A Sala Llena

Madame Cinéma

“¿Qué es esa locura llamada cine? Eso pensaban mis padres cuando decidí tomar el rumbo de la cinematografía en Nueva York”.

(Margot Benacerraf, entrevista en multisapidas.wordpress.com)

Un país necesita imágenes propias, necesita un cine

(Fernando Trueba, Madame Cinéma)

Hay varias paradojas saboteando los sentidos de Madame Cinéma. La primera nos interpela a todos los aficionados que vivimos en Caracas entre los noventa y los 2010. Benacerraf fundó la Cinemateca Nacional donde vimos mucho o poco del cine que nos formó primero como observadores. 

La marcada tendencia social de cierto cine producido durante esa época en Venezuela, ese mismo que se internacionalizó debido por ejemplo a Secuestro Express (2005), Hermano (2010) o Piedra, papel o tijera (2011); disgregaba las búsquedas existenciales poniendo excesivo foco en la violencia y las relaciones entre pobres y ricos. No atendía mucho los problemas laborales como sí haría el Nuevo Cine Venezolano de la década que está por terminar. No es arriesgado decir que los técnicos de esas obras se habrán formado en la Cinemateca también pero enamorados de la cámara, algo de lo que Margot confiesa y demuestra haberse distanciado por aquello del escritor que se enamora de su pluma.

Esta contradicción se manifiesta a medias en una escena donde los técnicos le muestran una cámara a Margot mientras conducen en carro por París. La indiferencia de ella ejemplifica lo expresado en momentos previos pero deja mal paradas las búsquedas del director. Esto ocurre sobre todo porque hay dos cámaras grabando ese momento. Ninguna nos brinda una toma significativa del trayecto aunque la artista reconoce lo especial de haber caído en esas calles.

Otra paradoja de Madame Cinéma está directamente relacionada con uno de los elementos de Araya (1959), su película más conocida: el narrador. Como si no hubiese voz masculina que equipare lo visionario de la artista, quienes interpelan o cuentan ciertos pasajes de su vida desentonan de una forma similar a la redundancia narrativa de José Ignacio Cabrujas en la versión que llegó a Venezuela a mediados de los 70. Parecería un dato menor puesto que las notas pesadas en la voz del dramaturgo no le impiden a la película experimental ser la obra maestra reconocida no solo por el Premio de la Crítica en Cannes. Pero sí nos brinda un posible paralelismo que descalabra el documental de Jonathan Reverón.

El mismo Reverón duda del alcance artístico de Margot como cine entregado a la vida y no solo viceversa. Él incluye en el documental sus logros más significativos no solo para la pantalla sino para la formación práctica de nuevos directores. Pero cuando Leonardo Padrón le pregunta “por qué no hiciste más películas”, Benacerraf ya ha hecho mención previa a las dificultades creativas en proyectos con Luis Buñuel y Gabriel García Márquez. La duda es tan descuidada en perspectiva que el montaje ya nos está dando pruebas de una torpeza mayor: se cuestiona el hito de una mujer en el cine ya no por sus dotes inconstantes en la realización, lo que es válido, también por su visión integral que sí ocupó varias décadas con la fundación en 1966 de la Cinemateca. Fue cónsona con los ideales de artistas como Godard, Truffaut yBuñuel. Se hace cine viéndolo.

Queda aferrarse a la mayor fuerza de esta obra estrenada el año pasado y que se podrá ver en estos días por Vimeo: acercarnos al lado más íntimo de la artista. La escena en la que ella reconoce que su madre habría querido una vida más normal para su hija y que su papá no vivió sus triunfos ni con Reverón (1952) nos interpela a quienes sabemos que toda pasión es un sacrificio primero inconsciente. Que la cámara nos muestre en primer plano cómo ella opta por tomar un poco de agua luego de su respuesta y su mirada entristecida, nos desnuda el aura de elegancia con la que muchos asocian a la caraqueña. La paradoja más dolorosa de todas, al final, es que un encierro como el vivido ahora sea lo que nos permita ver a la Margot más cercana y ya no en una sala de cine, sino en pantallas virtuales. Será momento de atender más a nuestras temidas contradicciones como espectadores cotidianos sin oscuridad más que la propia.

 

 

 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Venezuela, 2018)

Guion, producción, dirección: Jonathan Reveron. Participan: Margot Benacerraf, Leonardo Padrón, Jonathan Reveron, Fernando Trueba. Duración: 70 minutos.

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