A Sala Llena

Como Entrenar a Tu Dragón, según Matías Orta

Sorpresa. Es la expresión que despierta Cómo Entrenar a Tu Dragón, una de animación made in Dreamworks con un espíritu más emparentado a la sensibilidad de la factoría Pixar.

Aquí tenemos una historia simple, pero poderosa y estupendamente ejecutada. El nivel de animación es el mejor de las películas surgidas del estudio formado por Spielberg, Katzenberg y Geffen —nubes, mar, riscos, junglas, los mismísimos dragones, todos de un realismo abrumador—, pero el  guión no se queda atrás. Los autores se las ingenian para eludir la mayor cantidad de clichés de las películas infantiles, o de darles una vuelta de tuerca. Es verdad que el argumento no es nada innovador. Es muy común oír la frase: “Ya está todo inventado”, que es verdad, pero el asunto no es tanto el Qué sino el Cómo, y ahí salen ganando los creadores del film. Cuando Hipo (físicamente muy parecido a un miembro de A Sala Llena) domestica al dragón que todo el pueblo vikingo creía en extremo peligroso, se recurre más a gestos que a palabras, por lo que la escena gana en ternura y hasta se genera una inesperada tensión. Es cierto que hay algún comentario gracioso luego de alguna situación violenta, pero hay poco de ese recurso tan facilongo y archiconocido. El que amenaza con ser el comic relief (un gordito nerd que sabe de dragones) resulta simpático, pero no llega a ser molesto ni a entorpecer la acción, afortunadamente. Además, lo que le sucede a Hipo en el final —no, no es sopa fría— la diferencian de casi todos los restantes productos para niños.

La película también hace hincapié en la relación, a veces tensa, entre padres e hijos; en cómo una línea de pensamiento arcaica impide el progreso de un pueblo (claro que luego aprenden a valorar a quien veían como el Enemigo) y en cómo los ciudadanos deben seguir determinado comportamiento para pertenecer oficialmente a esa sociedad, aunque uno no esté de acuerdo (otra cosa que se modificará a lo largo del relato).

Cómo Entrenar a Tu Dragón termina siendo un atípico caso de película infantil que no insulta la inteligencia del espectador pero tampoco se excede en complejidad ni en sentimentalismo. Un milagroso equilibrio, que encima viene en 3D.

Una excelente excusa para sacar de paseo a hijos, sobrinos, ahijados o nietos, o a algún chico que hayan secuestrado por ahí. Eh… olviden lo último y no lo tomen como ejemplo.

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