A Sala Llena

Molly Bloom

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Molly Bloom

Dirección: Carmen Baliero. Traducción: Laura Fryd y Cristina Banegas. Intérprete: Cristina Banegas. Dirección de Arte y escenografía: Juan José cambre y Sol Soto. Diseño de sonido: Facundo Gómez. Diseño de iluminación: Matías Sedón. Asistente de dirección: Francisca Ure. Prensa: María Laura Lucini Monti & María Sureda.

Molly Bloom es la valentía, pasión, sexualidad, transparencia, pureza y sabiduría que se celebra en la femeineidad de una mujer capaz de desprenderse de la moral victoriana, con la misma naturalidad y belleza con la que una doncella se saca los atuendos a la hora de dormir.



Sí, el tan famoso monólogo de 90 páginas del capítulo final del Ulyses, de James Joyce -uno de los más influyentes y renombrados escritores de toda la modernidad culta- que logró la atención de los estudiosos como bolilla particular de la novela, por no poseer en toda su extensión, prácticamente ningún signo de puntuación. (Cuenta con sólo ocho “puntos”). Tomando en consideración el trabajo musical que se manejaba hasta ese momento de la novela, este final propone un giro de vanguardia al precipitarse rítmicamente a una velocidad voraz, propulsada por esta ausencia de puntos y comas. Contando ya con esta información literaria que es la base de este espectáculo, está por demás claro el desafío escénico que planteaba su interpretación en un montaje teatral. Además de la expectativa que podía esperarse del ambiente cultural y la crítica porteña respecto del resultado de ésta idea, aunque se contara con una de nuestras más grandes actrices. En este análisis dilucidaremos qué es lo ocurrió.

El llamado “soliloquio de Molly Bloom”, es un largo y atropellado monólogo interior en el que Molly da rienda suelta a su memoria e imaginación, recostada en el lecho junto a su marido, en una noche de insomnio. Su  relato se construye con fragmentos de historias personales, anécdotas, emociones; de especulaciones y conclusiones súbitas. Por momentos recuerda algunas estrofas de canciones que tararea en su cabeza, se ríe, se emociona, se erotiza, se enoja. Es un texto extremadamente vital. Al respecto, escribe Cristina Banegas: “La extraordinaria privacidad, el erotismo, la absoluta falta de censura con la que Molly piensa en su noche de insomnio. La libertad con la que expresa sus fantasías sexuales, sus teorías sobre los hombres, el amor. La intimidad de este monólogo interior, que Joyce inventa, hace de Molly una Penélope liberada de la moral victoriana, que empieza y termina con la palabra femenina Sí, según escribe Joyce en una carta a Frank Budgen. Y esta gran afirmación “femenina” es una celebración de la mujer. Una epifanía.”

El personaje de Molly es la esposa del protagonista, Leopold Bloom, y muchos estudiosos opinan que simbólicamente se corresponde un poco a la Penélope de la Odisea de Homero. Ya que debido al trauma tras el fallecimiento de un hijo que muere a los 11 días de nacer, Molly impone a Leopold un celibato de diez años, por no sentirse capaz de cumplir con su deber conyugal entre las sábanas. Pero a diferencia de Penélope, Molly no permanece fiel a su marido, tejiendo y destejiendo en las labores de su casa. Mucho más pasional e inquieta, cantante lírica en Dublín de cierta reputación, tiene un ardiente romance con Hugh Blazes Boylan.

Terminada toda la información literaria, escénicamente los desafíos son dos. El primero es claramente actoral. Es decir, cómo interpretar un texto de 90 páginas sin signos de puntuación, sin caer en lo monocorde y logrando una atención razonable del público. Pero el segundo también es de montaje. Ya que nos encontramos con un personaje que, según el texto de Joyce, sólo se encuentra recostado en su cama emitiendo pensamientos desordenados, como suele ser la idiosincrasia de todos los pensamientos. El desafío es entonces, montar e interpretar los pensamientos, siempre anacrónicos y en mucho anárquicos, de una mente humana.

Pasaremos a describir visualmente la puesta en escena que eligió la dupla Banegas – Baliero. Toda ella se inscribe en un fondo de tela blanco, deslizado de pared a suelo, como los que suelen utilizarse para sacar fotografías de book en estudios. Sobre éste, un atril rojo carmesí contiene el texto de Joyce. La actriz se ubicará sobre ese fondo y detrás del atril. Luego un par de cenitales alumbran la escena con un blanquecino clásico.

La resolución es muy clara, se trata de la apoyatura en un minimalismo que tiene el objetivo de dejar visible únicamente al texto hecho carne en la actuación de la actriz que le pone el cuerpo. Sólo podríamos preguntarnos por qué el fondo es blanco y no negro o verde inglés. Las razones para las elecciones estéticas por parte de un director pueden ser muy diversas, pero quizá lo amerita la sensación que da el personaje de Molly, como tan lleno de luz a pesar de todo y de todos, con esa energía y cierta inocencia de los chicos, cuando aún no conocen el pudor, marcando en mucho el triunfo de la pureza.

El atril, en cambio, no podía haber sido de otro color. En esas páginas se encuentra la pasión y sangre de una mujer que siente su cuerpo con mayor profundidad y dulce desenfreno que cualquier otra en Dublín. A la transmisión de ello contribuye un dispositivo sonoro colocado en dicho atril, que le permite a la actriz cambiar el tono de voz cuando toca temáticas sexuales, que suenan mejor en contralto. Esos cambios de voz, las manos que parecen dirigir esa orquesta de pensamientos en las páginas sobre el atril y el cuerpo de una actriz con 45 años de experiencia y una sensibilidad como recién nacida, son toda la dirección escénica en el montaje del Monólogo de Molly Bloom, del Ulyses de Joyce.

Sin embargo, una pregunta interesante del planteo escénico, que sin dudas se hará el público al presenciar el espectáculo, es la causa de que la actriz lea en escena. ¿Es una obra de teatro o deberíamos catalogar el espectáculo de semi-montado?

Habría que definir primero si teatro semi-montado implica la sola lectura del texto de la obra o su idiosincrasia radica en algo parecido a lo que hoy denominamos “work in progress”. Es decir, un texto leído pero además con una instancia de trabajo que se queda en una de las primeras fasces. No es un montaje completo, sino un semi-montaje y de allí su nombre. Pero nuestra obra tiene elegido y pensado cada elemento escenográfico, de utilería, de vestuario, de sonido e iluminación. Y en ello se encuentra plenamente acabada.

Pero la pregunta continúa. ¿Por qué la actriz lee en lugar de decir su texto? Mostrar la lectura en escena, alberga el lógico respeto y admiración al texto original. Ya que la elección de este monólogo implicaba el conocimiento de que se trataba con uno de los más influyentes novelistas de nuestro tiempo. De este modo, colocar sus páginas en el atril rojo para que la actriz interprete sus palabras era iluminar su importancia como texto literario y resaltar su validez como tal. Pero su justificación más escénica es que el texto es tomado como la partitura del concierto de “la música de la cabeza de una mujer”, como describe Banegas, explicando que la directora planteó que las afirmaciónes, los “Sí” de Molly, son estructuralmente como fonemas dentro de una sonata. Cada una de las ocho oraciones fue dividida en movimientos o unidades que provienen de la lectura de la partitura escrita, lo que les permite construír sonoramente encontrándo sus ritmos, cadencias, crescendos o pianíssimos.

Actoralmente, de lo que requería semejante elección de texto, era de una gran destreza técnica, aplicada con el arte interno y cálido que podía proporcionar únicamente una gran actriz. La elección de la Banegas era perfecta. Y de lo que ella considera, muy racionalmente como un “imposible”, no sólo sale airosa, sino que descolla de una forma fenomenal en lo que que probablemente sea el más grande desafío actoral femenino de todos los tiempos, o al menos sin dudas uno de ellos. En la sala no vuela una mosca y las señoras de cierta edad siguen perfectamente el hilo de lo que se narra, coloreando sus mejillas en los fragmentos que tocan una clara temática sexual. Mientras los adultos de edad intermedia disfrutábamos cual niños con un chocolate, y los jóvenes se divertían en profundidad impresionados con la vigencia de los contenidos del tan aclamadamente “culto y seguramente de difícil comprensión”, James Joyce.

Hay que destacar también la traducción de Cristina Banegas y Laura Fryd, a quienes afortunadamente no se les ocurre en ningún momento caer en la pacatería, pero que tampoco es burda, al manejarse en una perfecta cornisa de gusto que se ubica allí, en realidad, desde la descripción intrínseca de toda pasión humana y su pulsión sexual natural, o de entreveros emocionales, que nada tienen de fealdad u oscuridad, sino todo lo contrario.

Una obra para recordarnos humanos, traidores, con deseos y sexo. Con amores diversos al mismo tiempo, con enojos, emocionados con una canción tonta, libres. Una obra para que el conservadurismo y hasta la más alta alcurnia de la cultura no pueda sino dejar la censura de lado (hacia otros y hacia sí mismos) ya que habla Molly de sí misma, y habla de nosotros, ya que habla el magnífico James Joyce. Sí.

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