A Sala Llena

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CRÍTICAS - CINE

La plaga: Vermin (Vermines)

Un desierto oculta, bajo sus rocas, en el abrazador calor solar, una especie de araña peligrosa pero aparentemente importante para la ciencia y el tráfico. Por eso, apenas arranca Vermines, lo primero que podemos ver es a un grupo de hombres arribar en camioneta dispuestos a llevarse tantas alimañas de estas como sea posible. Uno de ellos es picado y posteriormente asesinado a sangre fría por uno de sus compañeros. Lo que da una pauta de que en Vermines las cosas se pueden poner feas, muy feas. 

Uno de los especímenes capturados cae en una tienda de AliExpress en un suburbios de Francia, lugar que alberga en gran parte, gente de clase baja. Kaleb es un joven que vive junto a su distante hermana, sin padres que los protejan y que se dedica a delinquir para poder sobrevivir, moviendo su negocio bajo las narices de los residentes del edificio en donde vive: un espacio arquitectónico extraño en forma circular, como una de esas colosales obras que en su ambición fallida y rareza estructural, quedan apartadas por el paso del tiempo y por su extravagante apariencia. En ese mismo espacio, Kaleb utiliza un depósito para acumular todas las adquisiciones que recolectan día a día para su ilícito negocio y que incluyen todo tipo de zapatillas, bicicletas y cualquier cosa que se les cruce para poder vender o revender. 

Kaleb, que visita asiduamente la tienda de AliExpress ve un espécimen de araña, una de las que fueron capturadas al inicio de la película y que aguardan en lo oscuro de una oficina, entre tantas otras criaturas que allí se trafican ilegalmente. El jóven la compra sin titubear. 

Al llegar a su casa la guarda en una caja de zapatillas provisoriamente hasta armar un hábitat adecuado con una pecera como las que tiene en su cuarto, colmada de otras criaturas a las que cuida amorosamente como todo amante y estudioso de estos bichos. Su sueño es abrir un reptilario para exhibir todas sus criaturas. De ésta manera Kaleb, para el ojo del espectador se transforma en otro tipo de personaje: uno con ambiciones pero que la vida lo llevó ineluctablemente por mal camino. Lo interesante es que en Vermines no se juzga el accionar de su protagonista. Sabemos que su postura es antiética y antimoral, pero no se detiene en la moralina fácil y edulcorada. Por el contrario, se puede decir que el film, más allá de todo cuestionamiento social, reflexiona sobre el mundo que rodea al protagonista (que es también, el que nos rodea a nosotros) y con ello cavila profundo en aspectos simbólicos sobre cómo opera el capitalismo y los fantasmas y secuelas que este deja a su paso: desde la venta de animales exóticos sin noción de su peligrosidad, hasta llegar a las zapatillas que se acumulan en el galpón de Kaleb. 

Esto se vuelve un hecho parcial que conecta y cierra el sentido de su simbólica a través de dos elementos a los que, en el film, se accede de forma ilícita: la araña y las zapatillas. El calzado, uno de las prendas que más alimentan el fetichismo popular en la sociedad, adquiere aristas representativas que abren el camino a que el constructo de Vermines se despliegue como un abanico de ideas y formas: a Kaleb se le escapa el escurridizo arácnido y se esconde dentro de uno de los calzados que ya tiene un ansioso comprador, también residente del edificio donde vive el protagonista. Kaleb concreta la venta de las zapatillas y el comprador, al probarlas en su departamento, es picado por el bicharraco que la habita dentro. Debido al veneno, extremadamente letal, este sufre una lenta y  horrenda muerte. Como es debido, la plaga de arañas se irá desparramando paulatina pero exitosamente a lo largo de cada departamento, de la misma forma que lo hace el capitalismo en cada uno de nuestros hogares y en nuestra vida. Por eso, la zapatilla/araña/plaga da forma y sentido a su avance indiscriminado.

Y una vez que se desata el infierno, las autoridades, al saber la peligrosidad del asunto, somete todo el bloque a una cuarentena que deja encerrados no sólo a Kaleb, su hermana, su mejor amigo (con el cual se peleó hace tiempo y que abre un arco emocional dentro de la psicología del personaje central) y la novia de éste último, además a todo un grupo de vecinos que deberán arreglárselas como pueden para combatir la letal plaga que se extiende progresivamente y que además, se adapta a las condiciones que la rodean. Es decir, irá mutando en forma acelerada, hasta transformarlos en verdaderos monstruos. Allí la película se acerca bastante a la ciencia ficción clase B en su espectro narrativo más económico, pero más rico en su función representativa y que pone de manifiesto animales aterradores que acechan a un grupo de personas encerradas en un espacio determinado. Punto. Sin vueltas. 

Así Vermines transita los límites de films de grandes directores como, por ejemplo, John Carpenter o George Romero: aquellos que no le temían a la clase B más radical, a los monstruos, los fantasmas, asesinos, zombies, vampiros, aliens o cualquier otra figura malvada para hablar, en realidad, de cómo el mundo se va a la mierda, lidia con la política o cómo las sociedades se desintegran o el capitalismo avanza y arrasa con todo o cómo el pasado vuelve para tomar revancha por terribles actos en un tiempo pasado. El film de Sébastien Vanicek disfraza así su compleja pero acertada visión del mundo con una historia lisa y llanamente básica, pero efectiva en todos los frentes. Vermines es, además, un sentido relato de camaradería, de amistad y lazos, bien ejecutado y que emociona con buenas armas, sin caer en efectistas golpes bajos que busquen la aprobación segura del espectador más sensible y de fácil acceso. Bajo esta fórmula simplificada es donde puede moverse con comodidad, como cualquier otro relato que sabe, al fin de cuentas, que menos es más y que resumir o simplificar ideas es más rendidor que cualquier intento de evangelizar con (malas) intenciones intelectualoides.

No nos engañemos, que las películas con tramas complejas, vueltas de tuercas imposibles, frases crípticas y supuesta técnica poética, no son más que obras escapistas que sólo hacen mención al existencialismo pretencioso de sus personajes, en su función más liberal y aburguesada posible, con una solemnidad fulminante y subrayada. Sin dar nombres, claro, pero entendiendo el concepto que las suele caracterizar. Vermines utiliza un lenguaje, digamos, popular, para referirse inteligentemente a todo aquello que apunta. 

La película, por su parte, se toma en serio lo que habla, pero no como lo habla, lo que puede parecer que asistimos apenas, a un relato de supervivencia y horror ordinario que no esconde ninguna función trascendente o profunda por detrás. Por el contrario todo lo que vemos en ella se llena de sentido, tanto narrativo (el por qué Kaleb no jura, la foto junto a su amigo que guarda desde hace años, la gotera en el depósito que daña la caja de zapatillas y que la araña usa para escapar y así) como en su dualidad estético/simbólica (el edificio en forma circular que simula una tela de araña gigante y que yuxtapone a sus habitantes con los arácnidos en sí, la plaga de arañas que emula el avance aterrador del capitalismo, la catábasis/anábasis de Kaleb dentro del edificio, la luz como arma y elemento de salvación y liberación, etc, etc.) y todo lo que puede desprender dicho apartado intertextual y poético. Esto último que no suene irremediablemente a una trampa de pretensiones y alardes que dejen mareado al lector. Que es un film acertado, bien definido y que no deja, en su complejo pero no inaccesible apartado simbólico, cabos sueltos, ni ideas mal llevadas para degustar es cierto, así como su espeluznante, efectiva y sumamente disfrutable funcionalidad narrativa nos deja pasar un buen rato frente a la pantalla, que es a su vez, un enorme y revelador espejo. 

(Francia, Estados Unidos, 2023)

Dirección: Sébastien Vanicek. Guion: Sébastien Vanicek, Florent Bernard. Elenco: Théo Christine, Sofia Lessafre, Jérôme Niel, Finnegan Oldfield. Producción: Harry Tordjman. Duración: 106 minutos.

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