A Sala Llena

Pixeles, según José Tripodero

Invasión de fórmula conservadora.

Pixeles es ante todo una película de Adam Sandler, en el sentido más estilístico posible, lo cual comprende rasgos positivos y negativos, aunque en los últimos años la balanza de su cine se ha inclinado hacia la pobreza inventiva y viciosa de su humor. En sintonía a su descenso, apareció Kevin James con quien hizo varias películas, e incluso Sandler le produjo el díptico de Paul Blart, una suerte de variación de Duro de Matar en clave absurda. Ambos son espejos del otro, no hay nunca un contrapunto en ninguna de las películas; más bien una repetición de chistes sobre la gordura y la estupidez de los personajes encarnados por James, como si el actor de Billy Madison necesitara -más que un sidekick- un blanco para tirar sus chistes más básicos.

En esta nueva película de Chris Columbus (Mi Pobre Angelito), una capsula es enviada en 1982 al espacio exterior con videojuegos, entre otros ejemplos de la cultura pop, la cual es interceptada por unos extraterrestres que malinterpretan el mensaje como una declaración de guerra. La respuesta es una invasión tangible de personajes de esos juegos, entre ellos Centipede, PacMan y Donkey Kong. Los guionistas Tim Herlihy (Happy Gilmore) y Timothy Dowling (Role Models) toman la estructura narrativa del sorteo de niveles para llevar la historia a los tumbos, que lejos de descansar en los chistes gastados de Sandler se enreda en sus propias barreras, limitadoras de un vuelo mayor en este intento de empatar dos lenguajes que comparten rasgos, recurrencias y hasta premisas. Ni siquiera aparece la desfachatez de las películas noventosas de Sandler, en las que los verosímiles se flexibilizaban (y hasta se rompían) para dar lugar al absurdo más puro, lúdico y deforme. Esa desfachatez, en la actualidad del actor, se desplazó hacia el patetismo y a la comodidad de ese colchón de referencias (una de las marcas de sus películas), las que antes representaban una conexión lúdica y que ahora no son más que marcas nostálgicas vacuas.

Ni siquiera las participaciones de Peter Dinklage (Game of Thrones) o de Michelle Monaghan (como la “Sandler girl” de turno) logran surcar esta conservadora unión entre cine y videojuegos, reposada en la formula narrativa de un lenguaje que solo persigue un objetivo, el cual es ganar y sortear todos los niveles; mucho menos puede sostener al tridente actoral de Sandler, James y Josh Gad (un papel que pedía a gritos la interpretación de Jonah Hill). El cruce mencionado entre juegos clásicos -los cuales funcionaban a través de un patrón matemático- y juegos actuales -en los que la semejanza con lo real es casi mimética- solo es funcional para ponerle el rulo al acto final. Resulta decepcionante que Pixeles escape del espíritu lúdico y se escude en la racionalidad de las fórmulas, solamente en los créditos con una representación en 8 bits de toda la historia -a modo de síntesis- se ven destellos de esa posibilidad perdida de alinear al cine con el videojuego: lamentablemente esta idea sale por el reverso ya que de manera subliminal pareciera decir que la película no tiene una mínima razón de ser, porque debió ser un videojuego nostálgico y nada más.

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Por José Tripodero

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