A Sala Llena

47 Ronin

47 Ronin (Estados Unidos, 2013)

Dirección: Carl Rinsch. Guión: Chris Morgan, Hossein Amini. Elenco: Keanu Reeves, Hiroyuki Sanada, Min Tanaka, Jin Akanishi, Ko Shibasaki. Producción: Pamela Abdy, Eric McLeod. Distribuidora: UIP. Duración: 118 minutos.

Un samurái perdido en Hollywood

Partiendo de la base de que estamos ante otra obra pirotécnica “made in Hollywood”, y no ante una adaptación a la pantalla grande de una leyenda japonesa, como lo fue el caso de 13 Asesinos de Takashi Miike, lo primero que se puede decir de la ópera prima de Carl Rinsch es que resulta un híbrido entre una aproximación hollywoodense a un clásico de la cultura japonesa y una propuesta fantástica basada en la noción de “brujería y demonios”. La hermosa Rinko Kikuchi, que hace poco se enfrentaba a los Kaiju en Titanes del Pacífico, hoy es una bruja/ mujer/ loba, que de una forma muy extraña encaja como una pieza más dentro del universo diegético que plantea la película.

La premisa incluye la venganza de un grupo de ronin -ex samuráis- que, desterrados de Ako luego de que su Señor fuese obligado a cometer seppuku por una ofensa relacionada con la brujería, deciden recuperar el honor con la ayuda de un mestizo, Kai (Keanu Reeves).

El diseño de producción capta la grandeza visual del imaginario del Japón feudal pero no logra mantener una coherencia estilística debido a la cantidad de géneros que confluyen en el relato: por un lado tenemos los elementos místicos y sobrenaturales -propios de la leyenda en la que está basada la película- y por el otro, el verosímil en cuanto a los espacios y los rituales. La película tiene una puesta en escena bastante esquizoide: chocante por momentos debido a los paisajes japoneses, el vestuario de los personajes y los encuadres que buscan realismo y fantasía al mismo tiempo, como una criatura monstruosa vía CGI, no obstante jamás se descuida el aspecto visual.

Los diálogos son poco atractivos, a veces distantes, otras veces anémicos. Pero el gran problema de 47 Ronin es que le cuesta definir a su protagonista. Por su esencia de producto ultra comercial está claro que debería ser Keanu Reeves con sable en mano, pero Sanada -que interpreta a Oishi (el líder de los ronin)- es quien realmente aporta el carisma y la presencia de un protagonista. Es a través de él y los demás actores japoneses que nos vemos inmersos en la época del Shogunato.

Si bien los elementos fantásticos opacan la historia de sacrificio, venganza y honor, de alguna manera esta superproducción artificiosa de “samuráis a la Hollywood” se las arregla para que todo se ensamble, logrando algún tipo de embrujo indescriptible en la hibridación que propone.

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La leyenda se degrada

Los acontecimientos históricos llegan a la industria del espectáculo procesados, pasteurizados, saborizados, empaquetados y listos para ser consumidos por un público asumido como ignorante, inculto y desesperado por consumir falsas emociones que alivien el dolor de su pobre existencia cotidiana.

47 Ronin (2013) narra un famoso episodio de la era Meiji, en el Japón de principios del Siglo XVIII, en el cual un grupo de samuráis planificó y ejecutó el asesinato de un oficial de la corte en venganza de una serie de provocaciones que condujeron a la muerte de su señor feudal. La historia es una alegoría sobre la tradición, el honor, la lealtad y el sacrificio dentro del código bushido de los samurái, en contraposición a los valores occidentales que rápidamente comenzaban a imponerse en la corte japonesa con la modernización impuesta por el Emperador para quebrar el poder del shogunato. Esa fue la fortaleza sobre la cual creció la leyenda. En el film, la magia se mezcla con el mito en una historia bastante trillada, imbuida por el espíritu de la espectacularización y bien alejada de lo mejor del cine histórico japonés.

Kai (Keanu Reeves), un huérfano hijo de un marino inglés y una campesina japonesa, criado por unos sacerdotes ermitaños con misteriosos poderes, es encontrado por Asano, señor de la comarca de Ako, quien decide adoptarlo a pesar de la reluctancia de los samuráis de su corte. Debido a su condición de mestizo, Kai no puede convertirse en samurái ni vivir con el resto de los ciudadanos de Ako, convirtiéndose en una especie de paria que asiste a los samurái y a la familia de Asano.

La magia como banalidad es introducida a través de una bruja malvada y pérfida que conspira para interceder en una disputa feudal entre Asano y Kira (un señor feudal arrogante de una provincia vecina a Ako), a favor de éste último. La rivalidad entre Kira y Asano llega a su clímax durante la celebración de un torneo en honor a la visita del Shogun (título que se confunde en la película con el del Emperador) por obra de un hechizo, que lleva a Asano a imaginar en sueños que Kira intenta violar a su hija, Mika. Asano intenta matar a Kira mientras éste duerme, pero es detenido a tiempo por sus propios guardias. La ley dice expresamente que el atacante debe ser ejecutado pero por respeto a su legado, el Shogun le consiente que Asano cometa Seppuku, un suicidio ritual que le permite mantener su honor, el de su familia y su tierra. Con Asano muerto, el Shogun decide unir en matrimonio a Mika con Kira para finalizar con la rivalidad de las provincias y desmembrar al ejército samurái de Ako, convirtiéndolos en Ronin, samuráis sin amo. Los indicios de traición y el encarcelamiento de Oishi lo convencen de la necesidad de emprender el camino de la venganza para restaurar el honor y salvar a Mika del casamiento.

El abuso de los efectos especiales, la necesidad de justificar el recurso innecesario del 3D, el ad hoc de la magia y la occidentalización de la trama con la consecuente pérdida de credibilidad en una historia realmente rica, empañan un relato que parte de la solida base de una leyenda que marca la identidad de un país que vivió aislado del resto del mundo y emprendió uno de los procesos modernizadores más drásticos durante los Siglos XVIII y XIX.

Por Martín Chiavarino

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