A Sala Llena

Polvo de Ángeles

La celebración arrancó temprano el domingo. En casa éramos tres: El Chuchi, Juan el hijo de mi amiga Luján, que se quedó con nosotros el fin de semana largo, y yo. Pero por la tarde, mi amigo Darío decidió unirse también a la cena-ceremonia, así que seríamos cuatro finalmente, los que estaríamos frente al televisor esa noche. Sabíamos que el domingo giraría en torno a una sola cosa, los premios de la Academia.

Almorzamos en Kansas, bastante pesado, así que hubo quien hizo un alto en el itinerario para hacer una siesta recuperadora. No fue mi caso, me quedé despierta, excitada por la anticipación, como si hubiese sido una de las nominadas. Lo confieso, soy re cholula de todo ese asunto de la premiación anual de la Academia. Si fuera pretenciosa, diría que es un placer culposo pero, la verdad es que no siento culpa alguna. Soy absolutamente devota de toda esa parafernalia tan glamorosa como acartonada, aparatosa y decadente. Si hay un lugar por donde sueño caminar algún día, esa es la alfombra roja de los premios Oscar. Pienso en mi vestido, en mi maquillaje, en el clutch de Alexander McQueen que llevaré en la mano, en dónde me haré mi peinado esa tarde (nada complicado porque me despeino como una cebolla), en mi discurso de aceptación, en el smoking matador del chuchi, en las dedicatorias (en esta entrega me robaron una, porque yo pensaba dedicárselo al Diego), en la fiesta de Vanity Fair, en una noche swinger con Brad y Angelina y en la vuelta a mi casa, mis gatos y la repisa en donde pondré a mi nuevo y mejor amigo dorado.

Cuando estaba cursando la carrera de cine, solía dormirme imaginando eso. Pero con los años y con la sabiduría de la experiencia, ese sueño fue alejándose un poco. Fue descomponiéndose en otros colores. El sueño de ganar, se fue transformando en el sueño de filmar y, después, el sueño de filmar se convirtió en el sueño de montar, y el sueño de montar en el de estrenar y así, y así, y así… Ese tipo de transformaciones, para alguien como yo que vivió siempre con su cabeza en las nubes, suelen sentirse como epifanías algunos días, y como derrotas otros. Aprender a manejar la ilusión, a domesticarla, es un trabajo duro e ingrato que, la mayor parte del tiempo conduce a la felicidad, a la alegría, a la realización y a un acercamiento profundo a la verdad. Pero, otra parte del tiempo, depara sinsabores. Ese es el camino del soñador, el paso por el que vamos transitando mientras nos educamos en el equilibrio entre lo real y lo alucinatorio. No es un camino fácil, amigos, pero les aseguro que no es aburrido ni por un solo segundo.

Ahora, volvamos al domingo…

El plan era que yo cocinaría unas alas de pollo picantes al horno, junto con unas patitas rebozadas, puré de papas y un poco de brócoli hervido para no sentirnos taaaannnn pesados. Para el postre teníamos torta de chocolate, con relleno de chocolate y salsa de chocolate en la cobertura. Pero finalmente, dominados por la fiaca, nos decidimos por una súper picada, delivery de empanadas y la torta de chocolate en la que tan arduamente yo había trabajado. Una opción mucho más saludable y dietética… ¡Ah! También teníamos bombones, por las dudas.

A eso de las seis y media de la tarde, me eché a ver la alfombra roja en mi cuarto, mientras los hombres de la casa miraban algún partido jugado en el culo del mundo, en el living.

A las nueve llegó el convidado que faltaba y, con todo y comida, nos echamos en el sofá a disfrutar de la gala, las estrellas y ese polvo de ángeles que despide una montaña de dinero, cuando se invierte en entretenimiento.

La ceremonia estuvo muy bien. Creo que fue bastante llevadera, a pesar de los cortes comerciales asquerosos de TNT. La conducción a cargo de Ellen Degeneres estuvo relajada, con ciertos toques de humor fresco, pero sin irse al carajo (salvo tal vez por el chiste que le hizo a Liza Minelli). Hubo cierto grado de espontaneidad y todo el mundo pareció estar muy tranquilo, muy “en su salsa” y no pendiente del hecho de que se estaban entregando los premios más importantes de la industria.

Ahí estaban todos, comiendo sus porciones de pizza. Leyendas vivientes como la Streep, junto con recién llegados, advenedizos, tontos que se sacaron la lotería, talentos portentosos y bellezas descomunales. Una mezcla abrazadora de garbo y anticipación, de deseo y decepción, de suerte loca, de trabajo, esfuerzo y sueños realizados.

Qué puedo decirles queridos amigos, es difícil que algo rivalice con semejante mezcla…

No hubo sorpresas en los premios. Fue voto cantado de acá a la China. Me hubiera gustado, como ya todos saben, que Leonardo se alzara con la estatuilla a Mejor Actor, pero era casi como verle el culo a un desnudo, que se lo llevaría Matthew. El discurso del ganador me resultó particularmente pelotudo, más para un tipo que está en la cima de su carrera y que, a juzgar por su pasado, tiene muchas posibilidades de resbalar fiero desde allá arriba. Es decir, cuántas True Detective le quedarán en la galera… Hoy justamente veía una comedia romántica con él y la impresentable de Sarah Jessica Parker y pensaba: “Este tipo se llevó un Oscar el domingo y Gandolfini abrió las necrológicas.” ¡Ay qué raro sentido del humor tiene a veces el universo!

Pero bueno, bien por Matt, la remó bastante así que no le vamos a llover el desfile. Lo bancamos, vamos a él y esperamos que tenga el ancho.

Todo lo demás fue un relojito. Hasta la selfie picture que tomó Bradley Cooper batió records de retwitts en todo el globo. Gran, pero gran momento de la ceremonia, que cada vez parece ponerse más a tono con los tiempos que corren.

Los premios Oscar me gustan porque son la noche en la que el exceso de nube de pedo me está ampliamente habilitado. Es decir, ese domingo en particular, puedo reventar de fantasías estúpidas y de delirios de grandeza, de lo más campante. Me permito irme por las ramas y desencajarme. Salirme del entrenamiento riguroso y equilibrado de la vida y la terapia, para remontarme como barrilete prendido fuego. Tal vez sea por esa sensación de exceso, de voluptuosidad y de pecaminosa salvajada, que adoro la noche del Oscar. Porque, después de todo, qué soy yo si no una rutilante inadaptada ungida de brillantina y papel glasé.

Total, dejaremos para cuando el telón baje (y siempre baja antes de tiempo), los días de decoro, paciencia y dignidad.

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