A Sala Llena

Amorar

 

Amorar

Dramaturgia y dirección: Eloísa Tarruela. Elenco: Eloísa Tarruela y Julio Bambill. Voz en off: Gaia Rosviar. Diseño de vestuario: Rosanna Cristaldo. Diseño de luces: Patricia Battle. Diseño sonoro: Luis Corti, Adriano Mantova. Música Original: Juan Matías Tarruela. Entrenamiento en danza: María Victoria Acevedo. Entrenamiento actoral: Ludmila Rapoport.. Prensa: Silvina Pizarro.

Nos recibe un escenario de tinte realista, con su mesa y su pluma, su sillón y sus libros, su valija y sus copas, su perchero y su botella, su ropa…

Amor y realismo. Un amor particular, individual, específico. Un amor de pareja.

Desde el inicio sabemos -esperemos o no algún giro que sobre el final revolucione las cosas- que estamos ante una obra de puro relato. No tenemos un conflicto. Tenemos una historia cuya narración sucede, pasiva, invariable, ante nuestros ojos.

Para alguien como quien escribe, para quien el conflicto es la fuente de la teatralidad, una pieza con esa propuesta es algo difícil de transitar. Sin embargo, algo tiene Amorar que hace que no sea un gran esfuerzo pasar el rato con la historia de Julia y Ulises.

Sí: Julia, Ulises, se conocen, se enamoran, se separan. Lo sabemos desde la primera línea, no intentan engañarnos. Pero relatos son relatos y he ahí el juego. La autora propone juegos interesantes, virajes que incluso podrían haberse profundizado y prestarle una mayor profundidad a los momentos que acompañan -por fuera- a la historia central. En ese relato del cómo fueron las cosas, aparece un juego de múltiples casualidades en el que se plantea lo azaroso de la  misma posibilidad de existencia del vínculo. Es ahí donde aparece la idea de fragilidad. “Si tal no se hubiera confundido de calle, si no la hubieran bochado en un examen, si no hubiera tenido una piedra en el zapato y se detuviera para quitarla, si…si…si… no hubiera visto el cartel que la llevó a, no hubiera llorado en las escaleras…no hubiera conocido a.” Este muy interesante procedimiento y su recurrencia es de lo más atrapante de la pieza. Quizás se podrían llevar a un extremo. Extremo que podría acentuar la cuota de circularidad, de aleatoriedad, de contingencia que propone el relato, reforzando a su vez el camino de cierta reflexión a la que invita. Que el tema en cuestión sea tal vez uno de los más recurridos y recurrentes de la historia de la vincularidad occidental, no omite la posibilidad de reflexionar sobre el asunto. Finalmente, ¿de qué hablamos sino de amor?

Por momentos la obra se fragmenta, propone ciertos cortes temporales, cambio de voces, alternancia de planos que la iluminación acentúa de manera casi cinematográfica. Y sí, resulta muy interesante a la vez que le otorga un gran dinamismo a algunos momentos del relato. La mezcla de procedimientos de diferentes géneros puede sumar o restar. El artificio es muy delicado y la verosimilitud buscada resulta difícil de mantener cuando la escena se sostiene en este tipo de propuestas ubicadas por sobre la tensión dramática que sólo el actor puede garantizar. Si no se parte de esa tensión, del propio concepto de acción, del aquí y ahora de los actores construyendo sus personajes, transitando profunda y concretamente sus miedos, angustias y alegrías, los demás recursos pueden pecar de meramente decorativos y aún dificultar el objetivo buscado. Aún así, el que apuesta corre riesgos, que no sólo son bienvenidos sino también -en momentos de tanta segura superficialidad- muy agradecidos.

Superando la excusa, quizás arbitraria, quizás no, Tarruela nos da indicio de un más allá de la anécdota original. Hay un “además” de la pareja que se junta y se separa y es su transcurrir. Transcurrir del relato que relata esa pareja. Transcurrir en el que no sólo hablamos de amor, amor de pareja, enfrentando la idea de amor como “mariposas en la panza” con la de ese amor que recién es tal a partir del último aleteo de la abandónica mariposa. Acompañan a este amor el amor por la cita, el amor por la literatura y la poesía de la mano de referencias a autores como Girondo, Cortázar, Neruda, incluso Ovidio (“Los poetas tenemos licencia para mentir”) que quizás justifiquen al Ulises poeta de esta historia (¿o es Ulises poeta quien justifica las referencias a tales artistas?). Tenemos -¿porqué no?- datos de una generación teñida de psicoanálisis, tanto así que podemos hacernos cargo de algunos guiños como “soy una persona adulta por decisión de mi viejo”, “cuando una se va de su casa sin llevar nada quiere decir que todavía queda algo” o “las cicatrices nos recuerdan quienes somos”.

Y es por acá, en estos recursos, en estos trozos de diferentes realidades, en aquella propuesta de azar universal determinante de lo particular y -¿porqué no?- en la idea de registro que implica la producción de una pieza dramática, en ese “miedo a desaparecer” que motiva al autor a narrar y narrarse, en donde la pieza encuentra su vuelo.

Esta obra formó parte del “Festival del Amor” desarrollado durante el mes de febrero de 2011 en el Centro Cultural dela Cooperación.

Teatro: Pan y Arte – Boedo 876

Teléfono: 4957-6922

Funciones: Viernes 21hs (Reestreno: 1 de Abril de 2011)

 

También pueden leer la crítica de Heliana Rofrano de Julio del 2010: http://asalallenaonline.com.ar/teatro/criticas/906.html

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