A Sala Llena

La Patota

(Argentina/ Brasil/ Francia, 2015)

Dirección: Santiago Mitre. Guión: Santiago Mitre y Mariano Llinás. Elenco: Dolores Fonzi, Esteban Lamothe, Oscar Martínez, Laura López Moyano, Ezequiel Díaz, Verónica Llinás. Producción: Santiago Mitre, Walter Salles, Axel Kuschevatzky, Lita Stantic, Fernando Brom y Agustina Llambi-Campbell. Distribuidora: Energía Entusiasta. Duración: 103 minutos.

La víctima piadosa.

Si existe un término que no abunda en la crítica argentina de films vernáculos es “remake”, en primera instancia porque la vertiente industrial local gusta de despegarse del Hollywood contemporáneo (aquí también hay una merma importante de novedades pero la situación deriva en copias de faenas de antaño que no explicitan su linaje) y luego debido a que -sinceramente- no tenemos muchos productos que gocen de una popularidad perdurable que permita ese tratamiento (el mercado de nuestro país es demasiado pequeño como para enfrascarse en los dilemas del copyright y el hipotético reposicionamiento publicitario del opus en cuestión, intentando revertir los prejuicios que suelen despertar estos proyectos).

Para aquellos que todavía no lo sepan, vale aclarar que estamos ante una nueva versión de un convite de 1960 de Daniel Tinayre, ahora con Dolores Fonzi en el papel que en su momento recayó sobre Mirtha Legrand. Como era de esperar, el aggiornamiento está a la orden del día: Paulina (Fonzi) es una abogada que deja Buenos Aires para enseñar derecho en un barrio humilde de Posadas, donde es interceptada y violada por un grupo de estudiantes comandados por un lumpen de un aserradero. Lo que en la original era una motivación mejor desarrollada, mezcla de azar e idiosincrasia criminal, hoy se transforma en una suerte de estudio discreto en torno a la oposición entre el interior y el sentir porteño.

En La Patota (2015), el talentoso Santiago Mitre baja un par de escalones con respecto a sus obras anteriores, la multipremiada El Estudiante (2011) y el mediometraje experimental Los Posibles (2013), cumplimentando un trabajo correcto aunque un tanto abúlico a nivel emocional. El esquema general parece combinar la fórmula de la víctima piadosa, en la línea de Lars von Trier, y el credo de Ken Loach, en concordancia con la “justicia social” y demás mitos del pasado. El director sale airoso de la difícil tarea de esquivar la asociación automática entre pobreza, violencia y animalización comunal, logro que se alcanza -paradójicamente- mediante la construcción de una protagonista que no despierta empatía.

El personaje de Fonzi no sólo perdona a sus agresores sino que por momentos se comporta más como un robot que como un ser humano, dentro de un cuadro narrativo que funciona bajo el doble precepto del viaje del outsider a una cultura extraña y esa especie de obligación intrínseca de llevar hasta las últimas consecuencias la ideología redentora del típico burgués progre, el cual gusta de poner la otra mejilla ante los envites del mundo circundante. Más allá de la poca vitalidad del tópico de turno y las contradicciones varias de la óptica elegida, la película se destaca por su prolijidad, la fotografía de Gustavo Biazzi y el maravilloso desempeño de Oscar Martínez como Fernando, el padre juez de la joven…

calificacion_3

Por Emiliano Fernández

 

Las máscaras del progresismo.

La Patota (2015) es el tercer opus del galardonado director Santiago Mitre, que tras el éxito de su ópera prima El Estudiante (2011) y su último film Los Posibles (2013), indaga en las contradicciones del progresismo a través de una situación límite. La película está basada en la obra homónima dirigida por Daniel Tinayne, escrita por Eduardo Borrás y protagonizada por Mirtha Legrand. En esta oportunidad el guión de Mariano Llinás y Mitre intenta poner en duda los valores de las confusas ideas del progresismo, una ambivalente calificación en la que se engloban conceptos de izquierda relativos a la igualdad, la libertad y la justicia, que promueven reformas respecto de diversos temas como el feminismo y el ecologismo.

En esta nueva versión, una joven abogada interpretada por Dolores Fonzi decide ir a una escuela de Misiones en un proyecto de alfabetización política en una zona de bajos recursos. Allí debe asumir una tarea pedagógica en un ambiente hostil que no comprende y en el que le resulta imposible encontrar un canal y un código de comunicación. Ante esta situación, la película da cuenta de la necesitad de Paulina, la joven idealista, de poner el cuerpo a la militancia social a través de la intervención territorial y colocando en primer plano el choque de clases, vía escenas de gran valor estético.

Uno de los pilares de la obra es la extraordinaria fotografía de Gustavo Biazzi, quien ya había trabajado con Mitre en El Estudiante. Aquí retrata la selva como espacio impenetrable y brutal donde reina la violencia y la ferocidad, y a la vez que pone la cámara en pequeños objetos que dejan entrever la posición social. Mientras que la selva funciona como metáfora sobre la pobreza y los estudiantes que no reconocen la autoridad de la joven docente, un edificio abandonado, a medio construir, representa a Paulina, la inocente abogada que quiere comprender y vivir la pobreza con sus ideas aún en desarrollo, sentando sus bases, con la selva alrededor, rodeándola.

La actuación de Dolores Fonzi queda opacada por la extraordinaria labor de Oscar Martínez que personifica al padre de Paulina, un avezado militante político y social de ideas de izquierda devenido juez que cuestiona las decisiones de su hija con algo de cinismo y de paternalismo sobreprotector. Especialmente debido al carisma de Oscar Martínez y a un guión que pone todo su arsenal en los diálogos, lo mejor del film son las discusiones en las que Paulina y su padre batallan airadamente sobre las decisiones que la chica está tomando sobre su vida, dejando entrever en las mismas las diferencias entre las ideas progresistas y la militancia que pone el cuerpo y queda en el medio de los conflictos inherentes a la comunidad y la desigualdad. Con gran maestría Mitre logra así lo que se propone, que es crear una historia que cuestiona todos los discursos del progresismo a través de una confrontación extrema solicitando del espectador una toma de posición ante la situación general de violencia social.

calificacion_4

Por Martín Chiavarino

 

Hay películas que ponen a prueba al espectador. Sea por temáticas o escenas que pueden resultar incómodas, provocan odios y amores (amores hacia el riesgo artístico, claro), pero nunca la indiferencia, y generan discusiones incluso con uno mismo. Estas obras incluyen historias dramáticas con violencia y dilemas morales. La Patota es un muy buen ejemplo.

Luego de recibirse de abogada, Paulina (Dolores Fonzi) opta por no ejercer y llevar a cabo una iniciativa diferente: se muda a un barrio humilde de Misiones para dar clases en un colegio secundario. Durante las primeras horas aprenderá a adaptarse en un mundo nada similar a la vida acomodada de Buenos Aires. Una noche, llegando de lo de una colega, es interceptada por una banda de muchachos y no logra impedir ser violada por uno de ellos. Sin embargo, en vez de irse de ese lugar y hacer lo imposible por olvidar el horror vivido y dejar todo en manos de la policía, Paulina decide quedarse y enfrentar la situación a su manera. Para empezar, no actúa en contra de sus agresores.

La película es una remake del film de 1960 dirigido por Daniel Tinayre. En aquella ocasión, Mirtha Legrand era Paulina, quien sufría un ultraje en un barrio marginal bonaerense. En esta adaptación, Santiago Mitre y el coguionista Mariano Llinás trasladan la acción a otra provincia y a la actualidad, pero conservan la esencia y nunca descuidan el clima (el escenario de la violación es idéntico), algo a lo que Tinayre le daba importancia. Por supuesto, Mitre y su equipo le agregan crudeza, tensión, complejidad, realismo y crítica social (la corrupción y la intolerancia, a la orden del día), lo que le otorga su propia personalidad y la aleja del estilo melodramático de antaño. Un tono que ya caracterizaba a El Estudiante, ópera prima del director.

Los pasos de Paulina desconciertan a quienes la rodean y también al público que la venía acompañando hasta el momento. No permanece como víctima (algo tan visto en films con violaciones), pero tampoco elije el camino de la venganza. Habrá otros factores que conviene no revelar en este texto.

Aunque ya venía haciendo bastante cine, y de calidad, Dolores Fonzi aquí tenía la responsabilidad de sostener el film con un papel difícil, y está a la altura del desafío. Su actuación es contenida, pero sabe transmitir diferentes sentimientos mediante los ojos. No menos intenso es el trabajo de Oscar Martínez como su padre, un juez que simboliza el prejuicio de la elite acomodada contra las clases bajas: no comprende el proceder de la hija, pudiendo mover hilos para castigar severamente a los culpables. Esteban Lamothe es creíble como el novio misionero de Paulina, y en su corta intervención, Verónica Llinás muestra pinceladas de su talento en el rol de una tía de la protagonista. La revelación pasa por el debutante Cristian Salguero como Ciro, el responsable de atacar a la chica. Su participación y la de otros lugareños suman a la idea de autenticidad.

Generará compasión, bronca, desconcierto, amargura, indignación, pero La Patota es una película potente e indispensable, que ya se ganó un lugar como tema de discusión a la salida de la sala y en cada ámbito cotidiano.

calificacion_4

Por Matías Orta

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