A Sala Llena

Being the Ricardos

Lucille Ball y Desi Arnaz fueron el foco de atención en la televisión Americana en la década del 50. Dentro del Star system fueron los protagonistas de la exitosa I Love Lucy (Yo amo a Lucy), una sitcom de la CBS que se transmitió desde 1951 hasta 1957, una serie que cambió la forma de hacer comedia en la pantalla chica y que estableció nuevos rumbos para las futuras producciones televisivas desde su concepción. Fuera de los sets, las luces, el maquillaje y las risas eran una pareja idealista, de fuerte carácter, pasionales y entregados por completo a su oficio. Fuera de los sets también es donde el Comité de Actividades Antiestadounidenses de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos acusa de manera fraudulenta a la actriz de ser comunista, impulsado por el Macartismo y su injusta cacería de brujas que obligó a varios artistas a exiliarse de los Estados Unidos (incluyendo a personalidades como Orson Welles). El gancho de dicha acusación fue un acontecimiento pasado de Ball con su abuelo comunista y el apoyo que ella le brindó en su momento. El pasado siempre vuelve a buscarnos.

Being the Ricardos es entonces la historia de una pareja en conflicto, a su vez que inquebrantable en apariencia, que lidia con la posibilidad de ser destruida por las políticas de derecha de la época. Todo pasado por un filtro para nada sutil sobre el empoderamiento de la mujer que tanto obsesiona a Hollywood hoy en día, sin importar mucho los resultados que los productos tengan al final.

Porque si hay algo que criticarle al film de Aaron Sorkin es lo subrayado de su puesta en escena para contarnos el tormentoso momento que vivió Ball tras bambalinas. No basta con mostrarnos la personalidad decidida, implacable, segura y meticulosa de la actriz; hoy en día el cine se olvidó las sutilezas en un sarcófago. El ejemplo más notorio son las escenas donde Ball imagina y a su vez controla a su antojo las secuencias que los guionistas proponen en sus argumentos. Los primeros planos o planos detalles de sus ojos, a la vez que ilustran una mirada perdida en su infinita imaginación, son tan declamativos e insistentes como su eterna cara de culo y su manía por expresar su orgullo y ego a cada personaje que se cruce en su camino. Esa aparentemente es la forma más segura para hablar de empoderamiento femenino en cine hoy en día. Que Ball pudo haber sido una mujer de este calibre no nos quedan dudas, así como dueña de un talento inmenso. Lo molesto es la necesidad en estos tiempos de utilizar a estas figuras para un propósito ya no político sino más bien de agendas comerciales. Se nota hasta el último detalle hacia dónde quiere ir la película. Más teniendo en cuenta la insistencia de Ball hacia Arnaz y una posible infidelidad por parte del actor. Si son despiertos ya sabrán cómo termina, en qué plano Sorkin pone a Ball y peor aun, qué nos quiso decir más allá del discurso ya gastado que viene machacando al espectador desde hace varios años. No se confundan, no estoy en contra del feminismo; más bien de las formas con que el cine actual parece querer decir algo: ya no le dialoga al espectador con elocuencia, sino a los gritos y regurgitando las mismas ideas una y otra vez. ¿Quieren ver una película feminista, arriesgada para su época y que justamente por su discurso fue un fracaso? Prueben con La leyenda de Billie Jean (1985), film que se viste de coming of age evasivo ochentero y que en realidad lleva la política, el discurso y el consumo irónico a un nivel brillante, a pesar de ser una obra con intenciones comerciales y un tanto adolescente.

Mientras, Being the Ricardos es un film poco arriesgado, con un par de aciertos (Kidman y Bardem, algunas ideas dando vueltas por ahí) pero desabrido, sin demasiada emoción y con el alma y el corazón puestos solo en rubros técnicos, con ritmo de a ratos pero distante y tan reiterativo que a la media hora podemos adivinar con los ojos cerrados lo que sigue en su hora restante. Una lástima: Ball se merecía una obra digna en la historia del cine.

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