A Sala Llena

13 Assasins

13 Assassins (Japón, 2010, 121’), de Takashi Miike

Miike es posiblemente el gran director del cine japonés en la actualidad y aun ritmo de dos películas por año navega habitualmente por varios géneros y siempre sale con la frente en alta. En 13 Assessins, una remake de una película de 1963, Miike vuelve al cine de samuráis y como sabemos, el cine de samuráis resulta al cine japonés como el Western al cine americano, es decir, recupera la épica del cine asiático. La premisa de la película es clara; 13 asesinos samuráis deben matar a Lord Naritsugu para que no se convierta en el nuevo Shogun y Miike logra un enfrentamiento en crescendo que termina explotando en una

antológica escena de acción donde los samuráis se enfrentan a todo un ejercito entero y Miike despliega todo su sabiduría cinematográfica para que seamos felices y nos vayamos a casa con una sonrisa de oreja a oreja.

Por Carlos Federico Rey

Si tuviera que definir la última obra del gran Takashi Mike me atrevería a decir que es un western con samurais, y ciertamente como hoy me dijo otro gran colaborador de esta página existe una estrecha relación entre las películas norteamericanas de género western y las japonesas de samurais, ambas son pilares fundamentales de la cinefilia de sus respectivos países. 13 Asesinos es la remake de la película del mismo nombre de 1963, y cuenta la historia (real) del fin de una época en Japón, la caída del Shogun, el fin de la era de los Samurais. Dividida en 2 partes la primera dando una mirada retrospectiva  e introduciéndonos en la cultura japonesa con mucho respeto,  reverencia y un dejo de melancolía por algo que se acaba, con personajes fuertes muy bien construidos; la segunda una impactante batalla de cerca de 50 minutos donde Mike echa mano a todos sus recursos, con una impactante fotografía y coreografía. Si comparamos con otras películas de la filmografía de Miike, nos encontramos con un Miike más contenido, para todo público, aunque la película tiene un par de perlitas que solo notará el cinéfilo y un final con mucho de autohomenaje.

Por Pedro Matías Costa

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