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CRÍTICAS - CINE

El vicepresidente: Más allá del poder (Vice)

(Estados Unidos, 2018)

Guion y dirección: Adam McKay. Elenco: Christian Bale, Amy Adams, Steve Carell, Sam Rockwell, Tyler Perry. Producción: Megan Ellison, Will Ferrell, Dede Gardner, Jeremy Kleiner, Adam McKay, Kevin J. Messick, Brad Pitt. Distribución: Digi Cine. Duración: 132 minutos.

Un Macbeth discreto

No sé bien el motivo, pero cada año el Oscar suele nominar al menos dos películas con varios puntos comunes entre sí. Este año el caso evidente es el de Vice (no usaré el horrendo y extenso título local ) y El infiltrado del Kkklan. Dos películas con impronta satírica, que manejan cambios de registros bruscos entre lo cómico y lo terrible; un mismo registro grotesco y sobre todo un espíritu político indignado que interpela hacia el final al ciudadano norteamericano. Agregaría otro elemento común, y es que las dos películas son films con defectos y virtudes claramente marcados. Vice es una película tan clara en sus bondades y taras que hasta puede verse de tres formas distintas, no siempre dando como resultado una buena película. Por ejemplo, si se viera Vice como un film político, probablemente el único resultado que uno obtendría es una película panfletaria y simplificadora, en la que todo lo que viene del partido republicano parece ser prácticamente demoníaco y ciertos políticos son presentados como caricaturas unidimensionales. También una película que recurre más de una vez a imágenes de shock (de víctimas de guerra por ejemplo), que funcionan más como un golpe bajo innecesario y una expresión innecesaria de indignación. Por otro lado, Vice resalta una y otra vez la misma idea de un gobierno americano que en ocasiones históricas ha operado de manera oscura y burocrática. Es algo sobre lo que el largometraje de McKay gira demasiadas veces, remarcando una y otra vez el contraste entre lo trascendente y fatal de decisiones que dejan miles de muertos, y el contexto aparentemente casual en el que se desarrollan. A tal punto llega este trazo grueso que en una escena el personaje de Donald Rumsfeld ve a un joven Dick Cheney y le señala que en una pequeña oficina de la Casa Blanca están programando acciones que afectarán no sólo la vida de millones sino el rumbo de la política internacional.

Ahora bien, en ese contraste puede encontrarse a veces también algo humorístico. Después de todo, gente hablando de manera coloquial sobre cosas que influirán a millones no deja de tener algo cómico. Y acá es donde está la otra forma de ver Vice, que es como una comedia absurda. McKay juega con este registro constantemente: rompe la cuarta pared, juega a terminar la película antes de tiempo, pone a un personaje a hablar disparates en un contexto absolutamente serio. Quienes conocen el cine de Adam McKay saben de que tipo de humor hablo. Realizador venido del Saturday Night Live que supo realizar algunas de las mejores comedias americanas del siglo veintiuno (todas protagonizadas por Will Ferrell) como Anchorman The Other Guys, y que en sus últimas dos películas (Vice y La gran apuesta) parece haberse volcado al cine político. Lo curioso de McKay es que sus búsquedas hacia otro tipo de caminos no han hecho que abandonara su identidad como director de comedias absurdas. No solo porque tanto en Vice como en La gran apuesta sigue haciendo chistes no demasiado distintos en su espíritu anárquico a los de las comedias con Will Ferrell, sino porque en alguna medida ha entendido que tanto el mundo de la bolsa y las finanzas representado en la segunda como el mundo de la política nacional en la primera parecen exhibir el ridículo de sus chistes más absurdos. En ambos casos se trata de ver que un conjunto de personas que no necesariamente son brillantes o especialmente sabias pueden, por el solo hecho de conocer determinadas reglas del juego o estar en el momento indicado, hacer volar todo por los aires.

En este punto, el Dick Cheney que representa la película de McKay puede tratarse de una figura al mismo tiempo humorística, fascinante y oscura.

Y acá es donde entramos en la forma más interesante de ver Vice, y es como una exploración sobre un personaje. Vice es una suerte de biopic de un vicepresidente dueño de un poder desmedido, uno que le permitió durante ocho años manejar el poder desde la discresión absoluta y las sombras, teniendo más poder de decisión que el propio presidente George Bush. Pero la película también es la búsqueda por comprender, inútilmente, el alcance real de la maldad y la inteligencia de un líder siniestro. Para explicarme en lo que digo volveré a la escena en la que Rumsfeld le dice a Cheney que en ese pequeño cuarto se están tomando decisiones de trascendencia internacional. Si bien eso puede ser leído, nuevamente, como un trazo grueso innecesario, también es verdad que uno puede leerlo como una forma sutil de mostrar que Cheney ahí está entendiendo algo clave: que el poder no tiene por qué manifestarse manera ostentosa, sino que puede funcionar discretamente. De hecho, hay una transformación fascinante que el film muestra de su protagonista. Cheney de joven es un tipo sin ambiciones, pero también gritón y problemático y deseoso de llamar la atención. Con el correr del metraje, en cambio, se va transformando en una persona no solo cada vez más ambiciosa sino más secretista y lacónica, como si hubiera en su discreción extrema un poder mucho más grande que el imaginado.

Sin ir más lejos, en la película su gran truco es ejercer una posición de poder desde una posición aparentemente intrascendente y poco llamativa como la de la vicepresidencia.

Desde este lugar, no deja de ser interesante que para el propio McKay el mismo Cheney resulte un misterio en sí mismo. Lo dice el letrero humorístico del principio que declara que la película está basada en hechos reales, y que fue muy difícil hacerla porque Cheney es una de los líderes más reservados que existen. Pero también lo va manifestando la película al mostrar a Cheney como un personaje cuyas ambiciones y motivaciones reales nunca están demasiado claras. Creemos que quiere mucho dinero, pero nunca lo vemos ostentándolo demasiado; creemos que puede querer poder, pero está en las antípodas de ese espíritu megalómano que suelen tener los líderes obsesionados con ese tipo de ambiciones; creemos que no tiene otra preocupación que sí mismo, pero hacia el final parece convencido -aunque no sabemos ya a esa altura qué tan sincero es en sus palabras- que hizo lo que el pueblo americano supuestamente necesitaba. También creemos que puede ser diabólico, pero lo cierto es que Cheney ni siquiera transmite esa sensación siempre. Al contrario, podemos verlo teniendo actitudes tremendamente compasivas con una de sus hijas.

Lo que si sabemos es que hay algo tremendamente apocado en su comportamiento, algo que Christian Bale transmite a la perfección en la que acaso sea la mejor actuación de su carrera, interpretando a un Cheney de voz gruesa y movimientos lentos pero seguros. También sabemos de este personaje que no tiene miedo nunca, ni siquiera cuando le está por dar un ataque al corazón (lo que genera varios chistes excelentes a lo largo de la película). De lo único que pareciera tener miedo es de perder el respeto de su mujer, lo cual hace que en un momento de la película pase a ser de un miembro de la white trash americana a querer ser un político ambicioso y sin escrúpulos. Este tipo de característica lo emparenta con Macbeth, de ahí que no creo que sea casual un gag de Vice en el cual vemos a Cheney y a su esposa hablar en versos cual personajes shakespereanos. Sin embargo Cheney, a diferencia de los personajes de Shakespeare, carece de esa vitalidad trágica y verborrágica. De nuevo, lo más misterioso del Cheney de Vice reside en su discreción total y en sus características lacónicas. Será por eso también que si bien Cheney puede ser tremendamente destructivo, las tragedias que le vuelven a él son tan poco llamativas como su modo de comportarse.  Luego de toda la sangre derramada, el castigo por su legado de poder y secreta tiranía será una pelea familiar con su amada hija. Nada demasiado notable, nada demasiado tremendo, una tragedia en clave menor si se quiere, para un personaje cuyo máximo atractivo es justamente su misteriosa sobriedad y discreción. Entonces uno vuelve al título local: Vice, además de jugar con una palabra (en inglés puede aplicarse tanto al vicepresidente como a la palabra “vicio”), es también una palabra sencilla, seca, sin nada que parezca esconder demasiada espectacularidad. Pero nuevamente, que algo carezca de espectacularidad no quiere decir que esté ausente de influencia, de daño e incluso de misterio.

 

 

@ Hernán Schell, 2019 | @hernanschell

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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