A Sala Llena

Peter Bogdanovich (1939-2022)

El vitalista secreto

A Paola Jarast, y esa cita viendo The Last Picture Show

Murió Peter Bogdanovich, historiador de cine y gran entrevistador, además de actor y excelente contador de anécdotas. Sumado a todo eso, claro, fue un cineasta extraordinario, realizador de varias obras maestras, muchas más de las que suelen reconocérsele. Bogdanovich también se transformó con el correr de las décadas (sobre todo en las últimas) en una suerte de símbolo. Por un lado se lo consideró un comunicador y preservador del cine americano del período clásico. Por el otro, un exponente cabal del New Hollywood de los 70. De hecho no hay quizás ningún otro director cuya carrera represente tanto ese experimento feliz pero finalmente breve de una industria que alguna vez apostó a un cine al mismo tiempo personal, osado y adulto. De esta manera, Bogdanovich se transformó en un cineasta que representa una nostalgia por partida doble: la del cine que él estudió como historiador y del que era un obsesivo; también la de una de las últimas (para algunos la última) grandes épocas del cine americano.

Supongo que es inevitable pensarlo así. Lo hizo sin ir más lejos Juan Villegas –con quien tuve el gusto de coescribir el libro sobre Bogdanovich- en su sentido artículo de ayer. Si bien yo mismo he pensado en Bogdanovich en estos términos, en los últimos meses también pensé que es posible recordar de una manera opuesta tanto a él como a su cine.

Tomaré como ejemplo el final de su película más canónica y respetada: The Last Picture Show. Allí su protagonista, el habitante de un pueblito gris donde la miseria está a la orden del día y la monotonía reina, va en búsqueda de una mujer casada y mayor que él con la que había tenido un affaire. La actitud del chico es en el fondo muy mezquina. Va con ella porque la chica que él quería no quiere estar más con él. La mujer casada, en tanto, lo sabe. Este joven había andado con ella un tiempo pero dejó de visitarla cuando consiguió otro amor. Luego de un monólogo memorable y de una escena virtuosa que se resuelve sólo con miradas (Bogdanovich fue uno de los grandes directores de miradas de todos los tiempos), la mujer decide perdonar al chico y quedarse con él. La visión pesimista nos muestra que allí se forma una pareja más por desesperación que por amor. Necesitaban estar con alguien y entonces simplemente se quedan el uno con el otro pese a que el chico la ve como un segundo premio y ella como un chico desagradecido. Pero puede existir otra versión más optimista: en ese pueblo signado por el desencanto y la desesperanza, hay al menos un recoveco para una unión amorosa, sin importar las circunstancias que la desencadenaron. Es una forma vital de seguir adelante con lo que se tiene a mano.

Varias películas de Bogdanovich tratan de eso, de personas aferradas a una ilusión o a una felicidad que no por perenne deja de ser valiosa. El director teatral de Noises Off… festejando que al menos una vez la obra que había dirigido salió bien; los cantantes country de Esa cosa llamada amor siguiendo su camino hacia el final del film aun cuando no alcanzaron (ni vayan a alcanzar posiblemente) el éxito que esperaban; Saint Jack mandando al diablo al militar aun sabiendo que con esto tendrá graves problemas pero no le impedirá continuar con su día a día como siempre; Boris Karloff hacia el final de Targets transformándose en un héroe y en un villano al mismo tiempo al enfrentarse al francotirador; el padre y la hija de Luna de Papel jugando al juego de la irritación mutua hacia el final del film y partiendo hacia un nuevo horizonte aun cuando ambos se quedaron sin dinero… Para un cineasta tan asociado con la nostalgia como Bogdanovich, es raro ver cómo le fascinaban personajes tan vitales, y cómo le gustaba también terminar sus películas en medio de una acción. Si hasta en sus tres documentales que hizo para cine (sobre John Ford, Tom Petty y Buster Keaton) insistió una y otra vez sobre la energía de sus personajes. Tom Petty es descripto como un trabajador incansable; The Great Buster se enfoca poco en los aspectos más deprimentes en la vida de Keaton y mucho en cómo logró después ganar dinero con apariciones televisivas y publicidades. En Directed by John Ford, incluso, le fascina que Ford pudiera convencernos mejor que ningún otro cineasta de la posibilidad de una vida después de la muerte.

Mi vitalista preferido de Bogdanovich (quizás porque el que es el que más me conmueve) es Rocky de Máscara. El adolescente con lionitis que sabe que tiene poco tiempo de vida y aun así está desesperado por aferrarse a ella. Así es como planifica hacer viajes que no va a hacer nunca, escucha la música euforizante de Bruce Springsteen y trata de tomarse su tragedia personal como un chiste. Cuando intuye que va a fallecer no se angustia, sólo se va a dormir ignorando conscientemente su propio fin.

En algún punto, algunas relecturas que Bogdanovich hizo de los géneros americanos querían también rescatar la enorme energía de estos géneros antes que sus costados más melancólicos. Los ejemplos claros son sus relecturas de las screwball comedies. Sus dos obras maestras al respecto, What´s Up Doc y Noises Off…, son formas virtuosas de aceleración narrativa, ejemplos de un cineasta desesperado por la intensidad. Es más: como señaló alguna vez el mencionado Villegas en su excelente artículo para La Agenda, Bogdanovich pudo haber amado el cine clásico, pero su cine no era especialmente clasicista sino rabiosamente moderno, una celebración al fin y al cabo de la experimentación, aun cuando esta lo hiciera teniendo un ojo en el pasado.

Sí, claro, esto no quita que el cine de Bogdanovich no pueda ser melancólico, o acaso la evocación de un cine y una forma de hacer cine que ya no existen más. Pero incluso a veces esa melancolía podía ser puesta en duda por el propio cineasta. En la excelente The Cat´s Meow, Bogdanovich se trasladaba a la década del 20 para fascinarse con figuras como Chaplin y Thomas Ince, pero también para mirar con desencanto una época marcada por la hipocresía. En la entrevista que tuve el honor de hacerle a Bogdanovich junto a Villegas, le pregunté por este aspecto tan poco frecuente en un nostálgico, y Bogdanovich fue bastante directo y obvio: me dijo que él podía sentir nostalgia de las películas que se hacían, pero que eso no quería decir que le agradasen esas épocas.

Quizás haya un pensamiento secretamente optimista allí: esa época se fue, pero las películas quedaron. Me aventuraré incluso a recordar una frase que dijo alguna vez el propio Bogdanovich: “no existen las películas viejas, existen las películas que no has visto”. Hay algo sorprendentemente antitético a lo melancólico allí. El cine que ama Bogdanovich quizás no se haga más, pero esas películas no por eso son viejas. Siguen ahí para ser vistas, rescatadas, redescubiertas y disfrutadas. Esto me recuerda a que cuando Bogdanovich contaba las anécdotas que tenía con los grandes directores de Hollywood, no lo hacía con nostalgia de lo que perdimos, lo hacía con gracia y un apasionamiento genuino y contagioso, consciente de que eran historias graciosas e interesantes en cualquier tiempo.

Incluso sus dos grandes libros de entrevistas (Ciudadano Welles y el nunca editado y extraordinario Who the Devil Made It) son ejemplos de un entrevistador sagaz, desesperado por adquirir conocimientos de grandes cineastas de la era clásica, y de apasionarse con un pasado que sigue interesando porque continúa vivo en nuestra curiosidad.

Con el fallecimiento de Bogdanovich no murió una persona melancólica sino enérgica. También falleció uno de los realizadores más subvalorados del siglo 20. Espero en todo caso que su reciente pérdida permita una revisión más profunda de su obra. Una revisión que no sólo se limite a hablar de su canónica The Last Picture Show, sino que permita rescatar el increíble virtuosismo formal de Noises Off…, la sabiduría de Texasville, la enorme complejidad de esa historia ética y magistral que es Saint Jack. Será una forma de seguir dándole vida a una filmografía de excelencia que si el mundo es justo –y a veces creo que lo es- estará allá entre las obras esenciales que Bogdanovich mismo insistió una y otra vez en rescatar. Valdría la pena, en verdad. El cine de Bogdanovich es muchas veces una forma de felicidad, sería un horror olvidarlo y un error momificarlo. Sus obras maestras representan un cine muchísimo más vivo que los estrenos que vemos habitualmente, parte de un presente que hoy es mejor gracias a la existencia de aquellas. A Peter Bogdanovich no queda más que agradecerle por ese legado.

 

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