A Sala Llena

J. Edgar, según Rodolfo Weisskirch

Ángeles y Demonios

Se dice que a veces los perros se parecen a sus dueños. Se dice que un hijo es el reflejo de su padre. Que un invento es creado a imagen y semejanza de su creador. La gran paradoja del último film de Clint Eastwood, no es que se parece a su director, sino al personaje que retrata.

John Edgar Hoover es acaso uno de los hombres más polémicos de la historia del siglo XX a nivel mundial, y muy posiblemente fue uno de los más poderosos. Con apenas 24 años de edad, Hoover es considerado una de las piedras angulares del FBI, y sin lugar a dudas, el emblema que le dio renombre y sobretodo poder a dicha organización. Fue director desde 1935 hasta 1972, y durante su mandato pasaron siete presidentes de Estados Unidos. Pero más allá del legado político que dejó, Hoover tuvo una vida controversial. Se dijo que era homosexual y le gustaba vestirse de mujer; que salía con su asistente personal, Clyde Tolson, pero además tuvo amores con varias estrellas de Hollywood para apagar esos rumores. En el medio, fueron muy polémicas las investigaciones que realizaba a los miembros de los partidos demócratas y fue un obstinado perseguidor de comunistas. Racista, antisemita y xenófobo.

Pero, también Hoover fue el precursor de la policía científica, de la creación de la base de huellas digitales de criminales y miembros de las fuerzas policiales, de la pulcritud a la hora de investigar escenas criminales. Persiguió a gángsters y ladrones de bancos durante la recesión económica, y lideró la investigación acerca del secuestro del hijo del aviador Charles Lindbergh, además de ser promulgador del comité anticomunistas que se dedicó a enjuiciar supuestos miembros del partido rojo en Estados Unidos, que derivó a la lista negra y la cacería de brujas macartiana, terminando con la carrera de muchos artistas de Hollywood.

Era inminente que se realizará un film sobre alguien tan controversial. O quizás una miniserie. Y Clint Eastwood no pudo resistirse. El resultado es un film ambicioso, contradictorio y tan ambiguo como el personaje al que desea representar.

Lo que pasa es que Eastwood y Lance Black (guionista de Milk) quisieron agrupar toda la vida de Hoover en apenas un poco más de dos horas… y se queda muy corta. O sea, todo cierra, pero nada queda claro, dejan varias aristas abiertas, otras quedan supuestas, y da la impresión que estamos ante un trailer, un pantallazo episódico, superficial, de una obra mucho más grande. Gigante quizás.

No se trata de la típica “biopic”. Tenemos a Edgar setentón, dictando sus memorias: sus inicios en el FBI, la relación con su madre, la “resolución” del caso Lingbergh. Estos recuerdos van acompañados por la relación del protagonista con su secretaria, Helen Gandy y su asistente personal, Clyde Tolson. Paulatinamente vemos como se van desnudando sus sentimientos hacia Clyde, pero por otro lado no puede dejar de reprimir su homosexualidad a raiz de las “enseñazas” de su madre. La historia no es lineal y vamos continuamente a los años ’60 y ’70: la relación de Hoover con los Kennedy, Martin Luther King, Richard Nixon (ahí sale a la luz el perfil más republicano de Eastwood) y la forma en que los chantajea continuamente amenazándolos con develar sus secretos, ya que tenía grabaciones, que podían perjudicar sus carreras.

Es difícil cuestionar los dotes narrativos de Eastwood. De hecho no sería desacertado decir que J. Edgar es el film más dinámico, atrapante y ligero de su carrera, pero también uno de los menos trascendentes y poco profundos.

Eastwood mantiene la tensión de las redadas policiales como los films de James Cagney, acaso el gran homenajeado; el suspenso de obras recientes como Enemigos Públicos, El Buen Pastor o incluso su propia El Sustituto, pero la emoción está forzada. Escenas de gran impacto como la investigación del caso Lindbergh son sucedidas por escenas teatralizadas de diálogos insostenibles entre Edgar y Clyde. Por momentos, realmente parece que estamos frente a un melodrama de los ’40 o ’50. Son las escenas policiales, las que la acercan a un film de Raoul Walsh o Howard Hawks; las que tienen mayor emoción.

Se trata de muchas películas en una, pero que respeta el código de cine clásico de los ’30 y ’40. El problema es que la mezcla no sale indemne. El registro de actuación incluso es incómodo. A nivel estructural, el guión guarda demasiadas reminiscencias con el segundo film dirigido por De Niro, pero las escenas de espionaje son seguidas por el melodrama de Douglas Sirk, con poca sutileza. La voz en off de Hoover termina siendo contraproducente. Demasiado redundante y parece que se incorpora para rellenar todos aquellos baches narrativos que no se pudieron ver en pantalla.

La denuncia se queda a mitad de camino. Es como dar el palito del dulce, pero no el dulce en sí, y además Eastwood parece tímido en la forma en que desarrolla la relación homosexual entre Tolson y el protagonista. Conservador, reprimido. Como el personaje en sí.

Cuando desarrolla el secuestro del bebé de Lindbergh aparece lo mejor del cineasta de El Sustituto. Sin embargo, no queda clara su resolución. La justificación que pone es que se narra desde el punto de vista del protagonista, pero eso solo se entiende cuando Tolson le refriega a Hoover sus propias mentiras.

No es que Eastwood esté perdiendo las mañas como cineasta, solo que el proyecto en su ambición, se le fue de las manos a nivel narrativo. El Hoover de Eastwood intenta parecerse (incluso por caracterización) al Charles Foster Kane de Orson Welles, pero la falta de criterio para limitar el campo de acción del personaje es lo que juega en contra.

Cinematográficamente hablando, cada aspecto técnico es soberbio: la reconstrucción de época, la fotografía notable de Tom Stern y el montaje de Joel Cox, ambos colaboradores habituales. La banda sonora a cargo del mismo director es nuevamente un lujo, y lleva más su firma, que el film en calidad de realizador / autor.

Leonardo Di Caprio está a la altura del personaje, y se destaca en varios momentos, aunque también recuerda un poco al poderoso Howard Hughes de El Aviador de Scorsese, o al protagonista de La Isla Siniestra. Eastwood lo guía a un código actoral de la vieja escuela. Lo mismo sucede con Armie Hammer, en un rol más destacado que en Red Social, que auspicia un gran futuro para el joven intérprete. Naomi Watts, con un perfil más bajo y austero que de costumbre se destaca con un personaje demasiado chico para una actriz tan talentosa, y la gran Judi Dench tiene varias escenas donde roba la pantalla, con una mirada o solo un parpadeo.

Pero, sin dudas, Di Caprio carga el film sobre los hombros imitando la voz, el tartamudeo, la postura y forma de caminar del uno de los hombres más poderosos de la historia. El maquillaje es una de la ramas más controversiales. Si bien es interesante el envejecimiento de los personajes de Hoover, Gandy y Robert Kennedy, es demasiado exagerado en el viejo Tolson y sobretodo en un Richard Nixon bastante ridículo.

Obra de luces y sombras como el personaje que decide retratar, J. Edgar es un film interesante y atrapante, pero desmedido, que rebalsa temas e intenciones a la hora de reconstruir a uno de los hombres que marcaron la historia política y policial del Siglo XX.

Como seguidor de Eastwood me cuesta admitir que sus dos últimas obras, (esta y Más Allá de la Vida, que a comparación termina siendo bastante superior), estén por debajo del nivel que venía mostrando en los últimos diez años. Sin embargo, con Clint, nunca se sabe. Posiblemente, su próxima película sea otra obra maestra.

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