A Sala Llena

Elena

(Rusia, 2011)

Dirección: Andrey Zvyagintsev. Guión: Oleg Negin, Andrey Zvyagintsev. Elenco: Nadezhda Markina, Andrey Smirnov. Producción: Alexander Rodnyansky. Distribuidora: Zeta Films. Duración: 109 minutos.

Elena es una mujer que ha engendrado un hijo vago, sin trabajo por decisión propia, que pasa todas las tardes de su vida mirando tv, ordenando con un tinte machista a su mujer por cada pequeña cosa que deba movilizarse en su hogar. Tienen un hijo, nieto de Elena. Mientras esta era enfermera, conoció a Vladimir, un viejo adinerado con quien contrajo matrimonio y convive. Vladimir sufre un paro cardíaco y de ahí en más esto lo conduce a tomar una decisión sobre su legado.

La cinematografía rusa ha albergado cuantiosos dramas de época e historias referentes a los comportamientos de esa sociedad, la frialdad reinante y casos que son cubiertos desde distintas miradas considerando la región desde la que se plantee el conflicto. Elena es uno de esos casos donde un conflicto muy común es abordado con distintos conectores que van influyendo sobre el producto final. Por un lado, una mujer sufrida, de quien no creemos pueda alzar un dedo para realizar una maldad o algo lejanamente de lo considerado “correcto”, el legado de la sangre la involucra en un suceso inimaginable.

Andrey Zvyagintsev intimida, coloca su cámara enfocando las ramas de un árbol mientras de a poco va dirigiendo el plano hacia el interior de un hogar donde hay una disposición determinada, se interioriza, cuenta su relato intimista y vuelve a alejarse del mismo lugar del que partió con un panorama completamente cambiado. Un exponente del cine ruso temporáneo a tener en cuenta, un hallazgo del festival.

calificacion_4

Por José Luis De Lorenzo

 

La delicadeza.

Un largo plano fijo abre el film: una rama de un árbol en foco, el sol aclarando de a poco, un balcón enorme y lujoso de fondo. Cerca de allí se escucha el graznido de un ave. No la vemos, solo la oímos, y suena a ave carroñera. Pareciera que el director nos estuviera advirtiendo que los buitres andan cerca.

Andrey Zvyagintsev es el director de la notable El Regreso (2003), aquel intenso filme que a fuerza de silencios elocuentes nos mostraba los pormenores de dos pequeños hermanos y un padre ausente que los llevaba repentinamente de paseo. Elena, su tercer filme, con el que ganó el premio especial del jurado en la sección Una cierta mirada en Cannes en el año 2011, está nuevamente a la altura de lo que director nos supo brindar.

“Proveer para la familia” parece ser un tópico que se ha puesto de moda últimamente. Y mientras mas tortuoso sea el medio utilizado para dar de comer a los hijos, más al día parece estar. Lo hemos visto en la serie del momento, Breaking Bad -en donde la frase misma aparece como una suerte de leit motiv o justificación permanente en boca del protagonista- pero también en otras ficciones similares como Weeds. El mismo tema vuelve a presentarse en Elena.

Zvyagintsev es un director que narra con la imagen y cuyos escuetos diálogos diseminados dentro del filme están puestos en el lugar preciso y en el momento adecuado. Solo se dice lo indispensable y el resto lo cuenta la cámara. El ruso se vale de una gran capacidad para el manejo de  herramientas y técnicas para hacer de una narración pausada y lenta un deleite visual. La fotografía de Michail Krichman (colaborador usual del director), por otro lado, observada tanto desde el punto de vista de la iluminación como desde la puesta en escena, posición y movimientos de cámara y disposición de los elementos dentro del plano, hacen del fotograma una imagen estática digna de admirar. Por otra parte los planos secuencias constantes -de una suavidad y armonía admirable- y los sutiles juegos de campo y fuera de campo hacen que cada escena tome vida y se aprecie más allá de la acción dramática.

El guión, por su parte, conciso y bien ejecutado, no brilla desde su capacidad de narrar, pero sí sirve de piedra fundamental para que la imagen se exprese del mejor modo. Es verdad que no estamos ante un relato espectacular: la historia (de la cual no recomiendo ni siquiera leer la sinopsis para no adelantarse a hechos que no vale la pena conocer de antemano) es bastante simple, aunque las temáticas por las que discurre su interpretación no lo sean tanto. Elena habla de las relaciones filiares, de la importancia del dinero, de la lealtad, de la vida y la muerte, de lo bueno y lo malo, y también, como indica su director, de esa suerte de darwinismo social al que nos vemos sometidos día a día.

Con notables actuaciones de un elenco muy sólido del cual se destacan Nadezdha Markina (interpretando a Elena) y Elena Lyadova (como su nuera), Elena es un film altamente recomendable, en especial para aquellos cinéfilos que gustan del cine europeo y que andan siempre buscando algún nombre nuevo que los sorprenda.

calificacion_4

Por Juan Ferré

 

Yiya Murano + Vodka.

Si, ante la bizarra denominación de la asesina argenta y la bebida típica de Rusia, se da cuenta, con algunas licencias y libertades, de lo que trata esta historia. Socialmente acertada, en tiempos y espacios aggiornados y con una realidad cuasi universal, Elena se prosterna ante el cine como un relato más: sin innovaciones y con predecibles giros dramáticos, con personajes poco delineados y una pretensión de líneas que versen sobre un drama familiar cuando realmente se deja ver la pobre historia de una asesina.

Elena, una enfermera retirada conoció a Vladimir en el hospital y hoy viven juntos. Ella ejerciendo su profesión para con su pareja. Él, yugando de jubilado rico y acomodado en la clase alta de Rusia. Ambos viven juntos en una casa a todo lujo. Elena tiene un hijo desempleado, pobre y con dos hijos que vive en los suburbios pero lo ayuda económicamente aún con el pesar de su marido. Vladimir solo tiene una hija adicta con la que lleva una relación distante pero a la que no deja faltar nada. Dicotomía: ¿Por qué a tu hija si y a mi hijo no? La respuesta casi se enuncia sola: “es un adulto, que vaya a trabajar y mantenga a su familia. Hasta ahí, los rasgos generales y fundamentales de Elena.

1. La suma de las partes. Me explayaré ahora sobre los segmentos del relato, no sin advertir que está terriblemente diferenciado y con partes que pueden pertenecer, en solitario, a distintos episodios de una serie televisiva. El caso más paradigmático se da por una cuestión básica que es la permanencia en pantalla o bien, la cantidad de tiempo que transcurre un personaje en plano dentro de la totalidad de la historia. De esta manera se nos figura a la protagonista que nombre a la película en una rutina inacabable de enfermería casera, con las ocupaciones y los deberes de esposa de por medio. Así se traza un lineamiento en el espacio de veintisiete minutos para luego expulsarlo en un corte abrupto que pasa al segmento “un día de Vladimir”. He aquí la primera falencia: lo constante en el plano suele generar (en la mayoría de los casos) un lazo empático. Cuando la estructura se ve trunca, el ojo reconoce el ruido y advierte de antemano que “algo” va a suceder y que ese “algo” se corresponde para con un giro que destruye lo conocido hasta el momento, es decir se predice el gancho (a.k.a. twist). La segunda falencia es la extensión en el tiempo del detonante puro. Hay una lógica en el concepto de UNIDAD y VARIEDAD dentro de una pieza audiovisual en la cual los componentes tienen que tender (generalmente de forma simétrica) al elemento central y las repeticiones adrede funcionan como refuerzo del carácter primario. Ahora bien, y esto es a-b-c de la narración, no corresponde dedicarle quince minutos a un mini relato que ya se sabe desde el minuto cero cómo va a culminar y qué va a generar. La tercera falencia, y tal vez la más grave de todas, es que el propio filme cree en sus cimientos narrativos y se jacta de impune en la consecución de dichos errores.

2. Juego de niños. Si algo nos ha enseñado la cinematografía a lo largo de los años, es que la concreción de un crimen perfecto se da de maneras enroscadísimas  que basan su eficacia en eliminar los elementos agathachristienanos para que la investigación cambie de puerto o bien se vea perdida en las brumosas aguas de lo bien concebido. Elena no precisa de tales enseñanzas y se lanza a justificar un crimen que presume de perfecto a través de una equivocación en la ingesta de pastillas de Viagra luego de un infarto. Si, como se lee se ve y aquello justifica toda acción legal, moral y narrativa en lo subsiguiente al desarrollo del cuento. La lógica parece esquivar la mente directiva en todo lo que refiere a cuestiones de investigación y asesoramiento de campo y a plasmarse en la pantalla sin condena ni gritos que verifiquen su carácter falaz.

3. Juego de niños 2.0. Como segundo elemento del inciso anterior pero que no corresponde a la misma calaña en cuanto al desempeño, nos topamos con las caracterizaciones psicológicamente aniñadas de los actores de reparto que encarnan las subtramas que atraviesan el drama central. Hay un Dostoievski, un Gogol y un Tolstoi que no por nada visionaron y dieron a conocer un panorama más que general de lo que es la vida en Rusia, tanto en lo correspondiente a lo urbano como a lo suburbano y a las líneas marginadas de la sociedad. Olvídese de lo clásico, querido lector/espectador y viva otra historia, aparentemente naturalista, de lo que es la vida en la gélida nación. Todo es tautológico y sin precedentes, todo gira en torno a un capricho y sin apreciar y ni decir de seguir los postulados de las instituciones sociales, no. Elena es un mundo aparte, una realidad alterna, un filme pesado y acartonado.

Obviamente, si bien no resulta en un producto indigerible, Elena no es lo que parece. Hay algún que otro punto a favor pero entran más en plano de la oportunidad de un “otro cine” en las salas argentinas. Por otro lado, no resulta tampoco incómodo presenciar esta entrega pero siempre continuando con el parámetro externo del cine como no-entretenimiento pero sí como un proyecto artístico. Claro, después de todo la fotografía es respetable y las actuaciones generosas. Pero el error viene de fondo, del lápiz y papel y de la mente que da puesta en marcha. Oportunidad, sí. Esperanza, también. Porque en Elena tenemos a la vista una lección que nos dice a la cara que no todo “lo que viene de afuera” es excelente y respetabilísimo. Rompemos el preconcepto, nos aventuramos a una eternidad de casi dos horas y llegamos a la conclusión de que no vamos tan mal y nuevo cine, hecho y derecho, siempre es posible.

calificacion_2

Por Uriel De Simoni

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