A Sala Llena

Tartufo

Libro: Moliére. Adaptación: Roberto Tito Cossa. Dirección: Sergio Bermejo. Producción general: Tedrys Teatro. Producción ejecutiva: Giuliana Regazzoni. Vestuario: Mariela Daga. Escenografía: Estudio Crisálida.  Elenco: Sergio Bermejo, Maximiliano Cabrera, KatherIne FeItl, Mariano González, Daniela Greatti, Joaquín Herrera, Emanuel Hojman, Claudia Pennella, Giuliana Regazzoni, Silvina Spatzill, Carlos Villalba. Prensa: Tedrys Teatro.

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(Por alus. a Tartufe, protagonista de una comedia de Moliére).

  1. m.Hombre hipócrita y falso.

Con solo decir Tartufo se dibuja en nuestras mentes una mentira. Atrocidad, falacia, impostura, falso devoto. Y sin embargo, si lo pensamos un poco mejor, aquello que repulsa es reflejo sinonímico de una sociedad apestada por el absurdo. Absurdo es todo en Tartufo, absurdo absoluto somos nosotros. Escrita en el siglo XVII por el padre de la comedia francesa, representada ante el rey, causa de escándalo y de prohibición, su contemporaneidad hoy solo puede leerse en clave de farsa que, irremediablemente, nos explota en la cara.

¿Qué hacer entonces frente a tanto absurdo? Reír. Reírnos de la hipocresía que nos atormenta y que nos construye, como sombras del espíritu humano que somos a pesar de nuestra voluntad, o por ella. El grupo teatral Tedrys logra nuevamente -como lo viene haciendo a paso firme y con una solvencia arrolladora- no solo hacerle honor a una obra clásica, sino también generar nuevos sentidos con una puesta clara y concreta. Se despliega entonces en el escenario una mágica pieza, que fluye orgánicamente entre risotada y risotada, sin vaivenes ni sobresaltos.

Sergio Bermejo se desdobla en director y protagonista, y el talento se despliega por partida doble. Tartufo le sienta de maravillas, tanto moviendo los hilos directivos de ese coro de hipócritas, como en la piel del hipócrita número uno. Verlo en escena caracterizando a un ser vil, pero astuto, y comunicando su mundo internamente oscuro con solo la gestualidad, un par de miradas cómplices con la platea, con sutiles ademanes y potentes media sonrisas, apabulla, asombra y conmueve. La empatía es, en cierto punto, el pecado del espectador, porque el Tartufo de Bermejo es exquisito.

Lo acompañan un puñado de grandes actores, que exprimen correctamente las características de cada uno de los personajes, estereotipos de antes, y, sí, también, estereotipos al son de este siglo XXI. Entre grandes actores, todos enlazados por una particularidad y perfil actoral de la compañía, resalta brillantemente, casi como el segundo bastión de la obra, Giuliana Regazzoni, joven actriz que ha sabido acaparar todas las miradas en puestas anteriores de Tedrys, y que sigue redoblando la apuesta con posturas corporales increíbles, tonos de voz correctos, y una veta cómica que es muy difícil de reconocer en actrices de esta generación. Brillante su personificación de Dorina, esa mucama que es hilo conductor y conciencia sin filtros de una familia ejemplificadora del caos oculto en una farsante calma.

La escenografía, a cargo del Estudio Crisálida, y el vestuario, de la mano de Mariela Daga, potencian y estimulan la puesta y juegan un papel importante en la narración, los climas, las atmósferas que se van destejiendo en esa madeja de verdades a medias y completas mentiras.

Y el final, diferenciación esencial de la puesta del icónico Roberto Tito Cossa, adentra al espectador en un bacanal orgiástico, en el que todo está permitido, aceptado, perdonado, porque no hay en Tartufo ni un solo personaje que pueda escudriñar la ley por su moral, la justicia por su ética. En ese final igualador e indómito, todos son inocentes o culpables, todos. Absolutamente todos son partícipes necesarios para la subsistencia de un orden social, claramente desdibujado entre lo correcto y lo que conviene.

La versión de Cossa es defendida de maravillas por un grupo teatral que no tiene desperdicio. ¡Es un aviso! Cuando Tedrys anuncia una nueva obra, hay que verla. Por varias razones; es un seguro de buen teatro, de trabajo a pulmón y logros abrumadores. Y la razón más loable es que de la fidelidad a su estilo, surge una fuerza que mana de una tarea grupal real, de los sueños convertidos en labor colectiva, que solo puede dar un solo resultado: Un homenaje al teatro.

 

Teatro: Taller del Ángel – Mario Bravo 1238

Entrada: $ 120 / $80

Funciones: Sábados 20:00 hs.

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Por Agustina Salvador

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