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#NYFF61 | Anatomy of a Fall

#NYFF61 | Anatomy of a Fall

Anatomie d’une chute  o Anatomía de una caída se podría bien llamar disección de un crimen, porque el film es el de un taxidermista, que busca encontrar en el último rincón de un cuerpo una verdad que es esquiva. El título de la película pareciera rendir homenaje a Anatomía de un asesinato de Otto Preminger, pero también encontramos en ella semejanzas con una genial obra de Agatha Christie, Testigo de cargo, llevada al cine por Billy Wilder e interpretada por Marlene Dietrich. Como así pantallazos de Laventana indiscreta de Alfred Hitchcock, en donde instala como jueces desde la ventana de su casa a James Stewart, Grace Kelly.

El planteo de la historia es sencillo: existe un muerto Samuel (Samuel Theis) que cayó desde un balcón, un escritor que no encuentra un norte para triunfar, además de su fracaso como profesor. Un testigo, su mujer una célebre novelista llamada Sandra Voyter (Sandra Hüller la maravillosa protagonista de Toni Erdmann dirigida por  Maren Ade, guionista también de ese extraordinario nuevo cine alemán). El otro testigo es invidente, es su hijo adolescente, Daniel (un excelente Milo Machado Graner) que saca a pasear a su perro guía Snoop.

Anatomía de una caída es una película difícil de describir porque es mucho más importante lo oculto que lo manifiesto. Para comenzar vemos una mujer apoyada en la baranda de un balcón mirando atónita el cuerpo inerme de un hombre rodeado de sangre, no muy lejos un muchachito acariciando un perro. Pero lo sobresaliente de esta secuencia es la atmósfera que emana de la escena, la apariencia de una familia ideal que se ve golpeada por la fatalidad. 

La representación es un tanto accesoria. El cuerpo tomado desde la altura está visto en su esencialidad. En su yacer descarnado en un tiempo que lo sumerge en la eternidad. Allí donde parece habitar la nada pulula el secreto y la esencia física conduce hacia lo imperecedero, el misterio. 

Por eso el film comienza en un orden plegado  del que habla David Bohm, y Justine Triet penetra ese orden   sin siquiera nombrarlo.  El espíritu de la realizadora se introduce sin dudas en esa realidad inquietante, metafísica, que transpira pudrición al plasmar  en esa escena la armonía del silencio, de un chalet en medio de los Alpes, al cual  los pinos le dan un marco bucólico. Éstos  que apenas se mueven por suaves ráfagas de viento.

En una secuencia anterior la novelista está siendo entrevistada por una reportera y ésta debe ser suspendida, porque es molestada desde otro ámbito, el ático, por su marido que pone a volumen ensordecedor, la alegre y ligera pieza instrumental de la Bacao Rhythm & Steel Band, que el rapero 5O Cent sampleó (una técnica musical o literaria que utiliza una parte de una frase, la intercala con otra y así sucesivamente) para convertirla en un éxito (la misógina letra de la canción se incluye en el proceso la fiscalía). En esa mínima escena se muestra que no es un jardín de rosas el matrimonio. 

Aunque no existe una banda sonora definida, o piezas musicales diegéticas determinantes, lo que particularmente se expone es un ensordecedor calipso y una interpretación al piano de la célebre Asturias de Isaac Albéniz que colaboran a modificar el ambiente mareante y cíclico de la película

El orden desplegado, que es el mundo exterior, tal y como lo vemos ya sea a través de nuestra avanzada y propia percepción o a través de instrumentos que nos proporciona la realidad, comienza a desarrollarse la trama de una pareja en descomposición.

Ese orden desplegado deriva en el tribunal cuando Sandra es llevada a juicio acusada de asesinar a su marido. Allí entabla su lucha contra el destino que la conecta con la lejana antigüedad de la tragedia. Triet deslumbra junto a su coguionista Arthur Harari, con un juego de teorías contrapuestas (las que se dirimen parte en inglés y parte en francés). 

Uno de los escritores que practicaron esa doble articulación de la realidad fue Henry James. En sus obras siempre hay una fuerza que trasciende la conciencia de los personajes. Mientras ellos creen ir hacia un sitio, van en realidad a otro. La impresión del lector es la de que existe un orden escondido e inescrutable que dirige sus pasos. Y ese esquema es el que utiliza la realizadora mientras  la protagonista y su abogado (Swann Arlaud) tratan de defenderse del fiscal Antoine Reinartz (excelente composición de su personaje) y de una jueza Anne Rotger, quienes conducen a los testigos hacia otra dirección donde pululan las trampas, mentiras encubiertas y crescendos de indiscutible indignación.

En el juicio, de una teatralidad impecable, no sólo se agota en las apariencias, sino que puede transgredir las leyes que consideramos equilibradas. En ellas aparece un personaje oculto: el móvil del crimen, que no logra definirlo la tediosa investigación.

La autopsia no descarta un crimen y la policía sospecha que la muerte del escritor fue un homicidio. Al ser sospechosa de dicho asesinato, Sandra contrata a Vincent Renzi (Swann Arlaud), un abogado y viejo amigo de la escritora, quien estuvo perdidamente enamorado de ella. El caso termina en un extenso juicio. 

El feroz fiscal, con su interrogatorio incisivo y sin miramientos, va desterrando los múltiples dramas que se enmascaran en el interior de la supuesta familia ideal. Sandra es bisexual, Samuel estaba sumido en una profunda depresión y tenía un fuerte rencor hacia su esposa por sus aventuras amorosas y por plagiar supuestamente lo que él consideraba una idea suya. Sandra culpa a su pareja del accidente automovilístico que dañó la visión de su hijo. Este hecho fue un inexcusable descuido, que Sandra nunca perdonó. 

La película no tiene giros sorpresivos, ni cambios abruptos en la personalidad de los personajes, se desliza en un crescendo donde lentamente se van retirando las capas de ese orden desplegado, donde se muestra a través de grabaciones las ácidas discusiones que sostienen en su relación la pareja.      

La realizadora Justine Triet nos muestra al comenzar la película, una serie de fotografías de esta familia aparentemente feliz, pero cuyo trasfondo, esconde un oscuro pasado de desánimo, encono y resentimiento. En ciertos estados donde el alma se evade de la realidad, y donde el enigma se torna invisible, la profundidad de la vida  se revela por entero en un espectáculo público punzante e incómodo, que por corriente que sea se transforma en un símbolo de lo que no fue.

Desde esa mirada Justine Triet obliga al espectador a ser testigo y juez de lo que significa vivir y sobrevivir con aquella persona a la que no se ama y que entre ellas existe una barrera, cuya frontera siempre es infranqueable.

(Francia, 2023)

Dirección: Justine Triet. Guion: Arthur Harari, Justine Triet. Elenco: Sandra Hüller, Swann Arlaud, Milo Machado Graner. Producción: Marie-Ange Luciani, David Thion. Duración: 150 minutos.

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