A Sala Llena

The Master, según Emiliano Fernández

La ferocidad del engaño.

No podemos más que celebrar el grado de irreverencia e inconformismo con el que Paul Thomas Anderson ha administrado su carrera como realizador. Claramente hablamos de una de las pocas figuras que subsisten en el firmamento cinematográfico construyendo obras adultas que habilitan múltiples interpretaciones, siempre portadoras de una riqueza intrínseca sin igual. El primer testimonio de su talento lo tuvimos mediante esa trilogía de comedias dramáticas sardónicas con las que se dio a conocer, léase Juegos de Placer (Boogie Nights, 1997), Magnolia (1999) y Embriagado de Amor (Punch-Drunk Love, 2002), opus tajantes cargados de una inusitada virulencia formal y destinados a la polémica.

Sin embargo la verdadera sorpresa llegaría con un cambio mayúsculo que implicó un “desplazamiento del eje” con respecto a lo que había constituido su devenir profesional hasta la fecha. Petróleo Sangriento (There Will Be Blood, 2007), a la que debemos calificar como su obra maestra, abandonó por completo los flirteos tragicómicos de las historias corales símil Robert Altman y giró el timón hacia la frialdad quirúrgica del extraordinario Stanley Kubrick; basada principalmente en una estructura narrativa muy compleja, una puesta en escena exquisita, una crítica a los mitos que sustentan el “sueño americano” y un retrato meticuloso de personajes algo ambivalentes y -hasta por momentos- quijotescos.

Respetando a rajatabla ese pasado inmediato, The Master (2012) continúa en tono e idiosincrasia el camino trazado por el film con Daniel Day-Lewis aunque en este caso modificando el tópico central e invirtiendo la polaridad. Si antes teníamos una trama que cubría la existencia de un magnate petrolero como metáfora del capitalismo estadounidense y su vacío moral, puesto en evidencia a través de la relación con su hijo, hoy estamos ante el itinerario durante la década del 50 de un veterano alcohólico de la Segunda Guerra Mundial y su encuentro fortuito con uno de los primeros líderes new age del Siglo XX, cabeza de una “religión” incipiente que guarda muchas semejanzas con la “cientología”.

El pobre de Freddie Quell (un excelente trabajo de un renacido Joaquin Phoenix) no sólo está sobrellevando a duras penas el stress post bélico, sino que además padece arrebatos esporádicos de furia. Así las cosas, el señor se sube a un navío a cargo del enigmático Lancaster Dodd (Philip Seymour Hoffman) y de repente comienza un vínculo tan extraño como las mismas actividades en las que están involucrados esta suerte de “gurú metafísico de la autoayuda”, su familia y un séquito de creyentes de la sanación supraterrenal, los viajes en el tiempo, los tratamientos sustentados en ataques verbales extremos y todo lo relacionado con “la causa”, por la que se desviven y eventualmente terminan encarcelados.

Anderson toma la alegoría del “dragón domado” para enfatizar el doble fracaso que denuncia el convite a nivel general, el del culto para con la reformulación hegemónica del carácter de Quell y el de la sociedad norteamericana en lo referido a la apertura de una salida espiritual válida capaz de subsanar tanta frustración y ansiedad. Así como detrás de la fachada de las buenas intenciones de toda religión se esconden la ferocidad, el odio y la hipocresía, la película examina las distintas etapas que el protagonista “va quemando” bajo el ala de Dodd; estados heterogéneos que abarcan ser un bufón, un esbirro, un patético conejillo de Indias, un portavoz y finalmente un perro faldero al que se le tiene gran cariño.

Esa violencia a punto de estallar, las secuencias fragmentadas y un verosímil por demás eficaz, sumados a la fotografía de Mihai Malaimare Jr. y la bella música incidental de Jonny Greenwood, son los ingredientes centrales de una propuesta prodigiosa que incluye detalles de las vidas de Jason Robards y John Steinbeck, para el caso de Quell, y de L. Ron Hubbard, para el adalid del engaño, Mr. Dodd. Como una elegía a todos los “solitarios y egoístas” de este mundo, el director replica el final de Petróleo Sangriento regalándonos una obra inquietante que estimula el debate y pone en cuestión la mercantilización de la fe, el facilismo de la cultura masiva y la sumisión como “respuesta natural” de los sometidos.

calificacion_5

Por Emiliano Fernández

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