A Sala Llena

Múnich en vísperas de una guerra (Munich: The Edge of War)

Uno de los escollos más frecuentes con los que tropiezan las películas sobre la Segunda Guerra Mundial y el nazismo es dar con actor que encarne, convincentemente, a Adolf Hitler. ¿Lo habrá? No se trata sólo de calzarse el uniforme, la esvástica, pegarse el bigotito, peinarse con raya a la derecha y gritar: el espectador necesita sentir temor, ver al monstruo tras el actor. Bruno Ganz tampoco tenía un semblante similar al del Führer, pero en La caída, en especial gracias al período histórico del que se ocupaba, era, de alguna forma, Hitler: su furia animal, sus tics, sus bravatas, sus silencios.

En Múnich en vísperas de una guerra, el actor que interpreta a Hitler (Ulrich Matthes) no sólo no se le parece en nada sino que, para peor, es el mismo que hacía de Joseph Goebbels en La caída, donde tampoco se parecía a Goebbels. Tiene un rostro muy especial, eso sí, llamativo, pero vaya uno a saber a quién se parece. Y por si faltaba algo, varias de las miradas de soslayo que practica durante el film son las mismas que se le veían en aquel fragmento que, hace unos años, las redes sociales repetían centenares de veces con los subtítulos cambiados con intenciones humorísticas. El de aquí podría ser “Hitler se entera de que Goebbels se disfraza de él en su bunker”.

Con todo, el problema de ésta y alguna otra fisonomía es un problema menor. Múnich en vísperas de una guerra se ocupa del tratado firmado en dicha ciudad en 1938, acuerdo que precedió a la guerra que sólo los más inocentes consideraban evitable. Lo suscribieron los entonces cuatro líderes europeos: Hitler, Mussolini, el premier francés Édouard Daladier (cuya única intervención en el film es quejarse por los dolores de espalda que le dejó el vuelo) y el premier británico Neville Chamberlain (Jeremy Irons, de quien nos ocuparemos más adelante porque es el único que vale la pena).

Chamberlain, bien sabido es, intentaba detener la guerra de cualquier forma o, más precisamente, postergarla, y fue por eso que acordó con su par francés que Hitler recuperara para el Reich alemán la provincia de los Sudetes, entonces perteneciente a la ex Checoslovaquia, y a cambio de ello prometía el cese de cualquier otra acción bélica.

Y aquí viene el gran problema del film: el guion, basado en el bestseller homónimo de Robert Harris, se corresponde no con la ficción histórica sino con la fabulación histórica; es decir, la mezcla de situaciones reales con otras puramente imaginarias, con el fin de darle ritmo de “suspenso e intriga internacional” al género. Eso no tendría nada de malo si estuviera bien hecho, pero por muchos momentos la película recuerda aquella Un destello en la oscuridad (Shining Through, 1992), donde Melanie Griffith se camuflaba de espía, sin experiencia alguna, y engañaba a media Gestapo.

En esta Múnich hay dos amigos y ex condiscípulos, el inglés Legat (George MacKay) y el alemán antifascista Paul von Hartman (Jannis Niewöhner), que se reúnen en Múnich para complotar contra Hitler y la firma del acuerdo por los Sudetes. El primero es enviado como asistente de Lord Chamberlain (y para ello tiene que discutir con su joven esposa, quien le reprocha que descuida el hogar por viajes de trabajo como ese) y el segundo es traductor, para Hitler, de la prensa internacional.

Un espectador que goce del género puede aceptar algunas inverosimilitudes, puede sumergirse en la conocida “suspensión de la incredulidad”, o suspension of disbelief, como diría Lord Chamberlain, pero que sean ellos solos quienes se apoderan de un escrito de Hitler con todo su plan al detalle para los próximos años (y todavía no empezó la guerra), o que uno de ellos se quede a solas con el dictador ¡con un arma escondida en la manga después de haber atravesado cientos de controles en un convenio internacional!, parece demasiado hasta para Melanie Griffith.

Volviendo a Jeremy Irons: él sí que está bien como Chamberlain. ¡Cómo ha de haber disfrutado el papel, el maquillaje, los detalles de época, los puros que fuma y, sobre todo, esos desayunos casi viscontianos donde hasta el ruidito de la cucharita sobre el huevo duro es perfecto! Además, en una escena crucial, aquella en la que su joven asesor Legat le pide, a la medianoche, que no firme el tratado porque descubrió un plan malévolo (después de haberse cumplido durante la tarde con todos los protocolos), lo mira a los ojos y le pide, seguramente menos al muchacho como al autor de la novela, que no lo tome por idiota.

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Gran Bretaña, 2021)

Dirección: Christian Schwochow. Elenco: George MacKay, Jannis Niewöhner, Jeremy Irons, Alex Jennings.

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