A Sala Llena

La Última Imagen. Reflexiones sobre la vida y la muerte según Gaspar Noé, Terrence Malick y otros

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(Aclaración: en el siguiente dossier se nombran detalles significantes sobre momentos muy importantes de los films El Árbol de la Vida, Super 8, Más Allá de la Vida y Enter the Void)

No soy una persona religiosa, pero al igual que a muchos me intriga averiguar que viene después, como es el último instante de vida. Me intriga y me asusta al mismo tiempo. Me atemoriza. Por eso tampoco me gusta indagar demasiado al respecto. Nunca leí a Victor Sueiro, ni tampoco a otros filósofos que han tratado de darle una explicación racional a las experiencias extracorpóreas.

Sin embargo, en los últimos dos años, varios realizadores se dedicaron a reflexionar acerca de “la memoria de los muertos”. No estoy hablando de fantasmas, sino del último pensamiento, de ver pasar la vida delante de los ojos, reflexionar sobre lo que se hizo bien, lo que se hizo mal, de lo que debería haber pasado, de quienes quedan, quienes se van, a quien se debe liberar de la memoria para seguir viviendo.

Hace un poco más de un año, vi en la Semana del Cine Europeo, Enter the Void, el último trabajo del argentino Gaspar Noé. Más allá del viaje psicodélico que propone Noé visualmente nos enfrentamos a la historia de un muchacho, baleado, cuyo “alma” sale del cuerpo y transita por encima de los cielos de Japón como testigo del mundo, al mismo tiempo que “recuerda” los hechos más trascendentes de su vida.

Si no fuera por la sumatoria de golpes bajos e imágenes efectistas, además de caprichos y pretensiones varias, deberíamos estar frente a una obra que reflexiona sobre ese últimos instante. El delirio audiovisual de su director no permite ver el árbol fuera de su tronco. Tales reflexiones existencialistas se asimilan a los de otra obra pretenciosa que pasó sin pena ni gloria por las salas: La Fuente de la Vida, dirigida por Darren Aronofsky. Como nunca vi completa dicha película, no la voy a comparar, pero entiendo que ambas tratan de encontrar una respuesta metafísica a la pregunta que se hacen los científicos y religiosos desde los albores de la humanidad: ¿qué viene después? ¿existe la reencarnación?

Esto nos lleva a ubicar a El Árbol de la Vida, de Terrence Malick, como una obra que busca respuestas sin pretenderlo, y lo que es mejor aún sin explicarlo.

Malick es un director de culto. Se lo llama el Salinger del cine, porque sus películas tienen un lirismo y un perfeccionismo audiovisual increíbles, pero al mismo tiempo, es un director que ha dado pocas entrevistas, del que se sabe muy poco, que nunca pisó un solo festival, ni fue a buscar premios o reconocimientos. Es muy difícil filmarlo o sacarle fotos. Un mito.

Hay muy pocos diálogos en sus películas. El uso de la voz en off es fundamental. No narra en presente, pasado o futuro. Escuchamos las voces de sus personajes en momentos abstractos, que no se pueden ubicar. Le interesa la relación del hombre con la naturaleza. Sus personajes son individuos solitarios que vagan por paisajes, bosques, selvas, llanuras preguntándose y preguntándose acerca de lo que se enfrentan: ya sea una guerra, el colonialismo o simplemente la relación del protagonista con sus padres.

Por alguna razón, esta relación, sumada a la muerte de su hermano menor, acompañado por la desazón de la madre reprimida llevaron a Malick a reflexionar sobre la vida, la muerte y el origen del universo.

¿Por qué delirar tanto, si básicamente estamos frente a una historia intimista? El Árbol de la Vida no es la primera ni será la última película que habla de este tema (se me ocurre Días de Furia con Nick Nolte, James Coburn y Willem Dafoe), pero lo que llama la atención y provoca la mayor desorientación en el espectador, es la forma en que esta relación es representada. La linealidad que tiene el relato. ¿Por qué se pasa de la conmoción de una madre por la pérdida de un hijo al principio de la creación?

Existe la leyenda, que los chamanes, después de mezclar algunas hierbas, podían recordar sus vidas pasadas y remontarse a los orígenes de la existencia, cuando eran materia pura.

En El Árbol de la Vida, Jack, el personaje de Sean Penn, viaja a los orígenes del tiempo, recuerda su origen en el sentido más literal de la palabra y recuerda su vida… como dinosaurio. Para muchos, ver dinosaurios es parte del delirio malickiano, pero lo cierto es que hay tres en la película. Uno es claramente una madre, cuidando a sus crías. Los otros dos, son pequeños hermanos. Uno protege al otro. Lo mismo lo podemos ver en la relación de los O Brien más adelante. Si bien, en un momento dado, el relato toma cierta linealidad, lo cierto es la película funciona como una sucesión de recuerdos aislados. O sea, esto no es arbitrario. Uno no recuerda la vida con claridad y linealidad temporal, como un gran flashback salido de Lost. Uno recuerda momentos, sensaciones, olores, ruidos, besos, caricias, golpes, pensamientos. Generalmente la mente funciona como una grabación de videos filmados en súper 8. Jonathan Coucette convirtió sus recuerdos en súper 8 en un documental llamado Tarnation. Malick, en cambio, ficcionalizó todo, pero sin explicarlo, ni recurrir al súper 8. Que inteligencia.

El mérito de El Árbol de la Vida es traducir un viaje interno en imágenes. No sé con precisión cuanto de los O’Brien hubo en la vida real del guionista/director, pero es admirable como logra llevarlo a la pantalla con la información precisa.

Malick al final, lleva al personaje a un paraíso, un lugar imaginario donde todo el mundo se reencuentra y reconcilia. Es emocionante. Pero el personaje no está muerto. Lo más cercano a ese lugar utópico es justamente el final de Lost. Un sitio similar a un purgatorio, donde todos los personajes se reencuentran y deambulan felices eternamente.

Pero el personaje no ha muerto y la existencia, el mundo, no se ha extinto. Estamos ante una realidad paralela o quizás un estado mental al que llega el protagonista provocado por una depresión o infelicidad pertinente. Malick deja en claro que el personaje no está cómodo con su mujer, con su situación laboral, con su vida, debido a que no ha logrado reconciliarse con su pasado, no ha perdonado a su padre, no ha liberado a su madre o su hermano. El disparador que lo lleva a esta catarsis no está demasiado claro ni tampoco importa. Se escucha de fondo una máquina que lleva las pulsaciones cardíacas, lo que da a pensar que el personaje del padre está en su lecho de muerte y esto da pie a que el protagonista reflexione sobre la relación que tuvo con su predecesor.

El Árbol de la Vida genera más preguntas que respuestas. Cada realizador busca encontrar el sentido a su propia existencia. Malick se reconcilia con la suya y genera que el espectador haga preguntas sobre la propia.

Clint Eastwood en Más Allá de la Vida, su anteúltima obra, también ha tratado de buscar respuestas, pero, finalmente decide quedarse entre los vivos. No importa que los personajes hayan tenido experiencias cercanas a la muerte, lo relevante es que sigan su camino, se enamoren, disfruten de los placeres terrenales. Lo que se fue, se fue, lo que queda es lo que importa.

La ciencia ficción es un vehículo para que lo directores puedan explorar dudas existenciales, reflexionen sobre aquello que deben dejar atrás. Liberar a los fantasmas, despedirse de los muertos.

Acaso la imagen más representativa y emocionante que ha dado el cine en los últimos tiempos, es la del collar de la madre del protagonista de Super 8 de J.J. Abrams flotando sobre el cielo, yéndose junto a la nave espacial del alien que quiere regresar a su hogar. Dejar ir a los muertos, despedirse del pasado.

Sin proponerlo de forma obvia, directores como Abrams, Eastwood, Coucette, Spielberg (que siempre se ha interesado figurativamente en la vida del más allá) o Malick encontraron diversas maneras de convertir relatos íntimos en profundas reflexiones acerca de la vida y la muerte, sin caer en lo obvio, didáctico, lisérgico o escatológico como fue el caso de Noé. No se trata de cursilería emocional sino simplemente de convertir las inquietudes en imágenes. Traducir las sensaciones y recuerdos en fotogramas. Cuanto más simbólico y metafórico es el modo de representarlo más rico y desafiante va a ser para el espectador.

Y mientras que se siga explorando y experimentando formas de narrar, podemos decir que el cine continúa con vida…

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