A Sala Llena

El Precio del Mañana, Según Tomás M. Luzzani

Andrew Niccol tanto como guionista como director se caracterizó por darle vida a una ciencia ficción que no se basaba en efectos especiales, o en grandes explosiones para poder transmitir con fuerza una mirada futurista, de la misma forma en que no necesitaba inventar razas, armas o tramas demasiado complejas para el otro lado del avance tecnológico, el lado deshumanizante.  Al contrario, su estética retro-futurista, y la sensibilidad de sus personajes fueron la clave de su cine.  Eso es lo que siempre hizo atractivas a sus películas y lo que los distinguía del resto de los visionarios de la ciencia ficción.

Ahora bien, El Precio del Mañana tiene eso que hace a la mirada de Niccol algo único, tiene, por así decirlo, ese toque autoral, más que un toque es una caricia, no por lo gentil, sino superficial, una caricia tan superficial como la película. La obra tiene un defecto que no tuvo ningún otro trabajo de su guionista y director, es obvia. Si Gattaca es una pintura precisa, delicada, digna de un ojo perfeccionista, este film fue hecho con brocha gorda y rodillo. Lo cual sorprende, para mal. Por favor, le pido, no se confunda. Niccol sabe dirigir, sabe manejar la acción y supo elegir bien con quien trabajar. Uno se sienta en la butaca, y la película pasa, no se aburre, pero falta algo, y es porque el film no tiene alma.

Mucho se ha hablado del trabajo de Justin Timberlake, una buena parte de la crítica de mi colega Martín Tricárico se le dedica al actor. No deseo hacer lo mismo, pero si quiero destacar que no desentona. Niccol armó un reparto muy particular, donde si bien el carisma, belleza y ángel de Amanda Seyfried ilumina la pantalla, hay un registro actoral bien marcado. La mayoría de los actores que trabajan son de TV, Johnny Galecki de The Big Bang Theory, Matt Bomer de White Collar, Olivia Wilde de House M.D., Vincent Kartheiser de Mad Men. Estas elecciones no son casuales, había una búsqueda, y fue esa búsqueda lo que falló. La culpa no es de Justin, que ya bien demostró que puede actuar, lo hizo muy bien en The Social Network así como en Southland Tales. El reparto como conjunto falla. Ni Cillian Murphy, uno de los mejores intérpretes de su generación logra destacarse. El problema es, una vez más, el trazo grueso del director.

El equipo técnico es casi un All Star, o Dream Team de Hollywood. Fotografía, Edición, Decorados y Vestuario acumulan 20 nominaciones a los premios de la academia. Nombres como Roger Deakins, Craig Armstrong y Colleen Atwood jerarquizan cualquier film. Sin embargo, en este caso trabajan en piloto automático. Profesionales de esta talla tienen altos estándares, y un trabajo por debajo del que nos tienen acostumbrado no deja de ser bueno o, en el peor de los casos, aceptable, pero dentro de la visión englobante que se hace de la película, no deja de ser llamativo que ellos tampoco hayan logrado brillar, y dotar a la obra de algo único y especial. Sucede que está todo servido y explicado, al punto que la fotografía, el vestuario, el montaje y la música están al servicio de la obviedad. No hay lugar a la intriga, no hay participación del espectador. Hay ausencia.

La reflexión darwiniana de Niccol no llega a buen puerto. La película se define en la secuencia de créditos y lo que viene de ahí en más, si bien entretiene, carece de profundidad y no aporta nada nuevo. El Precio del Mañana es la versión anti-capitalista y “Para Dummies” de Gattaca. Tal vez sea disfrutada por alguna quinceañera que le escapa a la saga de Crepúsculo y a Justin Bieber, pero no por aquellos que lo adminar la mirada crítica, pero a la optimista de Niccol. No dudo de las buenas intenciones detrás del film, pero el resultado final habla por no es positivo.Llana, repetitiva y obvia, la obra genera que al final, el espectador, a diferencia de los personajes, encuentren alivio al ver como el tiempo pasa y la cuenta regresiva llega a su final.

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