A Sala Llena

El Niño (The Boy)

(Estados Unidos, 2016)

Dirección: William Brent Bell. Guión: Stacey Menear. Elenco: Lauren Cohan, Rupert Evans, James Russell, Jim Norton, Diana Hardcastle, Ben Robson, Jett Klyne, Lily Pater, Stephanie Lemelin. Producción: Matt Berenson, Roy Lee, Gary Lucchesi, Tom Rosenberg y Jim Wedaa. Distribuidora: Diamond Films. Duración: 98 minutos.

Los muñecos pueden ser muy atemorizantes, y el cine supo explotar ese concepto en películas que ya constituyen un subgénero. Chucky es el mayor ícono de la causa (vale repasar su filmografía para recordar su prontuario), y Annabelle se erigió como la diva actual. Además, gran cantidad de exponentes: clásicos olvidados (The Great Gabbo, de 1929, que inspiró aquel personaje de Los Simpson), films de culto (Magia, con Anthony Hopkins), joyitas con tono de fábula (Dolls, de Stuart Gordon) oscuridades canadienses (Pin: El Juguete Peligroso); la saga Puppet Master, a cargo de la productora de bajo presupuesto Full Moon, y Silencio de Muerte, dirigida por James Wan. El Niño es el flamante miembro del staff.

Huyendo de un reciente problema sentimental, Greta (Lauren Cohan) llega a una mansión de Inglaterra, donde la espera un trabajo como baby sitter de un niño. Enseguida descubre que Brahms, el niño en cuestión, es un muñeco de porcelana, de rasgos casi humanos; una pareja de ancianos lo considera un reemplazado de su verdadero hijo, muerto en un incendio años atrás. La muchacha será instruida en los cuidados que el “chico” necesita, que incluyen cambiarlo de ropa y leerle. Cuando el matrimonio se va de viaje, Greta deja de cumplir con su tarea (Después de todo, ¿por qué tratar como persona a un ser inanimado?). Pero una serie de extraños episodios comenzarán a inquietarla. Tal vez Brahms no sea sólo un muñeco. Es posible que tenga vida propia. Y sus verdaderas intenciones no son nada amigables.

Un puñado de actores (al que se les suma un vecino interpretado por Rupert Evans) le alcanza a William Brent Bell para construir una película de suspenso y terror psicológico, eludiendo la sangre. Sin embargo, aunque el clima conseguido es interesante -mayormente porque Brahms genera escalofríos-, las intenciones del director no toman vuelo debido a que las situaciones se vuelven reiterativas y la narración avanza muy despacio. Un inesperado giro argumental, del que no se puede revelar nada, produce un cambio que resignifica la trama y transforma a la historia en otra cosa… que resulta incluso más divertida y con referencias más que explícitas.

Uno de los atractivos es ver a Lauren Cohan en un producto distinto de la serie The Walking Dead, que la tiene como una de las protagonistas. En vez de zombies, ahora le toca lidiar con una única amenaza, y en un contexto diferente (interiores, silencios), pero nunca deja de actuar de manera parecida. Igual, se las arregla para cumplir.

Aún con sus imperfecciones, El Niño tiene sus hallazgos y puede integrar el Monte Olimpo de muñecos tenebrosos: ya mostró sus recursos como para seguir haciendo de las suyas en lo que podría ser una nueva saga de terror.

calificacion_3

Por Matías Orta

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(Atención: este texto contiene spoilers)

Horror ilustrado.

El Niño, a priori, podría formar parte de la larga tradición del cine fantástico -particularmente del género horror- sobre muñecos malditos. Sin embargo, la resolución la aleja de aquel subgénero y la acerca al slasher, pero con el acento racionalista del horror hiperexplicativo. Lo paradójico es que esa decisión, llamémosla de horror racionalista, no realista o verosímil sino antifantástico, generalmente poco amigable salvo algunas viejas excepciones, es en este caso lo mejor de la película; ese último acto del giro le agrega un ritmo y un vuelco necesario a un relato que llegaba al cierre tan vacío como su protagonista de porcelana: el muñeco Brahms. La otra protagonista es Greta (Lauren Cohen), tan linda como vaciada de sexualidad y erotismo por Bell, una niñera a la que dos gerontes desquiciados le ofrecen cuidar a su hijo/muñeco; Greta, víctima de violencia de género, está escapando de su expareja y el trabajo demente en un caserón alejado le viene perfecto.

El fetichista de algunos elementos superficiales del horror se sentirá a gusto con ciertas elecciones estéticas como, por ejemplo, el espacio que le otorgan los planos a la casa; incluso con el muñeco Brahms y su mirada vacía, con el que gracias al background cinéfilo nos pasamos un buen rato esperando que cobre vida. El problema de El Niño no son sus elementos -lo ridículo de la premisa es también lo fabuloso- sino la puesta de aquellos. Durante toda la película hay cierto aire a novelita de amor de verano, y no es la falta de gore lo que debilita la narración, sino el conservadurismo que no lleva al extremo la ridiculez como sí lo hacían las glorias de esta temática como la inoxidable Dolls, de Stuart Gordon, o la bufonesca e hipersexual Puppet Master, de Schmoeller (quien ya había coqueteado con los seres inanimados en la enorme Trampa para Turistas, todas ellas con la plata del obsesionado productor Charles Band).

Acá todo está tan medido y cuidado que la vuelta de tuerca del final, aunque inesperada, era lo coherente para la propuesta; El Niño es una película que propone un juego que no juega nunca. Como sucedía con la argentina El Desierto que utilizaba a los zombies y al horror para contar otra cosa y renegar del género que utilizaba, El Niño utiliza el envase fantástico para negarlo, vampirizarlo y transformarlo en un thriller psicológico-racional; y no podemos sólo culpar, como ya lo hemos hecho tantas veces, al contemporáneo y tedioso horror ATP, porque el guion de Stacey Menear es el responsable de la seriedad “for babies” y la frialdad del relato (aunque seguramente haya sufrido recortes); de todos modos, vale decir, que el último acto no está nada mal.

calificacion_2

Por Ernesto Gerez

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