A Sala Llena

Conjuros del Más Allá (The Void)

(Canadá, 2016)

Guión y dirección: Jeremy Gillespie y Steven Kostanski. Elenco: Ellen Wong, Kathleen Munroe, Aaron Poole, Kenneth Welsh. Producción: Jonathan Bronfman, Casey Walker. Distribuidora: Impacto Cine. Duración: 85 minutos.

Conjuros del Más Allá (The Void, 2016) es un film Carpenteriano. En su génesis se puede ver la rabia cinematográfica del realizador de Sobreviven (They Live, 1988), pero sin apelar a la visión del cinéfilo reaccionario que idealiza otros tiempos en el cine y que anula la mirada actual. De esos hay muchos por desgracia, donde los altares de Fulci, Hooper, Raimi y Jackson (los de los ‘80, ¿queda claro, no?) parecen alzarse con voces solemnes de radical postura cinéfilo-teenager. Conjuros… (2016) se constituye como una metapelícula dentro de un universo made in John Carpenter, pero con un peso actual. Toma las formas del director pero evita el homenaje directo y nostálgico. Hay una reconstrucción (de eso trata el cine) Old School, sí, pero sin abusar ni hacerlo evidente. Esa (re)construcción del cineasta en The Void manifiesta casi una postura inconsciente, más que adrede, evitando así ser un film que se carga sobre los hombros las películas a las que hace alusión. Hay cosas de Asalto al Precinto 13 (Assault on Precinct 13, 1976), La Niebla (The Fog, 1980), El Enigma de Otro Mundo (The Thing, 1982) y Príncipe de las Tinieblas (Prince of Darkness, 1987), para ser más exacto, y aun así la lista puede seguir con otros films de otros realizadores Event Horizon: La Nave de la Muerta (Event Horizon, 1997) y ganar autonomía. A pesar de esa reconstrucción clase b no es un film posmoderno, es bien clásico.

The Void (la nada, el vacío) abre con dos personajes “cazando” a un par de personas en un paraje rural (amén del American Gothic), atrapando con éxito a uno bajo las llamas de un fuego devorador que nos recuerda la mirada nihilista de El Enigma… (no sólo la violencia destructiva que implica prender fuego a un ser, sino el escape del otro individuo que algo oculta, yuxtaponiéndose con aquella bestia mimetizada en perro siberiano apenas arranca la película Carpenteriana). Un policía intenta socorrer al sobreviviente que logró escapar a la masacre, arribando luego a un hospital al que lo están trasladando y al que le quedan apenas un par de personas operando (Como la comisaria de Asalto…). Ya en el hospital no pasará mucho tiempo para que un infierno se desate, literalmente: un grupo de personas debe resistir mientras afuera del edificio una horda de encapuchados amenaza a cualquiera que ose escapar (Como en Príncipe… pero invirtiendo las polaridades institucionales: cambia la iglesia Saint Godard’s por un hospital, cuna coloquial de las ciencias, apartando la mirada del creyente espiritual y haciéndose con un ateísmo feroz). En Príncipe…, Carpenter mostraba un grupo de homeless atraídos por aquel templo ya que partía de un discurso sobre como las clases más bajas son utilizadas furtivamente por la religión. En Conjuros…, el grupo de personas que resiste dentro del edificio son obligadas a quedarse dentro, porque a diferencia de la religión que sólo necesita de la mente débil, espiritual, la ciencia se hace con el cuerpo material como medula espinal para su existencia (ateísmo estoico sobre esta institución). Un enorme muestrario de atrocidades polimorfas, antropomórficas y de una belleza técnica y horrorosa que nada tiene que envidiarle a los horrores Lovecraftianos, se arrastra en cada fotograma, manchado por un gore ultradelicioso y enfermamente cinematográfico. La metafísica ambiciosa por momentos megalómana, pero para nada acartonada, acercan al relato hacia la épica total, donde confluyen la simbología cinematográfica con lo esotérico, lo místico (por ejemplo, en el cine el sótano o subsuelo representa el lado más bajo, la podredumbre, lo que yace oculto, los secretos. Las escaleras, como eje vertical, irrumpen trágicamente en el cine y acá no es la excepción: por ella se baja a la temida morgue, donde se arrastran terribles secretos y nos lleva directamente a los infiernos). El esoterismo que emana la película no solo la conecta con Príncipe…, además toma la figura del trapecio (Padre, Hijo, Espíritu Santo para el catolicismo, por ejemplo; el mundo masculino arriba, el mundo femenino abajo y el tercero el mundo que une las otras dos puntas y germina ambas realidades que corresponde también a la realidad humana, según la cosmovisión andina) y la une directamente a la trinidad institucional a la que se refiere a lo largo del relato: Las fuerzas policiales, la medicina (ciencias) y la religión, aun cuando en el film no hay alusiones espirituales más allá de las que maneja el maléfico. Paradójicamente, The Void no tiene personajes religiosos o de fe, pero si es un film creyente: ver el final (alerta spoiler), que emula bastante al de El Más Allá (L’aldilà, 1981), de Lucio Fulci y el enorme recorrido cinéfilo la convierten en una película que mama del cine, que cree en él y no se avergüenza de sus enormes delirios narrativos. Toma parte del cine de un cineasta enorme, como lo es John Carpenter y lleva las formas del terror más extremo hacia niveles muy altos. Carpenter en Príncipe de las Tinieblas llamó a su iglesia Saint´s Godard, homenajeando al enorme cineasta francés, haciendo institucional su cine, ahora, Jeremy Gillespie y Steven Kostanski no hacen literal la enorme admiración por el realizador de Christine (1983) pero en su hospital del horror un universo Carpenteriano se eleva en el olimpo del cine de terror.

calificacion_4

 

 

© Daniel Núñez, 2017

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

Nota original, en nuestra cobertura del BAFICI 2017.

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