EL INFIERNO MARAVILLOSO DEL NEÓN
La evolución cinematográfica de Nicolas Winding Refn responde a un mapa conceptual sumamente consciente. Si en Drive el director danés nos introdujo en un cuento realista habitado por un héroe de innegables tintes dostoevskianos, y luego en Only God Forgives construyó una alegoría cruda sobre la culpa y el castigo, su más reciente filme propone un quiebre definitivo. Su propio infierno significa un retorno absoluto a las estructuras del relato maravilloso que ya tiñeron The Neon Demon. Con esta propuesta, Refn no hace otra cosa que completar un fascinante e inquietante bestiario moderno, digno de una reinterpretación nocturna de los cuentos de Hans Christian Andersen. La trama nos traslada así a una metrópolis futurista y cyberpunk en Tokio, atrapada bajo una densa y misteriosa niebla que desdibuja los límites de la realidad. Esta bruma espesa funciona como el catalizador de una amenaza atroz: el surgimiento de “el hombre de cuero” (The Leatherman), un brutal asesino enmascarado que persigue de forma implacable a mujeres jóvenes; un escenario opresivo en el que seguimos a Elle (Sophie Thatcher), una actriz atormentada atrapada en el rodaje de una cinta de ciencia ficción mientras emprende una búsqueda desesperada por hallar a su padre desaparecido, en paralelo a la travesía del Soldado K (Charles Melton), un marine estadounidense enfocado en un objetivo complementario y trágico: rescatar a su propia hija perdida de los rincones más salvajes de la ciudad.
Bajo la superficie de este thriller hiperestilizado, late la rigidez de los cuentos de hadas tradicionales, cuyas estructuras analizó Bruno Bettelheim desde el psicoanálisis. Aquí, la desaparición de los padres funciona como la transgresión inicial. Es el punto de quiebre absoluto que deforma el orden del mundo y empuja a los protagonistas a madurar a la fuerza en el plano del inconsciente. Sin embargo, Refn esquiva las polaridades simplistas del relato infantil. Elle no se enfrenta a una villana de una sola pieza; por el contrario, debe confrontar una red de relaciones profundamente bivalentes y ambiguas. Esto se encarna en su madrastra (Havana Rose Liu), una figura que no es meramente gélida, sino un imán de fascinación y rivalidad. Los límites morales y del deseo se rompen por completo cuando la protagonista decide seducir al amante de su madrastra, utilizando la provocación como el único puente disponible para intentar llegar a ella. De este modo, el viaje por Tokio no es un mero recorrido geográfico, sino una reacomodación psíquica y un juego de espejos edípico donde el héroe idealizado -el Soldado K- y el monstruo devorador -el hombre de cuero- representan las dos caras de un trauma del que la protagonista necesita emanciparse para hallar su propia identidad. Esta transición es conducida por una casi total ausencia de narración lineal, que es suplantada por una sucesión de imágenes puramente alegóricas; una decisión formal que responde al profundo tributo simbólico que el director sigue rindiendo al cine de Alejandro Jodorowsky. La influencia de la “psicomagia” se vuelve evidente en la insistencia visual sobre ciertos elementos corporales, como los planos fijos y recurrentes que apuntan a las manos de los protagonistas funcionando a modo de herramientas de sanación o de daño, los espejos que duplican las identidades fracturadas y la presencia de rituales crípticos con fluidos y masks, utilizando estas potentes metáforas visuales para sortear la lógica racional del espectador y apelar directamente al inconsciente.
Esta inmersión en lo abstracto encuentra su catalizador definitivo en la evolución cromática y sonora de la puesta en escena, marcando el trayecto que Refn ha recorrido desde el synthwave dosificado y urbano de Drive, pasando por el neón decadent de los suburbios de Only God Forgives, hasta el paroxismo estético de The Neon Demon. En Su propio infierno, la luz deja de ser un marco decorativo o una simple firma de identidad visual para configurarse como el vehículo narrativo principal: el neón define los límites de la niebla, tiñe las intenciones bivalentes de los caracteres y separa los mundos habitables de las pesadillas. Sin embargo, este vacío de palabras se complementa con un explícito homenaje al giallo de Dario Argento y al imaginario gótico de Mario Bava. Refn adopta de forma deliberada el cine fantástico italiano de explotación de los 60 y los 70, poblando la pantalla de encuadres donde las actrices se mueven con una belleza artificial y estática similar a la de maniquíes vivientes. El broche de oro de este cruce de influencias lo aporta la hipnótica partitura de Pino Donaggio. La música se erige, al mejor estilo de Douglas Sirk, en un dispositivo melodramático fundamental que reemplaza por completo a las palabras; la composición opera de forma continua y omnipresente, un narrador invisible que a veces susurra y a veces grita las emociones internas del cuadro. Así, la película se instala en la retina como un test de Rorschach cyberpunk que divide aguas; un largometraje de ritmo extático cuyo clímax final clausura el relato en una ambigüedad sobrecogedora. Las hacedoras de reyes le ofrecen a Elle los simbólicos guantes del mutilado Leatherman. ¿Ella los acepta? En este punto regresa el peso simbólico de Jodorowsky estalla por completo: el uso de los guantes activa un definitivo acto psicomágico sobre sus manos porque oculta la verdad. No hay liberación real en ese gesto, sino la violenta perpetuación del trauma familiar. ¿Y el Soldado K encontrando a su hija? Hay una redención engañosa. El marine no es más que un espejo idealizado: la proyección inconsciente del padre protector que Elle desearía tener. Su milagroso final feliz ocurre solo en la mente de la protagonista, como un último refugio de fantasía antes de despertar.
Para Refn la tesis es implacable. Del infierno personal no se escapa mediante el milagro; se sobrevive asumiendo la propia monstruosidad.
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(Estados Unidos, Dinamarca, Japón, 2026)
Dirección: Nicolas Winding Refn. Guión: Esti Giordani, Nicolas Winding Refn. Elenco: Sophie Thatcher, Charles Melton, Havana Rose Liu, Kristine Froseth, Shioli Kutsuna, Aoi Yamada, Hidetoshi Nishijima, Diego Calva, Dougray Scott. Música: Pino Donaggio. Fotografía: Magnus Nordenhof Jønck. Producción: Nicolas Winding Refn. Duración: 109 minutos.









