A Sala Llena

Que lo Pague la Noche

Que lo Pague la Noche (Argentina, 2011)

Dirección y Guión: Néstor Mazzini Producción: Makena Lorenzo, Néstor Mazzini Elenco: Roberto Lavezzari, Edgardo Ibañez, Felipe C. Pino, Anabella Barujel Prensa y Difusión: Agencia Lola Silberman Duración: 67 minutos.

Ellos tienen la panza llena

Hace poco más de diez años atrás, este país atravesaba una de sus crisis más grandes. Con una economía destrozada, un Estado ausente y represor, tenemos que recordar que cuando decimos “país” hablamos de “sociedad”, y cuando decimos “sociedad” hablamos de individuos que la conforman, y como diría el músico Jamaiquino, Bob Marley, “a hungry mob is an angry mob” (una multitud hambrienta es una multitud furiosa).

Hace diez años Néstor Mazzini decidía filmar su primer largometraje, que hoy roza el mediometraje, un thriller ambientado en Lugano I y II (premisa sobre la que más pesa la difusión de la película, quizás por la ríspida fama del lugar), realizado contra viento y marea y a todo pulmón. No es idea mía, el mismo director hace referencia a los aspectos personales y económicos que se vieron en juego durante el largo proceso que atravesó su ópera prima, desde su génesis hasta su próximo estreno oficial.

Que lo Pague la Noche no es exactamente un estreno. Filmada en enero del 2002, fue recién pre-estrenada en video en el 2004 y premiada en el 2005 por el INCAA permitiéndoles que la película fuera terminada en 35 mm para ser estrenada. Este fue el inicio de una serie de cambios estructurales, como la agilización del montaje y digitalización de algunas tomas con el fin de mejorar la calidad técnica.

La película comienza cuando Esteche (Roberto Lavezzari) está celebrando su boda. La fiesta se realiza en los parques del complejo de monoblocks en el que vive junto a su novia (Anabella Barujel), ubicado dentro del barrio Lugano I y II. Pese a que es un día de celebración, hay un aire malsano en el ambiente que no se puede definir. Hay algo que no nos están contando, impresión que se mantiene a lo largo de casi toda la historia. Cuando los novios se disponen a cortar la torta, Esteche se desploma sobre la mesa ante la sorpresa de los invitados, socorrido por su novia y amigos que se acuden a llevarlo a un hospital.

Es sobre este aire extraño que se va construyendo la película, una suerte de híbrido entre thriller psicológico y surrealismo, que se vale de las características laberínticas del barrio. Aunque el guión comienza a redundar bastante, sobre todo en la segunda parte de la película, son algunos otros, y pocos, aspectos técnicos los que mantienen la tensión y atención. Las grises y monstruosas  edificaciones de fondo y el costado más marginal del barrio, dan el aspecto de una ciudad apocalíptica donde algo está esperando estallar. Sobre estas imágenes se oyen los murmullos, las radios, los televisores formando una nebulosa de la que podemos discernir alguna que otra frase que recuerda a tiempos de pesadilla, porque aunque la historia no sea sobre la crisis del 2001, es evidente que Mazzini lo utiliza como pieza fundamental de fondo, fuerza negativa y destructora.

Los personajes son oscuros, todos, y viven como se ven. Aunque no podamos decir que a nivel actoral la película no falla, son sí algunos de sus intérpretes los que llevan adelante la tarea dignamente, en su mayoría actores no profesionales, algo similar a lo que sucediera hace varios años con Pizza, Birra, Faso de Caetano/Stagnaro o con Historias Mínimas de Sorin, únicamente comparables en este aspecto.

La dirección de arte, a cargo de Makena Lorenzo (también productora del film), se pierde tras una fallida fotografía que, quizás por falta de presupuesto o experiencia, le resta profundidad a los planos. Ya de por sí oscura, las escenas, excepto contadas situaciones, suelen desarrollarse dentro de espacios pequeños y poco iluminados, algo acertadísimo para funcionar como contexto de individuos cocainómanos que se enredan en teorías paranoides suscitadas alrededor de la misteriosa muerte de Esteche, pero que pierde efecto al carecer de contrastes.

La olla está hirviendo, eso está muy claro, y la tensión (que en algún momento promediando la película se pierde bastante) es presentada mediante situaciones en apariencia inexplicables y de tintes surrealistas que se terminan explicando mutando al realismo, para llegar al clímax con un final que la devuelve a su extrañeza inicial, aunque igualmente no me terminó de convencer. Pero pese a que comete algunos (varios) errores, en su mayoría de aspecto técnico, no debemos ignorar sus raíces y contemplarla como lo que es, una película producida a pulmón y repleta de buenas intenciones.

Por Nuria Alvarez Silva

Lugano Arde

En uno de los barrios más grandes y con mayor movilización se desarrolla este film, que narra una de las tantas experiencias ocurridas durante el imborrable diciembre de 2001: cuando las cacerolas sonaban, muchos observaban por tv lo que sucedía en las calles y todo volaba por los aires (incluso un presidente), mientras otros se organizaban o intentaban hacerlo.
Aquí Lugano no tiene numeración, todos los presentes intentan buscar una explicación a lo que sucede, un culpable, incluso un muerto: Esteche, que parecía vivir uno de los momentos más felices en la vida de un hombre, su casamiento, no llega a cortar la torta cuando cae desplomado sobre la mesa. De aquí en más, el relato va tomando diferentes colores y el personaje principal comienza un periplo de ensoñaciones mechado con una revuelta de rumores que caldean aun más el ambiente.
El film estaría cumpliendo diez años en enero del corriente; nace como largometraje video-digital, premiado por el INCAA para, luego de varios ajustes de color, imagen y sonido, ser ampliado a 35 mm.

Néstor Mazzini toma el rrioba propiamente dicho en un momento muy particular; la cámara indaga las miradas de los vecinos, bordeando el documental, solo que el diálogo no es lo que prima, sino el silencio típico antes de la tormenta: el atraso de 8 meses de alquiler; la ausencia de las bolsas de alimentos es un hecho insostenible; el sonido de fondo es la eterna cacerola; la sirena y el grito. Más turbio se pone todo cuando el relato se sumerge en el río y el argumento, muy sutilmente, se va tornando cada vez más fantástico, cuando por momentos Esteche sale del agua a respirar y así distinguir entre tanta tensión e incertidumbre el móvil de su asesinato.
La pueblada es un hecho y, sin mostrar, se expone todo: los monoblocks se alzan hacia el infinito y la angustia también, el presentimiento se convierte en realidad y los personajes emiten la palabra justa y necesaria.
Sin dudas, Que lo Pague la Noche es un motivo más para no olvidar, pero sin caer en el lugar común, repasando este período de cambio que atravesó el país, pasando por alto el trauma y concentrándose en el movimiento y la idea de no futuro de ese entonces.

Por Julia Panigazzi

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