A Sala Llena

12 Años de Esclavitud, según Carlos Rey

¡Todo lo alcanzarás, solemne loco, Siempre que lo permita tu estatura! Decía uno de los viejos poemas de Pedro Bonifacio Palacios (más conocido como Almafuerte) y es una frase que se puede pensar hasta para ver un partido de fútbol, pero hoy toca aplicarla al señor Steve McQueen y a su obra por el motivo del estreno de su última película, 12 Años de Esclavitud, a la que le dedicaremos las próximas líneas.

¿Cuál es la estatura de McQueen como director? ¿La pétrea e inmóvil Hunger o la gélida y vergonzosa Shame (calificar a Shame de vergonzosa no es jugar con las palabras ni adjetivar, cuando Michael Fassbender llora mientras coge la vergüenza ajena se apodera de cualquier ser humano con sentido común)? A priori parece una estatura bastante corta, y volviendo a la frase de Almafuerte y desarmándola, más cercano a lo solemne que a lo loco. No hay mejoras a la vista en 12 Años de Esclavitud, por el contrario, las pocas virtudes de sus anteriores películas se desvanecen y el relato se convierte esquemáticamente zonzo y televisivo.

12 Años de Esclavitud es una versión a destiempo de los clásicos televisivos de Hallmark de los 90, con el mismo nivel intelectual que esos films. El melodrama del tipo que vive una tragedia, es secuestrado y obligado a ser esclavo y vive en un infierno que McQueen se atreve a mostrar sin pudor y sin distancia es llevado con eficacia por Chiwetel Ejiofor, pero la película se convierte en una fórmula que vimos repetidas veces sobre el tema y en el peor de los modos. El tema de la esclavitud lo vimos con mucho más cinismo y vorágine cinética en Django sin Cadenas el año pasado, esa velocidad cinematográfica que descansaba en un conocido y pensado clasicismo. Pero no le pidamos peras al olmo, la distancia entre esta película televisiva y una que descansaba en el cine clásico es la misma que existe entre la dupla Tarantino-DiCaprio y McQueen-Fassbender: los primeros, yanquis, son versiones vivas del clasicismo, los segundos, europeos, nos atemorizan permanentemente con un manierismo solemne.

Y faltaba la desconfianza total hacia el cine y hacia el espectador y aparece Brad Pitt, 5 minutos, a contarnos lo mal que está el mundo. No, esa línea narrativa cazabobos, que atrapa a críticos desprevenidos y a la gente de la academia de cine, no se la dieron a un actor secundario, se la dieron a Pitt, una estrella de Hollywood y financista de la película, para que tenga mucho más peso simbólico del que corresponde.

Evidentemente, hay algo que le costará mucho a McQueen alcanzar, y es hacer una buena película. Parece ser que no se lo permite su estatura. Ni solemne ni loco.

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Por Carlos Rey

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