A Sala Llena

Buscando a Dory, según Emiliano Fernández

La fraternidad de los parias.

Dentro de lo que viene siendo la producción reciente de Pixar, Intensamente (Inside Out, 2015) en primera instancia constituyó un regreso con gloria a los años dorados del estudio (nos referimos a la etapa intermedia entre los pasos iniciales y la adquisición definitiva por parte del emporio Disney, con la subsiguiente fetichización de las secuelas) y en segundo término volvió a elevar esa vara cualitativa a partir de la cual podemos juzgar cada trabajo según su contexto (guste o no, la comparación siempre será una de las herramientas del análisis crítico de cualquier disciplina artística). Las repercusiones fueron inmediatas y sin duda a Un Gran Dinosaurio (The Good Dinosaur, 2015) le tocó jugar el rol de “víctima” en la cadena: el primer opus posterior a aquella epopeya emocional/ esquizofrénica fue un film amable que retomaba algunos paradigmas del Disney clásico, sin llegar a lucirse del todo.

Ahora bien, aquí estamos ubicados en otro nivel porque la mejoría es más que sustancial y los artífices de la faena que nos ocupa son Angus MacLane y Andrew Stanton, este último responsable de dos de las obras maestras fundamentales de Pixar, WALL-E (2008) y Buscando a Nemo (Finding Nemo, 2003). De hecho, Buscando a Dory (Finding Dory, 2016) no sólo es un corolario muy bello de la segunda sino que además se abre camino como la continuación más interesante que ofreció el estudio hasta la fecha, consiguiendo la doble proeza de conservar la esencia freak de los protagonistas y expandir un entorno que los define -y que suele limitarlos- en tanto “diferentes”. Si antes teníamos un puñado de personajes con problemas psicológicos y/ o trastornos corporales, hoy nos topamos con una fraternidad improvisada de parias que crecieron bajo el peso del encierro institucionalizado.

En este sentido, conviene aclarar que el film encara una embestida sutil e inusitada contra los acuarios, lo que podríamos leer como un eco retórico de Blackfish (2013), aquel enérgico documental de Gabriela Cowperthwaite que denunciaba la crueldad de mantener en cautiverio a animales inteligentes como las orcas. El título de por sí nos indica que en esta ocasión estamos ante un enroque de papeles ya que ahora es Nemo quien une fuerzas con Marlin (dos peces payasos, hijo y padre respectivamente) para rastrear a Dory (una hembra de pez cirujano regal): el horizonte del relato -y del trío principal- es encontrar a los progenitores de Dory, cuyo destino resulta un misterio. La pesquisa los lleva hacia el Instituto de la Vida Marina, un centro de rescate y acuario, pero terminan separándose y quedando a merced de los empleados, los visitantes y las subdivisiones del establecimiento.

La propuesta una vez más funciona como una entrañable carta de amor dirigida a aquellos que sufren patologías dolorosas y reales, quienes jamás deberían ser confundidos con los arquetipos vetustos hollywoodenses del “inadaptado” o el “antihéroe”, figuras que apelan a los preceptos históricos de la izquierda para luego traicionarlos gracias al conformismo del mainstream de nuestros días y esa estupidez propia de los consumidores más lelos y acríticos. Obviando dicho oportunismo conceptual, Buscando a Dory se sumerge en la amargura del no poder superar del todo ciertas peculiaridades congénitas y en la felicidad del saberse respaldado por los seres queridos y con la imperiosa capacidad de transformar las debilidades en fortalezas. Mientras que en el pasado la paternidad era el gran eje de la trama, hoy la libertad, la reparación identitaria y el afecto a secas son los núcleos centrales.

Ya metiéndonos en los padecimientos de turno, Marlin sigue con vestigios de agorafobia, Nemo con su aleta inusualmente pequeña y Dory con su amnesia crónica, que le impide retener información más allá de lapsos reducidos. Los secundarios, asimismo, están muy bien trabajados y enriquecen el pulso febril y convulsionado de la experiencia en general: como “ayudantes” en la misión de Dory descubrimos a Hank (un pulpo con un tentáculo faltante), Bailey (una beluga que considera que perdió su habilidad de ecolocalización) y Destiny (un tiburón ballena miope). Cayendo apenas por debajo de Buscando a Nemo, la película pone de relieve que la excelencia en las segundas partes es posible y que para alcanzarla siempre deben primar la perspicacia narrativa y el desarrollo de personajes por sobre la catarata contemporánea de lugares comunes, vanidad y escenas bobas de acción…

calificacion_5

Por Emiliano Fernández

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