A Sala Llena

Cosmopolis, según Emiliano Fernández

El poder del pensamiento negativo.

Raramente director y protagonista coinciden en una obra radical que pretende dejar de lado un período al que juzgan finiquitado. Por supuesto que en estos casos los móviles suelen variar de sobremanera según el individuo en cuestión y sus intereses particulares detrás del intento de “quiebre”. Mientras que una realización con las características de Cosmopolis (2012) por un lado le permite a Robert Pattinson desprenderse de los fans adolescentes que arrastra como consecuencia de su archiconocida intervención en la saga Crepúsculo (Twilight), por el otro resulta indudable que a su vez constituye el regreso de David Cronenberg a su formato más críptico de pulso reflexivo e inclinaciones contraculturales.

De hecho, la propuesta es una adaptación de la novela homónima de Don DeLillo, una de las figuras centrales del posmodernismo literario, y se ubica palmo a palmo junto a otras traslaciones del canadiense de trabajos hasta ese instante considerados infilmables; citemos como ejemplos a las maravillosas Festín Desnudo (Naked Lunch, 1991), sobre el opus de William S. Burroughs, y Crash (1996), a partir del libro de J. G. Ballard. En esta ocasión la “historia”, si podemos llamarla así porque apenas si aporta un contexto general, gira alrededor de un día en la vida de Eric Packer (Pattinson), un multimillonario de 28 años que recorre Manhattan en una enorme limusina para conseguir un simple “corte de cabello”.

A medida que avanza el metraje y se suceden diversos encuentros con asesores, encargados de seguridad, amantes, doctores, empleados varios, acosadores y hasta una esposa que no desea intimar con el susodicho, de a poco somos testigos de una ambiciosa exhortación intelectual -de raigambre solipsista y alcance socioeconómico- interrumpida una y otra vez por eventos heterogéneos como una visita presidencial a New York, una protesta anticapitalista o la procesión fúnebre en honor a una estrella de rap. El cineasta hace propio el tono entre satírico y trágico del original y analiza con ironía el patetismo de las burbujas financieras, los medios de comunicación, los gobiernos de turno y la apatía contemporánea.

En términos formales Cronenberg no sale casi nunca de la limusina y sustenta el devenir narrativo a través de prolongados intercambios dialécticos entre Packer y su interlocutor momentáneo, todo en función de un eje descendente en donde el apocalipsis periférico está emparejado a su declive personal por apostar en contra del ascenso del yen, circunstancia que le hace perder parte de su riqueza. El desempeño de Pattinson está en sintonía con Crepúsculo y Agua para Elefantes (Water for Elephants, 2011) aunque vale aclarar que aquí su frialdad está mucho mejor encausada y hasta se ve complementada por un elenco de lujo encabezado por Paul Giamatti, Juliette Binoche, Samantha Morton y Mathieu Amalric.

Parafraseando el título de un box set de The Jesus and Mary Chain, el realizador construye un ensayo visceral sobre “el poder del pensamiento negativo”, la capacidad regeneradora de la violencia y la necesidad de prescindir del consumismo bobalicón, quizás la única bandera masificada del hombre de hoy. Cosmopolis desmenuza de manera errática nuestras asimetrías y pone al descubierto la vacuidad detrás de la retórica de los diletantes del libre mercado, las macrocorporaciones transnacionales y la hipocresía estatal (populismo para el vulgo, privatismo para el resto). En suma, el film contrapone el potlatch, la ceremonia por antonomasia del derroche productivo, a la acumulación eterna de dinero e información…

calificacion_4

Por Emiliano Fernández

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