A Sala Llena

Club de Confesiones

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Club de Confesiones

Dramaturgia y Dirección: Patricio Abadi. Idea Original: Patricio Abadi. Escenografía: María Laura Mourenza. Vestuario: Ana Nieves Ventura. Iluminación: Sergio Barattucci. Diseño Sonoro, Música Original y en Vivo: Lucas Chevasco. Asistente de Dirección: Liz Acosta. Intérpretes: Patricio Abadi, Natalia Farano, Sergio Barattucci, Piren Larrieu, Junior Lareo, Ana Nieves Ventura. Prensa: Claudia Mac Auliffe.

Si no le temés al vacío, estás listo para confesarte…

Cuando el año pasado vi Ya no pienso en Matambre ni Pienso en el Vacío, me llamó mucho la atención la forma en que el humor negro se infiltraba en anécdotas de la vida cotidiana. A pesar de ver siete u ocho monólogos esa noche, había una unidad temática, una misma estética, un tono marcado y unicorde, pero personajes fantásticos, divertidos, situaciones o reflexiones comunes en un marco surrealista.

Este aspecto sumado a cierta espontaneidad, donde el artista juega en el límite o borde de la seriedad y sutileza es lo más rico de la técnica de Patricio Abadi.

Ojo, hay que entrar en el código. Esto no es stand up, ni comedia circunstancial. Estamos hablando de una única obra, escrita por un único dramaturgo con diversos personajes que desfilan sobre un escenario manifestando sus miserias.

Club de Confesiones, sigue un poco la línea de Matambre, con respecto al tono humorístico y el patetismo de sus personajes, pero la impronta es menos adrenalínica, más calmada.

Abadi, en doble rol de presentador y monologuista entra tímidamente al escenario, como si fuese una primera sesión ante un psicoanalista. Va tomando confianza con el espectador, se va acomodando y empieza a presentar a sus confesores.

En primer lugar, pasa una bailarina clásica (Natalia Farano), única superviviente de una tragedia aérea en Brasil, náufraga que tuvo que recurrir al canibalismo para sobrevivir. Ella le da paso a Carlos, un psicoanalista defraudado con su profesión, que cuenta anécdotas propias y de pacientes para dar a entender porque está insatisfecho y debió haber recurrido al test vocacional. La tercera confesante, es parte del staff del Club (ficcional), Mechi (Ana Nieves Ventura), que narra las penurias que pasó una noche buena, en la que su padre estuvo gravemente internado. Por último, pasa Nicole Kidman (Piren Larrieu), una doble exacta de la actriz hawaiana pero proveniente de la Patagonia. La frutilla de la torta son el propio Abadi y una historia de necrofilia, y Sergio Barattucci con un relato sobre infidelidades.

Todas estas historias conforman un inteligente espectáculo que ahonda sobre problemas de la psiquis. Como si fuera una terapia grupal, las historias se suceden y van adquiriendo tintes bizarros, oscuros, escalofriantes y grotescos al mismo tiempo.

A la vez, cada anécdota y confesión encierra otra historia, y cada monólogo tiene el mecanismo de una caja china. De esta manera lo que puede aparentar ser, un hecho cotidiano que nos puede pasar a cualquiera termina siendo algo espantoso, que demuestra lo horrible que puede llegar a ser en su interior con sus fantasías y deseos reprimidos, el ser humano.

Si Matambre era una obra filosófica / existencialista, Confesiones es netamente un caso para manifestar entre psicólogos, pero no es obra para psicólogos… No confundamos las cosas. Abadi le pega lindo y parejo a Freud, y sus discípulos. Cuestiona la ciencia como tal, si es una rama de la medicina o simplemente un oficio.

Cada caso, tiene un origen psiquiátrico: la paranoia, la doble personalidad, la necrofilia, el intento de suicidio, etc, pero todo está sutilmente encarado, tapado e incluso ridiculizado por un humor negro absurdo que funciona coherentemente y provoca grandes carcajadas entre el público, posiblemente porque también juega con la empatía y la identificación del espectador burgués promedio que se analiza habitualmente. Las inseguridades de los personajes al pasar al frente, son comparables a lo que sentiría cualquiera, al que se lo interpela de esta manera.

La escenografía sencilla (con un busto aristotélico como principal compañía y objeto de catarsis de los personajes) y la iluminación apropiada para resaltar diversos momentos de cada monólogo, otorgan mayor personalidad y distinción al espectáculo. La caracterización de cada artista es fundamental. Se destaca principalmente la transformación (y elección) de Piren Larrieu. Realmente guarda un gran parecido con la Kidman: en la sonrisa, postura, mirada, forma de hablar y modular. Es perfecto el estudio que hizo Larrieu sobre la ex de Tom Cruise. Además la anécdota es divertidísima.

Y eso es lo más atractivo de la propuesta. Realmente podríamos sentir pena por cada personaje, tiene conflictos reales y muy dramáticos (incluso el primero si lo comparamos con la tragedia del equipo de rubgy en la cordillera andina). Pero la sonrisa y el humor con que desde los personajes, se trabaja la tragedia, es lo que hace a la obra, más oscura de lo que es, y al mismo tiempo más llamativa. El patetismo causa un doble efecto en este caso. Matambre era netamente más ligera y banal a comparación. Si uno realmente entra en el universo de los personajes, no hay nada de lo que se pueda reír.

Es muy bueno el acompañamiento musical variado de Lucas Chevasco.

Es posible que el ingenio de los textos, así como las interpretaciones vayan increscendo. Con esto me refiero, a que cada monólogo que pasa es más divertido, irónico y al mismo tiempo cínica que el anterior, lo que permite mantener en cierta forma, el interés del público. Igualmente, mantiene una línea temática regular y las interpretaciones son completamente destacables. Cada artista aporta algo: actitud corporal, carisma, virtuosismo, sensibilidad con el público. Además del humor, claro.

Muy disfrutable. Reír para no llorar.

Teatro: La Clac – Av. De Mayo 1156

Funciones: Sábados 23 Hs

Entrada: Desde $50

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