A Sala Llena

#CANNES75 | Cannibalismos 09: Islas

Una larga panorámica al atardecer por el puerto de Tahití, en la Polinesia Francesa, con sus contenedores de Maersk, abre la nueva película de Albert Serra, Pacifiction (Competición) y constata que nos encontramos ante la primera de sus películas (oficiales) con una ambientación contemporánea. En el centro de toda la trama tenemos a De Roller (Benoit Magimel), el Alto Comisario de la República, suerte de embajador que ejerce de mediador en las disputas políticas entre el estado francés y los habitantes de las islas, aunque también una figura que parece controlar otro tipo de negocios, empezando por un club nocturno que constituye el epicentro de su actividad. En torno a él pululan los bailarines y bailarinas del club, casi todos ellos nativos, pero también enigmáticos personajes occidentales: el Almirante, el Portugués, Morton (Sergi López), unos militares, otros agentes secretos o hombres de negocios. Necesitada de reafirmarse como potencia, Francia va a realizar una serie de pruebas nucleares que, por supuesto, preocupan a los nativos. De Roller intenta calmarlos, minimizando la importancia de esas pruebas. Como cualquier diplomático, su función es mediar y el cinismo es su principal arma: las pruebas nucleares pueden ser la causa de muchas enfermedades, pero también generarán dinero para tratarlas. Pacifiction es una película sobre el fin del mundo, o sobre el crepúsculo del mundo en el que vivimos, una película que abunda en referentes literarios (Lowry, Stevenson, Conrad), pero que inventa una nueva forma de filmarlo(s). 

Tratándose como es el caso de la película más ambiciosa de Serra, presupuestaria (2,6 millones de euros), pero también cinematográficamente, no es de extrañar que sea también la más épica, la que funciona como un fresco más completo de la sociedad y la política actuales. Una épica decadente que Serra construye a base de secuencias deslumbrantes como la de surf, con esas gigantescas olas que parecen romper a escasos metros de la cámara, pero sobre todo a partir de largos diálogos, en buena medida soliloquios de De Roller, muy distendidos y pausados. Entre muchos apuntes y comentarios banales se van deslizando los elementos  básicos de la trama política, sutilmente, como si se tratase de una estrategia del propio diplomático para hablar en círculos (o en espiral) sin que sus contertulios alcancen a entender sus contradicciones: el viejo arte de la retórica. El tiempo juega a favor de Serra (sus casi tres horas de duración) y del propio De Roller, que en ningún momento siente la necesidad de concentrar los diálogos o acelerar la trama. Estamos en el polo opuesto de Leila’s Brothers que, con una duración similar, apabulla con sus densas conversaciones (filmada por Serra se iría tranquilamente a las siete horas). Y esto es lo que hace de Pacifiction, película a la altura de sus ambiciones y la mejor de su autor, una experiencia de una belleza apabullante y profundamente placentera. Como dice De Roller, contemplar las distintas tonalidades de los azules del mar y los colores de los paisajes de la Polinesia son la mejor forma de aclarar nuestra mente. Pacifiction nos enseña a mirar. 

En 2004 Claire Denis también filmó partes de L’intrus en Tahití, una de sus grandes películas.  Stars at Noon es su segunda película de este año, también la segunda de su filmografía en inglés y, aunque parezca increíble, solo la segunda vez que participa en la Competición de Cannes (la primera fue con su ópera prima, Chocolat, allá por 1988). Al mismo tiempo, se trata de una de sus obras más extrañas, en su acercamiento al cine de género y, en particular, al subgénero de las películas de periodistas en países exóticos, con su trasfondo político. En este caso estamos en Centroamérica con una improbable periodista, Trish (Margaret Qualley), especializada en reportajes turísticos (se dirige a Costa Rica), pero que a su paso por Nicaragua ha descubierto los crímenes que está cometiendo el gobierno y se ha visto involucrada en una trama de conspiración con agentes de la CIA o un enigmático personaje inglés con el que inicia una relación, Daniel (Joe Alwyn). Trish mantiene relaciones sexuales tanto con Daniel como con un policía, relaciones por las que cobra, sin que nunca acabemos de entender si la prostitución es algo que necesita para sobrevivir económicamente o una mera estrategia de distracción. No hay ningún cuestionamiento moral por parte de una Denis que, más que la trama, parece haber encontrado una buena oportunidad para filmar el cuerpo de Qualley mientras suena la música de los Tindersticks. En última instancia, Stars at Noon tiene algo de película antoniniana (Profession: Reporter), una película que acumula enigmas y que no manifiesta ninguna voluntad de resolverlos, como si la trama tuviese como único objetivo su disolución, su desaparición. 

Con Graceland y Las Vegas como puntos cardinales, Elvis, de Baz Luhrmann (Fuera de Concurso), también es una película sobre lugares exóticos o ficticios. Como Moonage Daydream, la película sobre Bowie, Elvis aborda la biografía de Presley desde el montaje, una endiablada y torrencial sucesión de imágenes, pantalla partida y canciones que, durante buena parte del metraje, deja de lado cualquier implicación dramática. Son los últimos cincuenta minutos, los que se centran en la etapa de Elvis en Las Vegas, los que dejan aflorar las distintas concepciones de la carrera que tenían Elvis (Austin Butler) y su agente, el coronel Tom Parker (Tom Hanks). Paradójicamente, la película carga contra Parker, responsabilizándolo de haber confinado a Presley en la burbuja del hotel de Las Vegas, renunciando a girar por todo el mundo, pero también de sus intentos de alejarlo de sus raíces en la música negra. Digo paradójicamente porque la película está narrada desde la perspectiva de Parker y el retrato que realiza de sí mismo no puede ser más negativo, como una confesión de todos sus (bienintencionados) pecados. Por contra, el de Presley es una hagiografía en toda regla que en ningún momento pone en cuestión atisbo alguno de apropiación cultural, al contrario, lo presenta como un defensor de los derechos civiles muy afectado por los asesinatos de Martin Luther King Jr y Bobby Kennedy, y pasando por alto su conflictiva relación con el ambiente cultural y político de los sesenta. Dicho esto, la película tiene momentos antológicos, algunos sostenidos sobre el montaje efervescente de Luhrmann, otros por la interpretación de Butler, que alcanza su cumbre en los conciertos de Las Vegas, casualmente los únicos instantes en que vemos a Presley interpretar íntegramente varias canciones. Elvis acaba con varias imágenes de archivo de algunos momentos que hemos visto reconstruidos en la ficción: la reivindicación del buen copista. 

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