A Sala Llena

Rotterdam 2022 | Excess Will Save Us

… para ser capaces de existir, es necesario distorsionar historias y crear algo inmenso en una aldea donde en realidad nada ocurre. Pero en las mentes de las personas, muchas cosas pasan

(Morgane Dziurla-Petit entrevistada en cineuropa.org)

La paradójica vitalidad de Excess Will Save Us (2022) se comprueba con la decisión de grabar a los habitantes de Villereau, también familiares de la realizadora, a una distancia donde hablan no solo sus cabezas. Todo su cuerpo y su entorno urgen sentidos.

Aquí la paradoja consiste en que solo el arte y la técnica pueden estar vivos mientras el espectador reactualice la obra al verla y oírla. Morgane Dziurla-Petit subraya esto al decidir que sus familiares vean en la laptop y en escena algunas de las grabaciones hechas. Su película fluye entre asociaciones metadiscursivas, contenidas por la formación nórdica de la realizadora.  

Qué mayor ejemplo del metadiscurso que este: Morgane incluye en el montaje el viaje familiar al festival de Clermont-Ferrand de 2019 por la selección del corto homónimo, años antes de convertirse en la película que vemos ahora en Rotterdam.

Los planos generales fijan, en medio de las creencias sesgadas, un entorno al que pertenecemos como habitantes, sea momentáneamente. Así los supuestos ataques terroristas, las diferencias raciales y las rutinas familiares enfocan la propuesta tragicómica de la realizadora francesa. Su confianza en la capacidad de la mirada para habitar le permite un manejo firme de la gracia, la ironía y la melancolía.

También es contradictoria la vitalidad por crear esta obra en medio de un pueblo donde ni hay salas de cine, como señala la narradora eventual. Esta es una evidencia fiel de los alcances actuales de la imagen audiovisual.

Estos sentidos, de todas maneras, solo refuerzan decisiones creativas donde priman la incomprensión y el absurdo por encima de la comedia que rodean algunas anécdotas. Dziurla-Petit interpela nuestra mirada para que entendamos solo hasta donde sea posible. 

De resto su plena confianza en la imagen audiovisual ejemplifica las capacidades maleables de la obra. ¿Es esto un documental y una ficción? ¿Un mockumentary? ¿Es una película de suspenso sobre las malas decisiones que toman los padres mientras insisten en que los hijos no las repitan? ¿Es una parodia microscópica sobre el desastre gubernamental de la pandemia? 

Pues ninguna respuesta saciará la inquietud por más preguntas que nos hagamos. Ni unas ni otras importan al momento de drenar las emociones y confusiones de estos últimos años pre- y “pos” pandémicos que la cámara y el montaje captan e hilan con una urgencia que, lo sabemos, se calmarán al acabar la obra. 

Pero se mantendrán aquí, en la memoria, y allí, en la película; para reafirmar una certeza. El cine todavía revitaliza las mayores incoherencias de la humanidad, sea en una familia del norte de Francia o en una pantalla esclava de las plataformas sociales desde donde veamos la obra. La realizadora halla vínculos entre ambas para recordarnos que los abismos son la familia y la sociedad, no las herramientas que ellas crean para enfrentar el sinsentido. 

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