A Sala Llena

¿La La Land? ¡No no no! Un comentario en diez sentencias

Atención: el siguiente texto contiene spoilers.

1. La La Land (2016) no es un musical, es un película con canciones. Tanto es así que a la mitad de la historia se olvida de los números que venía construyendo, centrándose en el vínculo íntimo de los protagonistas. En un musical, historia y música no son apoyo, si no la misma cosa.

2. La La Land no es una película a color, es una película colorinche. El primer número en la autopista así lo demuestra, el departamento con las amigas de la protagonista así lo reconfirma. Ante el primer atisbo musical todos exhiben sus conjuntos rojos, amarillos y verdes. No hay un uso sutil y compositivo, sino sobreexpuesto, básico. Se trata de poner color, no de usarlo. Hay que reconocer que es más inteligente el vestido amarillo en la puesta del atardecer en el parque, pero también hay que reconocer que sin un Vincente Minnelli ese número no existiría.

3. La La Land desprecia el arte del canto, por eso elige esas voces. Y despreciar el canto es despreciar al musical, que ante todo es una experiencia sonora.

4. La La Land es una película cobarde. Hace una elipsis donde justamente tenía la obligación de contar, porque ahí se juega el verdadero vínculo y compromiso de los protagonistas entre sí. No contarnos como se pudieron haber separado luego de haberse jurado amor no es la utilización del fuera de campo, sino que es eludir la zona más compleja de la propia historia. Prefirieron saltar algo que era muy difícil de dramatizar, y en esa cobardía radica su fracaso. La prueba de ello: cuando recuerdan los grandes hitos de su historia, también elipsan aquello que no hemos visto.

5. La La Land no sabe de cine. Cuando los protagonistas están a punto de ver el momento cúlmine de Rebelde sin Causa (Rebel without a Cause, 1955), ese en que James Dean deja de ser un hombre para convertirse en un dios, la película se quema. Visitan el parque Griffith, pero no entienden el motivo del parque Griffith, como tampoco entienden sobre imágenes proyectadas, hombres que son mito, cavernas platónicas donde la alegoría no triunfa y verdades más acogedoras que el sol.

6. La La Land es una película de pésimo gusto. Hacer un número musical donde la cámara ingresa a una piscina y desde su centro gira 360 grados para ver a toda velocidad como un grupo de jóvenes sensuales zapatea en el borde, es una de las ideas más desagradables que una puesta haya realizado jamás.

7. La La Land confunde un plano secuencia con filmar sin cortar. El plano secuencia es como la plata, delata a quién la usa con vulgaridad. Cuando el plano secuencia está para mostrar su propio despliegue, no deja de ser un canto a la vanidad del director. El buen plano secuencia es aquel en que cada segundo de su duración está justificado por una narrativa que lo vuelve tan necesario como urgente. Propuesta: comparar estos con los planos secuencias de Un Fantasma en el Paraíso (Phantom of the Paradise, 1974), de Brian De Palma, ¿el último gran musical de la historia del cine?

8. La La Land cree que es posible conciliar a Kubrick con Minnelli, y no, es imposible. El intento está en las luces de navidad, la familia que deja a la nena con la niñera, el encuentro con un pianista en un bar y la fantasía que esto despunta. El problema está en que para hacer eso hay que primero entender a Minnelli.

9. La La Land es una película reaccionaria. Como buena parte de la crítica de progresista, que poco sabe de cine y de la cual Manuel Puig es el estandarte, nos encontramos otra vez con el viejo antagonismo: el musical es el lugar de la ilusión, de la fantasía, de la mentira. Su deconstrucción es la demostración de la mentira del discurso, de la falsedad que maquilla la miseria del sistema. Ver Hollywood y negar lo visto parece ser la regla. Para entender a Hollywood, como para entender cualquier forma tradicional de la representación, primero hay que entender la profunda esperanza detrás de la tragedia, como así también la fina amargura detrás de la comedia. No tener esto en cuenta es no comprender que al final de El Pirata (The Pirate, 1948), de Minnelli, ese canto sobre ser un payaso es tan abierto como infinita puede ser la tristeza. Es no comprender que Romeo y Julieta están muertos, pero también que ahora ya nadie más podrá separarlos.

10. La La Land es una película romántica. Romántica porque reniega de la toma de poder. El artista no puede conciliar su deseo con el mundo, este se le opone en busca de su destrucción. No existe el arte por encargo, solo el sueño individual. Lo industrial es el enemigo, el mercado y su público lo ignorante. Incluso la película para la cual ella queda seleccionada está por arriba de la sucia industria: una película que se filmará en Francia, sin estructura, sin guión, y por eso mismo mejor que el resto. La La Land no es la continuación del musical de Hollywood sino su perversa parodia. La amargura con la que termina es la amargura de los cementerios, del amor y la ilusión sepultados. Recordemos que en definitiva los románticos son por definición los amantes de la muerte.

Diego Avalos

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