A Sala Llena

El Cisne Negro: Una mirada psicoanalista

Atender en el consultorio, luego de asistir a la privada de El Cisne Negro, fue una tarea que amenazaba ser más que ardua. Cuando el primer paciente toca el timbre, todavía resonaba en mi cerebro el éxtasis visual que había presenciado unas horas antes. Mi atención flotante estaba en riesgo, se me hacía imposible desconectarme de la locura de Nina, el personaje principal del film, para reconectarme con la realidad cotidiana, que en mi caso es escuchar la película que construye cada paciente de su vida.

Como cinéfilo, fue una experiencia absolutamente placentera, perturbadora, dramática, alienante; como psicoanalista, quedé maravillado de la manera en que se retrata la descompensación de una psicosis cuando se alcanza lo más deseado en la vida. Por tal motivo, sentí la necesidad de no hacer una crítica convencional; en esta misma página ya hay varias, y muy buenas. El deseo apuntaba hacia otro lado, quería transmitir y aportar, por qué no, mi mirada desde mi formación profesional de la salud mental. De esta manera, articular en un solo texto tres pasiones: Cine, Psicoanálisis y Escritura.

Por eso decido renunciar a calificar por primera vez con cinco espectadores a un estreno que me toca cubrir, en pos de articular el film de Darren Aronofsky con otras cuestiones. Labor que no es sencilla, ya que dar cuenta de conceptos psicoanalíticos bastante complejos, como lo son los que aborda la estructura psicótica, a un lector que no sea del ambiente psi, requiere hacer una transposición de nociones teóricas, con el fin de evitar un texto demasiado técnico y enmarañado que resulte chino básico para unos cuantos.

En una excelente crítica realizada por mi colega de A Sala Llena, Rodolfo Weisskirch, él relata que la riqueza de El Cisne Negro se basa en la cantidad de sub lecturas que posibilita el film, por la abundancia de detalles que nos va tirando el director, en esta espectacular puesta en escena. Y el psicoanálisis no queda fuera de esas interpretaciones, ya que se trata de una historia donde la psiquis humana es la verdadera protagonista.

Cine y psicoanálisis son dos ramas culturales que nacieron casi juntas, una de la mano del arte y la otra desde la ciencia, y el mundo ya no fue igual. Ambas se fueron retroalimentando a través de su historia. Las dos tocan, señalan, construyen, recrean algo de la verdad de la subjetividad humana y de lo difícil e insoportable que es, a veces, la existencia. Nada es tal como parece o se cuenta, siempre hay algo más profundo que subyace en cada sujeto mortal o personaje.

Personalmente, el cine muchas veces me sirvió como herramienta para pensar la clínica con pacientes, y la clínica me es de gran utilidad para meditar algunas películas. Freud decía que un analista no puede estar ajeno a las manifestaciones culturales de su época, ya que ellas modelan y describen cierta subjetividad. Pero de todos modos, no se trata de psicoanalizar un texto cinematográfico como si lo estuviéramos recostando en el diván, sólo se trata de aportar, desde el conocimiento y la experiencia de cada quien, ciertos elementos que pueden develar alguna verdad oculta para el espectador.

El Cisne Negro es una obra que permite eso y más, da la posibilidad de múltiples lecturas desde distintos enfoques. Sin ir más lejos, en este mismo medio, Laura Dariomerlo, en su columna semanal, relata en un maravilloso escrito sus vivencias como bailarina y mujer y  aporta esa mirada tan singular de la última obra de Aronofsky.

Estamos frente a una película que se mete en lo más enmarañado de la psiquis humana; tanto es así que el pensamiento y la percepción aparecen sumamente alterados. La genialidad del cineasta es que, a medida que avanza el relato, nos hace partícipes a nosotros de esa locura. Sí, enloquecemos, dudamos, sufrimos con ella, hasta tenemos, por momentos, sus mismas certezas. No vemos a una psicótica descompensada, desde afuera, sino que percibimos y pensamos lo mismo que la protagonista. Delirio y realidad van y vienen a través de una delgada línea divisoria. Lo sobrenatural se impone a lo natural y viceversa.

Nina (Natalie Portman) es una frágil y virginal bailarina que maneja la técnica a la perfección pero carece en absoluto de espontaneidad; con unas defensas altamente rígidas, una dedicación obsesiva que ya es patológica, mantiene un vínculo simbiótico con una madre devoradora (Barbara Hershey), comportamientos autopunitivos y algunos trastornos de la alimentación. El director del ballet, Thomas (Vincent Cassel), decide elegir a la protagonista de la nueva versión de El Lago de los Cisnes, pero con la particularidad que ella debe interpretar al cisne blanco y a su antagonista también, el cisne negro, el cual posee todos los rasgos de los que Nina carece. De todos modos, es la elegida, pero Lily (Mila Kunis), una compañera llegada recién de San Francisco, aparece como la mayor amenaza para ella, dueña de una espontaneidad y desenfado que hace peligrar la consagración de Nina.

La película logra retratar como se va dando un desencadenamiento en un sujeto con estructura psicótica, muestra los fenómenos previos que lo anteceden y también, da cuenta que eso absurdo que uno ve en el loco delirante, para él tiene un significado importante y un sentido.

El punto es este: cuando ella obtiene el papel, la presión es tal, que se termina descompensando, el brote psicótico aflora. Alucinaciones visuales y cenestésicas, delirios persecutorios, signos de despersonalización frente al espejo (objeto que aparece simbólicamente en varios fragmentos del film), se exacerban los trastornos autoagresivos y desórdenes alimentarios y ella puede, de alguna manera aunque muy rudimentaria, poner un límite a la demanda materna. De todos modos, uno como espectador no termina de tener en claro hasta dónde es locura y hasta dónde es realidad.

Con este cuadro podríamos pensar que Nina padece de una esquizofrenia paranoide, que es una forma de psicosis. Los psicoanalistas decimos que la estructura psicótica se caracteriza por un agujero en lo simbólico; hay cierto significante que tiene que ver con el padre, que al sujeto le falta, está forcluido. Decir “forcluido” no es lo mismo que decir “reprimido”; lo reprimido está oculto, tapado, pero está y, cuando se requiere hacer uso de eso reprimido, como es el caso de las neurosis, se utiliza, aunque muchas veces sea con angustias, síntomas, etc.

En cambio, lo “forcluido” no se dispone en la estructura y, cuando es llamado ese significante en lo simbólico, no queda otra que enloquecerse, porque no se cuenta con eso. En el caso de la película, cuando Nina es convocada a interpretar al cisne negro, es un aspecto de su existencia con el que no cuenta, carece de los recursos simbólicos para encarnar ese personaje. Ella no es virginal porque sea reprimida, sino porque no tiene otros medios para afrontar la vida. Si fuese neurótica, a la hora de interpretar este papel, se angustiaría, sintomatizaría y hasta renunciaría porque creería que no puede, pero no se derrumbaría de esta manera.

Para que se desencadene la psicosis y se produzca un brote como le pasó a Nina se tienen que dar dos condiciones: el sujeto tiene que poseer ya una estructura psicótica previa y se tiene que confrontar en la vida con alguna situación en la cual debe recurrir a ciertos significantes simbólicos de los cuales se carece, están forcluidos. El historial más famoso de psicosis para el psicoanálisis es el caso Schreber, un juez de la Corte, que cuando logra el importante cargo de Presidente, se desanuda y comienza a desarrollar toda una serie de fenómenos delirantes.

En el cine, tenemos varios ejemplos de esto. Cito solo uno: Claroscuro, de Scott Hicks. El protagonista padece una descompensación esquizofrénica catatónica cuando gana el primer premio en un concurso de piano, al interpretar la difícil partitura que tanto le exigía su padre cruel.

Para Nina, interpretar ese papel tan deseado la lleva a confrontarse con su sexualidad, femeneidad y su costado seductor que se le torna imposible de apropiar. Acceder a ser mujer implica romper con el lugar de “dulce niña” al que la condenó su madre. No tiene recursos para elaborar todo ese descubrimiento, por eso, una vez que intenta masturbarse, tiene una alucinación en la que su madre la está observando desde una silla. Cuidado, no estoy diciendo que Nina no tiene deseo sexual, sino que carece de los medios psíquicos para hacerse cargo de esta irrupción pulsional.

Tal panorama, encima, es incentivado por el director del ballet que, como didacta, no se caracteriza por tener métodos muy ortodoxos, por no decir que es bastante psicopatón. Todo el tiempo la manda a ese lugar, donde ella no tiene con qué responder. Ella debe ser el cisne negro, no sólo en la danza, sino en su vida.

¿Cómo se las arregla con esto? Freud decía que en estos cuadros hay un abuso del mecanismo de proyección y lo “malo” siempre tiene que estar afuera. Como a Nina encarnar estos rasgos en su interior le resulta amenazante para su integridad psíquica, los deposita en el afuera; el cisne negro se le impone por vía de las alucinaciones tanto visuales como cenestésicas: en las primeras, se le aparece desde el exterior con la imagen de su propio doble; en las segundas, le produce una metamorfosis, cual Kafka, en el cuerpo,  o a través de un delirio persecutorio proyectado en Lily, está joven sensual y carismática que posee todos esos rasgos tan temidos, pero deseados, por ella. Es decir, como no puede salir del lugar de cisne blanco, tanto su doble alucinado como su extrañeza en el cuerpo y compañera rival le exhiben este encierro.

Había dicho que este significante que está forcluido tiene que ver con la función paterna. El punto es que en todo el film no hay esbozos de un padre para Nina; está envuelta en el puro goce materno. Si no se cuenta con un padre o alguien que mínimamente haya cumplido esa función, no hay manera de acceder a ese significante que sirve como corte para frenar la demanda de ciertas madres estragantes. Ante esa imposibilidad de realizar un corte simbólico con este vínculo alienante, a la protagonista sólo le queda la opción de hacerse tajos y lastimarse en lo real de su cuerpo, como forma de acotar y tramitar algo que la asfixia. No es la primera vez que el cine nos muestra los efectos psicopáticos que producen ciertas relaciones opresivas con la madre. (Psicosis de Hitchcock y La Pianista de Haneke, entre otras).

No sé realmente si Aronofsky leyó a Lacan, pero hay un elemento bastante significativo en la película que remite a una metáfora que utilizaba el psicoanalista francés. Él decía que el deseo de la madre estragante es comparado con la boca de un cocodrilo: la función del padre es poner un palo en esa boca y así impedir que ella se cierre y el hijo sea devorado o engullido; ese sería el significante que justamente Nina tiene forcluido. Ella no puede salir de la boca de esa madre intrusiva, entonces recurre a un palo que encuentra en el palier del edificio para frenar, por lo menos, que su madre la invada en su habitación y la vuelva a tragar.

Antes de culminar, me es necesario aclarar que la función paterna no tiene nada que ver con la presencia física del padre, este puede estar y pisotearla como fue el caso citado de Claroscuro; o puede estar ausente y cualquier otro sustituto logra transmitirla, como bien lo reflejó Cinema Paradiso.

También, decir que psicosis y locura no son lo mismo. Se puede enloquecer sin ser psicótico, o se pude tener una estructura psicótica sin necesariamente estar loco todo el tiempo.

De hecho, más de uno enloquecerá durante algo más de cien minutos a la par de Nina, otros dudarán todo el tiempo, algunos buscarán racionalizar lo visto y una parte seguramente rechazará la obra y le parecerá absolutamente inverosímil. Lo interesante de esto es que la película no nos da ninguna certeza, no sabremos cuán turra es Lily, o cuán perverso es Thomas, o cuán siniestra es esa madre, o cuán reales son algunas escenas del film; cada quien lo interpretará de acuerdo con su mirada subjetiva.

Finalmente terminó el lunes, pude dejar a un lado el efecto post traumático de El Cisne Negro, para dedicarme a escuchar y atender otras historias menos trágicas, con la suerte que una paciente me comenta, así como al pasar, “Tengo ganas de ver la última película de Natalie Portman, ¿la viste?”.

Emiliano Román

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