es un sujeto bipolar. El actor confesó haberse inspirado en el hecho de que los sombrereros reales del siglo XIX se envenenaban con mercurio por el trabajo, y como consecuencia sufrían desdoblamiento de personalidad. Lo cierto es que el Sombrerero (al que con el tiempo se le agregó el muy atinado adjetivo de “loco”) remite a otro antihéroe burtoniano: Beetlejuice, aquel excéntrico bio-exorcista encarnado por Michael Keaton en Beetlejuice: El Superfantasma. Un personaje del que se podía esperar cualquier cosa, desde una sonrisa hasta una patada. Sería como un Beetlejuice con Prozac. Se puede pensar que Depp se roba la película con su papel, pero, si bien lo suyo es sublime, nunca está por encima de los otros personajes. Por eso el perfecto equilibrio entre cada elemento hace que la película funcione como un reloj (Casualmente, aparecen bastante relojes a lo largo de los 109 minutos).

Los actores secundarios tampoco tienen desperdicio. Helena Bonham Carter, señora Burton y parte del elenco estable de su marido, inspira autoridad y un poco de lástima con su caracterización de la Reina Roja, quien no deja de mandar a decapitar criaturas. Anne Hathaway bordea la sobreactuación con su Reina Blanca, pero logra zafar. Crispin Glover se luce haciendo de la Sota de Corazones, feroz lugarteniente de la Reina Roja. Dato curioso: Crispin fue la primera opción de Burton para hacer de Edward en El Joven Manos de Tijera. Si pueden ver la versión subtitulada también podrán apreciar las voces de Stephen Fry (el Gato de Cheshire), Michael Sheen (el Conejo Blanco), Alan Rickman (La Oruga Azul), Michael Gough (Dodo) y Christopher Lee (el temible Jabberwocky).

¿Y Alicia? La australiana Mia Wasikowska cumple con su labor. Es convincente como chica descontenta y confundida, pero también en su faceta de guerrera. Tiene una carrera encaminada la Wasikowska, ya que pronto se la verá en lo nuevo de Gus Van Sant, otro gran director especialista en personajes marginales.

La película fue hecha para ser vista en tercera dimensión. Dicha tecnología no resulta invasiva ni hace que el poderío de las imágenes opaque todo lo demás, sino que le suma de manera saludable al film. Lo contrario a Avatar, que sin el 3D hubiera sido una película del montón. Además, Burton siempre es más genuinamente emocional y menos pretencioso que Cameron.

Se dice que Alicia en el País de las Maravillas será postulada al Oscar 2011, lo que sería más que merecido. T. B. es uno de los eternos olvidados por la Academia, que debió reconocerlo por su trabajo en El Gran Pez, especialmente. Ojalá eso esté por cambiar.

Esperemos que los meses pasen rápido así podemos disfrutar de Frankenweenie, basada en el mencionado corto.

Mientras, a gozar en este flamante País de las Maravillas que sólo nos puede regalar un visionario, un genio absoluto, como lo es Tim Burton.

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