A Sala Llena

¨The Americans¨. Notas y apuntes sobre las primeras cuatro temporadas

1-EL TEMA EN CUESTIÓN

A la hora de embarcarnos a mirar una serie es clave saber la cantidad de temporadas con las que cuenta y cuánto estamos dispuestos a soportar. Si tantas veces nos ocurre que dentro de una misma temporada la sensación es que poco tienen los autores para narrar y se siente que cada peripecia está estirada al máximo, generando una construcción rítmica espasmódica que transforma al relato en una experiencia soporífera y redundante, manteniéndonos como espectadores fieles por la sola razón de querer saber cómo termina. O mejor dicho, nos despiertan una especie de placer perverso, queremos ver hasta dónde son capaces de llegar con semejante cantidad de hechos que se vuelven obscenos en tanto y en cuanto son verdaderamente innecesarios. Porque son vacíos de sentido, porque nada tienen para contar.

Así las series con muchas temporadas suelen caer en la vuelta de tuerca de la vuelta de tuerca y un abusivo uso de efectos y pirotecnias para intentar retener la mente del espectador, que a esa altura llega anestesiado y, digámoslo, convertido en zombi. Porque así nos quieren. Anestesiados y zombis, siguiendo la corriente de un sin fin de capítulos que no cuentan nada más allá de sus formas.

The Americans hace la diferencia. Porque sus autores saben que tienen mucho para contar, con la clara intención de despertar a los espectadores –a veces con una cosquilla y otras con un cachetazo–  en cada uno de los capítulos. Espectadores que los seguimos escena tras escena, capítulo tras capítulo, de manera atenta y activa. Porque cada escena, cada transición, cada diálogo invita a los espectadores a pensar, a sentir la emoción, a entender a cada personaje. Porque todos tienen sus razones. Porque cada capítulo es una joya de puesta en escena; porque hay un sentido que recorre toda la serie y cada una de sus temporadas. 

Veamos en detalle cómo funciona, porque es una verdadera lección de cómo debieran ser todas las series que se arriesgan a más de una temporada. Y debiera ser una lección para nosotros como espectadores. No nos dejemos anestesiar, seamos espectadores activos, que buscamos ver sólo aquéllas series que nos alimentan el alma, el espíritu y la inteligencia.

El ejercicio entonces es entender el por qué de cada temporada. Porque cada una encierra un tema, una idea central a través de la cual se construyen cada uno de los detalles que la componen.  En la primera temporada el tema es la pareja, y son el amor y el sexo, la mentira y la verdad las cuestiones que se mueven capítulo a capítulo para contar lo central. En la segunda temporada el tema es la familia, los padres y los hijos. En la tercera temporada el tema es la fe, la religión y lo sagrado; pero sobre todo la fe. En la cuarta temporada podemos decir que el tema central es la soledad, la soledad y los amigos, porque es a través de la presencia o ausencia de amigos que se construye esa soledad. Finalmente y recién asomándonos a la quinta, podemos decir que intuimos el tema, sabiendo que en cada temporada el tema cobra su forma definitiva hacia el capítulo once, en donde los autores hacen la coronación final, vamos a arriesgar. Quizá el tema de esta quinta temporada sea la patria, o la tensión entre la patria y la familia. Tema que pesa y acompaña en las temporadas anteriores, pero que por lo visto, parece ser el central esta vez.

Desde luego, lo genial es que el tema inicial de la serie, que es la pareja, no se abandona nunca. Siempre está y funciona en relación y en conflicto respecto a los otros temas. Si en la cuarta temporada el problema es la soledad y los amigos, la pareja es un eje más en cuanto al tema. Porque además, como The Americans funciona siempre en base doble, porque en todos los capítulos los conflictos son espejados y simétricos, entonces siempre el tema central tiene su contraparte.  Así por ejemplo, en la temporada cuatro, el tema de la soledad funciona espejadamente con el tema de los amigos; y los amigos funcionan espejadamente en relación a la pareja; y la pareja en relación a la soledad. Y así en esta forma de triángulo de parejas se construye el tema central de la temporada.

Si hasta ahora los temas de la serie fueron pareja, familia, fe y amistad (y, agregamos, la patria); podríamos decir que la serie recorre aquellas columnas que sostienen lo humano. Y es por eso que The Americans trasciende más allá de sus efectos visuales, de sus vueltas de tuerca, y de su primera historia  –que es necesario decirlo, porque no hay tema si no hay primera historia– que es un potente relato de espías. Gracias a esa primera historia sólida, misteriosa, llena de acción y entretenimiento, es que la serie puede asentarse en esos temas que son en verdad lo trascendente. Porque si bien raras veces entre los espectadores puedan encontrarse espías; todos, absolutamente todos hemos vivido las cuestiones vinculadas a la pareja, a la familia, a la fe y a la amistad.  

Saber narrar así es saber y entender el sentido de lo humano y el sentido del arte.  Porque agreguemos que en The Americans todos los temas son recuperados desde el sentido de lo trágico. Y esto no implica necesariamente la muerte, aunque sí, hay muchos personajes queridos que mueren trágicamente. Sino más bien porque se entiende que todos aquellos temas que abarcan a cada una de sus temporadas tienen la condición de ser trágicas porque existe un límite. Y ese límite es el límite a lo humano. Porque siempre hay algo más, hay algo extra que está operando por sobre las acciones y las experiencias humanas, es decir de los personajes. Y ese algo más que en  la primera historia de The Americans es la patria (sea la norteamericana o la soviética); en la segunda se configura como ese límite que entiende otra cosa. Que nos lleva hacia lo metafísico; hacia lo religioso; hacia lo sagrado.  

Decíamos que cada episodio está construido de manera especular. Siempre en base doble, y esto colabora para que su universo funcione de manera simbólica. Porque esa forma especular, doble, tiene como objetivo hablarnos de varias cosas a la vez. Una cosa es la que efectivamente vemos, y otra es la que vamos entendiendo cuando descubrimos esa otra parte del relato, esa otra historia que siempre está oculta, y dispuesta a aflorar ante aquellos espectadores que entienden que el mundo no se construye de manera literal. Que para que las cosas ocurran no hay que gritarlas, sino más bien, decirlas con un susurro. Si hablamos a los gritos, dificilmente alguien nos entienda. En cambio si hablamos bajitos, casi susurrando… y The Americans es un susurro permanente. 

Así The Americans nos devuelve la libertad. Esa que reclamamos a los gritos, esa que buscamos en cada rincón del mundo. The Americans nos da todo eso que buscamos porque nos devuelve a nuestra verdadera forma de ser. Y esa es la función del arte. El resto es anestesia; el resto es virus zombi; el resto es vacío.

2- BAUTISMO

Repasemos brevemente la trama de The Americans: Elizabeth y Philip son dos espías soviéticos que viven infiltrados en la Estados Unidos de los años ochenta, y realizan diariamente tareas de espionaje. Pero también están casados desde que llegaron, como parte del camuflaje. Camuflaje que a fuerza del paso del tiempo se convirtió en verdad. Elizabeth y Philip además de tener grandes aptitudes como espías y de compartir misiones ultra secretas y peligrosas, tienen dos hijos: el pequeño Henry y la jovencita Paige, que ignoran la verdadera identidad de su padres.

A lo largo de la serie y a medida que las misiones crecen tanto en riesgo como en la posibilidad de que ambos sean descubiertos por el FBI; crece también la preocupación de Philip y Elizabeth por sus hijos. ¿Qué pensarán cuando se enteren de la verdad? ¿Qué les ocurriría en caso de que alguno de los progenitores muera en una de las misiones? Y unas cuantas preguntas más que ambos se hacen con una creciente y constante intranquilidad. He aquí una de las líneas trágicas tal como lo mencionamos más arriba.

Una de las formas de acceder a las ideas que encontramos en la serie, es detenerse en los detalles de puesta en escena, y en cómo por sucesión y acumulación los espectadores realizamos un recorrido que empieza con la primera historia para ingresar después y si queremos a los niveles simbólicos.

Elegimos entonces dos momentos que nos resultan centrales en cuanto a la construcción dramática y simbólica de la serie: la relación entre madre e hija, entre Elizabeth y Paige.

En el capítulo 2 de la primera temporada, “The clock”, Elizabeth hace variados intentos de acercamiento a su hija adolescente, quién la mira con desconfianza. “Las chicas no vamos al shopping a comprar corpiños con nuestras madres; vamos con nuestras amigas”, le dice Paige entre avergonzada y distante. 

Unas escenas más tarde y como parte de un caso, Elizabeth haciéndose pasar por enfermera, pincha a un joven con una aguja. Primero actuando distraídamente para aplicarle una enfermedad; y algunas extorsiones más tarde y una vez conseguido su objetivo vuelve a pincharlo, esta vez con su consentimiento, con una jeringa que contiene su antídoto.

Caso resuelto. Peligro terminado. Elizabeth intenta un nuevo acercamiento hacia Paige. Esta vez la chica duerme y la madre, en medio de la noche la despierta. “¿Viste que te dijimos que recién podrías perforarte las orejas cuando tengas quince?” le dice Elizabeth en un susurro. “Podrías hacerlo mañana con tus amigas; o podría hacértelo yo ahora mismo. Mi mamá me lo hizo cuando tenía tu edad”. Paige sonríe y acepta gustosa la propuesta de la madre, que hielo en mano le duerme el lóbulo de la oreja para atravesarlo con la aguja que hará lugar a los aros. De la oreja de Paige cae una pequeña gota de sangre que mancha la sábana de la cama. Elizabeth un poco con culpa y otro poco con una sonrisa, pasa sus dedos por la pequeña gota de sangre. 

En esta escena pequeña y hermosa, los autores de la serie sintetizan varias ideas. Por un lado la sutil simetría con esa aguja que Elizabeth utiliza tres veces. Las primeras dos veces como parte del peligroso caso, para infectar-extorsionar-sanar a la víctima; la última en cambio es símbolo, porque Elizabeth convierte esa aguja que fue parte del caso que la mantuvo lejos y preocupada por su hija, en una herramienta de acercamiento y cuidado maternal. Por otro lado, esa pequeña gota de sangre, orgánica con la acción    –es decir la primera historia– que es pinchar la oreja, se anuda con una segunda, que es la mirada de esa madre que ve a su hija como una mujer que está naciendo; gota de sangre de oreja, gota de sangre que podría ser menstrual. Ese acto de perforar la oreja de su hija por un acto de coquetería, se transforma en manos de Elizabeth en un rito de pasaje. 

Belleza, sutileza y sencillez. La puesta en escena, cuando es simbólica, es acto de pura libertad. 

Pasemos ahora a la temporada 3. Porque la relación entre madre e hija sigue avanzando a lo largo de una sucesión de escenas que poco a poco y susurro mediante, van armando una construcción simbólica tan compleja como bella y conmovedora.

En primer lugar, tenemos una escena en la que Elizabeth descansa desnuda en la bañera llena de agua, en el baño de su casa. Se la ve un poco tensa. Claro, sus jefes soviéticos le han pedido que le diga la verdad a su hija Paige (que ignora que es hija de padres soviéticos porque ha sido criada como una buena norteamericana) y que además la reclute como agente para la KGB. Elizabeth duda, pero en el fondo sabe que tarde o temprano se lo va a decir, porque ese es su destino. Ella cree de verdad en su patria, en su causa. Sabe que hay algo más, algo que está por encima de su vida, de la de sus hijos, de la de cualquiera. Porque Elizabeth cree que es posible hacer que el mundo sea mejor y sabe que eso implica sacrificios. Sabe que eso implica poner el cuerpo en todos los sentidos en los que es posible hacerlo. Porque tiene una causa, porque tiene una poderosa fe. Porque cree. Y si bien su fe le demanda cuerpo y alma, y muchas veces sufrimiento, desengaño, celos y abandono y también desarraigo, está convencida de que el único camino es ese. El del sacrificio.

Decíamos, Elizabeth está inquieta en la bañera. Porque sabe que Philip su compañero agente también de la KGB; Philip su marido que es fachada para ocultar la verdadera identidad; Philip que es inevitablemente su amor –aunque no siempre–; Philip el padre de sus hijos, no está de acuerdo con decirle a Paige la verdad. No quiere que Paige se sacrifique, porque Paige va a cumplir 15 y es joven e inocente y tiene que ir a la universidad. Y no va a entender sobre la causa. No va a tener fe.

Elizabeth tiene todo eso en la cabeza, y mientras piensa, se sumerge en la bañera. Su cuerpo entero queda bajo el agua, y así gracias al agua, recuerda. Recuerda aquella vez en que Paige era niña y ella la llevo a una gran pileta cubierta, con malla, con gorro de baño y con toalla. Pero la nena no quiere tirarse al agua, tiene miedo. Elizabeth mamá le dice que no tenga miedo, que el agua es linda, que le va a gustar. Y Paige que no, que tiene miedo. Elizabeth la agarra, la abraza, la consuela… y la tira al agua.

Elizabeth se incorpora en la bañera para tomar una bocanada de aire, después de aguantar la respiración bajo el agua. Fin de la escena.

Todo esto continúa algunos capítulos más adelante. Desde hace algunos episodios (entiéndase unos cuantos meses) Paige asiste, gracias a la influencia de una nueva amiga, a una iglesia protestante. Fue a los encuentros de jóvenes, participó de protestas pacifistas en contra de las armas, organizó almuerzos a beneficio y aprecia mucho al pastor Tim y a su mujer. Elizabeth ha realizado grandes esfuerzos por acompañarla y aceptar ésta decisión de su hija, aunque no logra compartir ni entender su fe. La iglesia protestante es, a los ojos de Elizabeth, un producto más de esa sociedad capitalista y liberal, esa sociedad que es su enemiga mortal. Para Elizabeth lo de Paige no es fe, no es lucha verdadera. Porque no hay sacrificio, todo es plena comodidad. Para comprender este punto es necesario detenernos en lo que la primera historia cuenta, y lo que la segunda nos susurra. 

Es evidente, Elizabeth desprecia a la iglesia porque es comunista. Es agente de la KGB de esa patria atea que ha eliminado de su esfera toda fe en otra cosa que no sea la patria, la causa. Perfecto. Si embargo, si seguimos el recorrido de Elizabeth, su vivencia de cada una de las misiones que se le presentan, esa experiencia sacrificial con la que se enfrenta a cada una de las situaciones y su incansable fe en la posibilidad de construir un mundo mejor, sabiendo que toda ella está destinada a vivir para esa causa; deberíamos entender entonces que los autores de la serie nos están diciendo otra cosa. Elizabeth carga en su alma y en su cuerpo la verdadera escencia de cristianismo. Su recorrido, las pruebas que ella debe atravesar, nada tienen que ver con ser comunista, sino más bien con ser una verdadera católica. La iglesia protestante es su enemiga no por ser comunista –si somos astutos tenemos que entender que la mirada de los autores convierten a EEUU y la URSS en dos figuras espejadas, dobles y por lo tanto iguales– sino justamente porque la fe, el sacrificio, la capacidad de Elizabeth de ofrecer todo lo que es y todo lo que tiene a una causa, es la verdadera forma religiosa y de experiencia crística. Elizabeth entiende y nosotros con ella, que esa iglesia protestante no es más que otra de las formas que tiene el enemigo de distraernos.

Si dudan de esto, es fácil. Vayan al final de la temporada 1 y vean en donde hieren a Elizabeth. Esa herida de bala, ese disparo mortal, es en el costado del abdomen. En el mismo lugar en el que Cristo recibiera la herida de una lanza. Esto por sí sólo no es símbolo, pero en sumatoria, la herida de bala ya no es solamente una herida de bala. Si queremos, lo vemos y sino, seguimos mirando solamente la primera historia, nadie nos obliga. Porque los autores nos dejan elegir. No gritan; nos susurran.

Sigamos; porque esto sigue. Elizabeth arrodillada en el piso del baño, limpia la bañera mientras Philip parado sobre la puerta la mira, y discuten. Discuten porque al día siguiente es el bautismo de Paige en la iglesia protestante y tienen que aceptarlo. Y discuten también porque Elizabeth confía en su hija, en su carácter fuerte y su coraje, en ese espítitu de sacrificio que empieza a despertarse;  y está cada vez más decidida a decirle la verdad para que Paige asuma su destino. Lo acepte. Lo abrace; abrace la misma fe que su madre. Pero Philip sigue pensando que no, que es una niñita, y que a ella no le corresponde asumir la causa de sus padres.

Fnalmente, llega el bautismo de Paige. En la iglesia y sobre el atrio una gran bañera en la cual está metida Paige, de pie y lista para el ritual. Vestida con la tunica, dispuesta a recibir la bendición. El pastor Tim dice que no es un ritual, que es una fiesta. Y entonces sumerge a Paige de cuerpo entero en la bañera. La imagen es, ahora sí, simétrica con la de Elizabeth. Y sin embargo al ver a la madre mirando a su hija lo sabemos: el pastor, el bautismo, esa iglesia y esa fe son una farsa. Porque Paige ya fue bautizada hace unos cuantos años atrás, y está lista para recibir su destino, para ser parte de la verdadera fe. No es el pastor Tim el responsable de su bautismo; fue su madre Elizabeth al arrojarla aquella vez en la pileta. 

Elizabeth, la madre. La que sabe de verdad lo que es la fe. La que entiende que hay algo más, que es superior a su vida, a su cuerpo, a su familia. La que entiende que la única forma de que exista un mundo mejor es a través del sacrificio de lo propio, de todo, del espíritu. Es la que tiene la capacidad de iniciar verdaderamente a Paige, la que le muestre el camino hacia la fe. La que le perforó la oreja, la que la arrojó a la pileta. Porque para ella no es una fiesta; para ella, para Elizabeth se trata de ritos iniciáticos y cada una de estas cosas en sus manos, la acercan más y más a lo sagrado.

3-LO QUE TIENE MI VECINO

Dijimos ya que cada capítulo, cada temporada y la serie en su totalidad se sostiene en base doble. Utiliza el mitologema en varias, múltiples, repetidas ocasiones. O siempre. Quizá esto seas así, porque en realidad todos somos dobles, todos adoptamos diversas máscaras frente a las distintas situaciones a las que nos enfrentamos cotidianamente. Y porque también, a todos nos gustaría tener diversas vidas posibles. Porque imaginarnos o fabricarnos  esas vidas posibles son una de las formas de escape que tenemos cuando la vida ordinaria, cotidiana, rutinaria nos aprieta y nos asfixia. Las vidas posibles que The Americans nos ofrece son la vuelta al mito, a la aventura, a la razón de ser de nuestra existencia. Porque vamos, pensar que vinimos a este mundo para producir dinero, para comprarnos más cosas, para trabajar más horas, para tener más dinero…

En fin. Lo cierto es que allí están Philip y Elizabeth para hacernos vivir a través de sus aventuras y sus múltiples personalidades, otras vidas posibles. 

Y como dijimos, si la serie está estructurada en base doble, es porque entiende todo esto, y más.

Seamos precisos: temporada 5, capítulo 1. 

Descubrimos a Philip y Elizabeth transmutados en los padres adoptivos de un adolescente vietnamita, que prontamente se nos revela como agente colaborador de la pareja. Su misión: hacerse amigo de un joven soviético recién llegado de la URSS junto a sus padres, desertores ellos de la patria. La familia simulada debe vigilar a la familia desertora; y entonces logran que los inviten a una cálida cena. Allí el padre ruso compara la ardua vida en la URSS con la afable vida estadounidense. Vivíamos en un departamento compartido con otras dos familias, teníamos que compartir el baño; dice el hombre. Todos se miran, asienten, simulan amistosamente. Todo hermoso.

Apenas una o dos escenas después Stan, el vecino agente del FBI, prepara algo de cena para recibir a Paige y Henry los hijos de Philip y Elizabeth, que a sus ojos están trabajando hasta tarde en la agencia de viajes, la fachada del matrimonio espía. 

Paige está de novia con Mathiew el hijo de Stan, y todo parece una fiesta. Stan disfruta de recibir a sus jóvenes vecinos y al pasar y a modo de chiste les dice: deberían decirles a sus padres que se muden aquí, así viviríamos todos juntos.

Brillante. El doble, el espejo, lo opuesto. Mi vecino el enemigo tiene aquello que yo quiero. ¿Es que los seres humanos nunca estaremos conformes con lo que tenemos? ¿Será que siempre estaremos anhelando aquello que tiene el otro? Esa insatisfacción constante es la que nos lleva a creer que necesitamos trabajar más, para tener más plata, para comprar más cosas. The Americans sin embargo, nos propone algo más. Nos susurra todo el tiempo que el asunto está en otro lado. Ese deseo permanente, esa búsqueda, esa insatisfacción constante toma cuerpo en la puesta en escena del mitologema del doble, porque es a través del mitologema y sus forma operativa en que esa búsqueda se materializa. Ese deseo de otra cosa. El anhelo de algo más.  

Esto es The Americans. Nunca lineal, nunca literal, nunca con un sólo sentido. En este mundo cada vez menos simbólico, más literal y políticamente correcto. En este mundo cada vez más gritón, que se olvida de lo sensual del susurro, mirar cada capítulo  de The Americans es, sin más, un rito de iniciación. 

 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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