A Sala Llena

El Color que Cayó del Cielo: Algunas Ideas Sobre El Hombre de Acero

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(Aclaración:
este material contiene muchos spoilers sobre el argumento del film)

Es un pájaro. No, es un
avión. No, ¡es Kal-El!

Seamos claros desde un
comienzo. Aquel fanático del personaje creado por Jerry Siegel y Joe Shuster
que espera a un superhombre volando por los cielos, atrapando criminales de
poca monta que solo desean dinero y poder, que tras sus anteojos de marco
negro, parodia al estadounidense torpe promedio, que se infiltra entre la raza
humana como uno más, pero que después de cambiarse en una cabina telefónica y
ponerse mallas azules y rojas, se convierte en un paladín de la justicia en El Hombre de Acero, no lo va a ver.

Cuando Christopher Nolan
decide romper los moldes habla en serio. Porque si Superman Regresa (una aceptable, aunque paródica remake/secuela de
la saga de Reeves) funcionaba como las películas Batman de Joel Schumacher eran
a las obras de Tim Burton, este nuevo comienzo dirigido por Zack Snyder se
nutre de la mitología, filosofía y seriedad, que el propio Nolan consiguió con
la saga de El Caballero de la Noche.

Y las coincidencias no pasan
solamente por el hecho de que Nolan, su mujer Emma Thomas, el guionista Davis
S. Goyer y el compositor Hans Zimmer sean la contención del imaginario de
Snyder, sino porque realmente cambia el tono y el punto de vista.

Acá, Krypton no es solamente
un planeta que se va a destruir, sino representa el futuro de la Tierra. Una
visión apocalíptica (que tiene similitudes con la de Niños del Hombre, Después de la Tierra, Oblivion y la próxima a
estrenarse, Elysium) se filtra con
el universo de La Guerra de las Galaxias
y Pandora (Avatar). Un militar con
sentido común debe luchar por la supervivencia de un planeta en vias de
extinción contra un senado irresponsable y otro capitán militar que efectúa un
golpe de estado. Crítica política mezclada con moralina ecológica.

La clave de esa
supervivencia es su hijo Kal, al que manda a la Tierra en misión profética
mesiánica, a sabiendas que lo van a tratar como un Dios. Sin embargo, el chico
cae en medio de una granja y es criado por un matrimonio humilde. Jonathan Kent
es un metalúrgico que le inculca valores al pequeño extraterrestre, para que
cuando se convierta en esta especie de Dios, pueda pasar inadvertido entre
nosotros, no solo por su apariencia, sino por su sentido de la moral.

Como sucedía en la saga de
Batman, acá tenemos un padre natural: Jor El (un Russell Crowe más parecido a
Obi Wan Kenobi, con imagen holográfica y movimientos jedis incluidos, que al
diplomático Marlon Brando) y uno sustituto: Jonathan (Kevin Costner en una de
las mejores interpretaciones de su carrera, y sin duda la mejor del film). En
la saga dirigida por Nolan, este personaje lo representaba Alfred. Pero también
tenemos un villano que asume un doble rol antagónico-patriarcal que es el
General Zod. Más profundo, inteligente, cálido y temible que el personaje
interpretado por Terence Stamp en la versión de Richard Lester, el Zod de
Michael Shannon – otro gran acierto de casting – representa al líder
hegemónico, al dictador que tiene un pensamiento que rememora
incuestionablemente al nazismo: la raza “superior” (los kryptonitas) debe
elevarse sobre la inferior (los terrícolas) para la supervivencia del primero.
El pensamiento de Zod lo vincula sin duda con Ra’s Al Ghul, quien recordemos,
también deseaba construir una Ciudad Gótica de cero porque la nueva estaba
contaminada. Si bien, acá Zod desea destruir la Tierra para formar en su lugar
una nueva Krypton, la moraleja es la misma. Los humanos no merecemos ser
salvados. Pero al igual que en Batman, así como Bruce y su padre Thomas, tenían
fe en los ciudadanos de Gótica, Kal El confía en la humanidad.

Este comportamiento de Zod,
que lo muestra como un personaje de principios, que no desea poder en sí ni ya
nos transporta a una mitología más original, cercana a los cómics más complejos
de los últimos tiempos, pero también a la metáfora que representaba Superman en los años 30 cuando se creó.
Cuando Jor El describe a Zod aparece iconografía típica del fascismo, pero con
el rostro de Zod.

Siegel y Shuster eran hijos
de inmigrantes europeos de principios del siglo XX, judíos, testigos de la
segunda ola de inmigrantes que se escaparon del nazismo antes que este
explotara en su totalidad, después que Hitler invadiera Polonia. Superman,
representa un poco a esta sociedad. Hombres y mujeres que llegaron a Estados
Unidos y trataban de pasar desapercibidos por miedo de ser discriminados.
Muchos, especialmente en Hollywood, se cambiaban el nombre y el apellido para
sonar menos judíos – este material se puede ver en el documental Hollywoodism exhibido hace unos años en
el BAFICI. Kal El para no sonar tan extraterrestre cambia de nombre por Clark
Kent y se convierte en un granjero. Y no hay nada más estadounidense que un
granjero de Kansas.

En El Hombre de Acero todo esto está presente. Pero también está la
discriminación infantil, la rebelión al adolescente extraño, el miedo al
“diferente” y como a medida que el personaje crece, por un lado empieza a ser
un poco más respetado/admirado/temido por sus actos, pero por otro también sale
en búsqueda de su ser, convirtiéndose en un nómade marginal. Algo que le
sucedía también a Bruce Wayne en Batman
Inicia
. Nolan inclusive le impone a Snyder un ida y vuelta de flashbacks
para narrar estos hechos.

Hasta que descubierto por
Louis Lane, que en el cuerpo de Amy Adams (perfecta, sublime como siempre) no
se trata de una chillona damisela en apuros, torpe y solitaria, sino en una
periodista tenaz, con actitud masculina. Lane se convierte en una aliada de
Kal, confidente, amiga. La relación es casi de un Robin hacia Batman. Por eso,
es poco creíble que haya un vínculo romántico entre ambos. Y no debería
haberlo, pero parece que Nolan con tal de satisfacer al público femenino hace
estas cosas: romances improbables en hombres y mujeres que no deberían
enamorarse (como Batman y Gatúbela en El
Caballero de la Noche
Asciende).

La primera mitad del film de
Snyder es realmente profundo: la filosofía y la religión están subyugados al
relato; la ciencia ficción pura, supera al relato de superhéroes, pero a la vez
el personaje, en esa búsqueda de identidad atraviesa el clásico camino del
héroe que ya hacían Batman, Luke Skywalker o el último Hombre Araña, por citar
los mejores ejemplos.

Ahora bien, el problema es
cuando Nolan y Goyer empiezan a cederle sobre el final el control del film a
Snyder. Se sabe, que a pesar de poseer una notable imaginación visual para
llenar la pantalla con efectos especiales y una fotografía sobre cargada, Zack
Snyder entiende poco sobre la poesía de narrar una historia. El Amanecer de los Muertos tenía buen
suspenso, pero tenía el cinismo de la obra de Romero; 300 era papel puro, pura técnica, poco guión, personajes
escuálidos. Watchmen era un poquito
mejor, pero Snyder se enredaba demasiado con ralentis y el melodrama,
consiguiendo un producto aburrido, denso demasiado colorido y que quedará en la
retina por unos notables 10 minutos iniciales. Ya con Sucker Punch, Snyder hace un video juego misógino, incoherente,
absurdo, inmirable. Por lo tanto se agradece la mano de Nolan para que la
imaginación del director confluya con esa necesidad que tiene el director de
Memento de priorizar la historia, aunque esto incluya algunas escenas sobre
explicadas. Aún así, es mejor un Nolan didáctico y complicado que un Snyder
vacío de contenido.

Y la alianza funciona hasta
que por alguna razón en la última media hora, deciden destruir todo, y el
conflicto termina siendo como una batalla de extraterrestres malos contra un
extraterrestre bueno, y en el medio militares – notable personaje de
Christopher Meloni – que al principio son enemigos y más tarde aliados de El Hombre de Acero. Nuevamente el
ejército estadounidense es visto con una actitud más heroica que demonizante –
para eso están las Iron Mans
aunque lo que terminamos viendo visualmente es una versión menos grasa de Transformers de Michael Bay… o sea una
película de Roland Emmerich. Sino fuera por esta secuencia, que es incluso
confusa por su montaje y sus justificaciones narrativas, tendríamos un film más
redondo, probablemente a la altura de Batman
Inicia
. Lo cual habla de una grata mejoría de Snyder como director
cinematográfico y no publicitario.

Aunque se extrañan los
toques de humor de la saga iniciada por Richard Donner, El Hombre de Acero es una mirada más solemne, dramática y
existencialista sobre un hombre que desea encontrar su sentido en el planeta.
Personajes que siempre fueron planos como Jonathan Kent y Kal El, acá tienen
tanta o mayor importancia que el de la chica o el villano. Porque la
pertenencia es fundamental en el argumento, y de hecho es lo que produce el
conflicto entre Superman y Zod. El humor en esta historia estaría de más es
cierto, y las pocas líneas de diálogo con intenciones cómicas, son realmente
patéticas. A Nolan, el humor nunca le sintió bien.

Aún así, este Superman es
carismático, tiene presencia y cierta elegancia. Henry Cavill es una elección
mucho más acertada que la de Brandon Routh, aunque es imposible no ver el
rostro de Christopher Reeves en algunos planos, que bien vale aclarar sigue
siendo el mejor actor en interpretar a un superhéroe dada su versatilidad y
talento. Cavill con su frialdad y cierta austeridad no lo hace mal, pero
veremos en próximas entregas si consigue la empatía como el Clark Kent torpe
que todos conocemos.

Hay múltiples guiños para el
fan del universo DC. Detalles, nombres que aparecen fugazmente decorando
objetos, a los que recomiendo prestar atención y que advierten secuelas y futuras
alianzas con otros personajes.

Por momentos, se agradece la
ausencia de efectos especiales, y la calidez humana la conforma la pareja
Costner – Diane Lane, los padres que todos quisiéramos tener.

Por ahí circula también un
reflexivo Perry White, a cargo de Laurence Fishburne, que junto a otros
personajes (como Michael Kelly interpretando a un camuflado Jimmy Olsen) del
Daily Planet – nombre bien aprovechado en el final del film – tienen su propia
subtrama, paralela a la de Louis, Clark y los militares. Esto funciona a
medias, ya que no consigue darle al personaje una verdadera justificación de su
presencia física, más que un capricho por no dejar afuera a un hombre clave de
la historieta, y que los fans no quedaran decepcionados ante su ausencia.

El
Hombre de Acero
logra entretener y como todas las películas de
Nolan, tiene varias facetas y “capas” para analizar, desde la elección de su
título, que justamente no se refiere a Superman, porque dicho seudónimo es
banalizado durante el desarrollo, hasta la complejidad de la personalidad de
sus protagonistas. Generará polémica, habrá defensores y detractores. En sus
ambiciones y pretensiones se ven sus logros y falencias, pero consigue la meta
principal: renovar la historia de un superhéroe – EL superhéroe acaso –
evitando caer en la comparación facilista con el film original de 1978.

Aunque, a gusto personal,
si no suenan las trompetas de John Williams ni asoma la calvicie de Lex Luthor…

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