A Sala Llena

Bastardos sin Gloria, según Florencia Gasparini Rey

ADVERTENCIA: Lo que leerá a continuación no pretende ser una crítica, ni un comentario, ni nada que se asemeje a una observación objetiva. Es una deliberada apología al mejor maestro vivo que un cinéfilo pueda tener en este siglo. Afortunadamente estamos en un site muy democrático, así que si busca una verdadera crítica, quizás debería inclinarse por alguna de las otras opciones que se le ofrecen del mismo film. No diga que no le avisamos.

Muchos dicen que después de Kill Bill Vol. 1 Tarantino perdió la magia, que se “ablandó”, que se “aburguesó”, que ya no es el mismo de Tiempos Violentos, ni de Perros de la calle

Podrán escuchar las más variadas opiniones al respecto y en general, la crítica mundial no ha sido muy generosa con él últimamente. Pero esta humilde servidora hará uso del “poder” que le ha sido otorgado en este espacio, para plegarse al sentimiento de los miles de fans que –en menos de una semana– colocaron a su última película en el puesto 35 del Top 250 de imdb.com, la base de datos cinematográficos más grande del planeta cibernético. 

Porque Quentin es así: lo amás o lo odiás, lo entendés o no lo entendés… Como decía un corto institucional de una pasada edición del BAFICI: “si no es para vos, no es para vos”. No hay vuelta que darle. Aunque quieras ponerte serio, objetivo, firme (quizás éste sea el término más acorde a esta historia de soldados rebeldes), si sos del bando defensor, te será inevitable sentir cómo se te acelera el corazón apenas ves la placa que dice “Capítulo 1”, hasta estallar como consecuencia de un indescriptible éxtasis cinematográfico, al final de la primera secuencia de su tan esperado nuevo film.

A partir de entonces uno queda poseído, ha sido deshumanizado. Después de esa escena inicial y por las próximas dos horas y minutos, nada será lo mismo. Es imposible recobrar la cordura tras una escena que no hace más que desarmarnos, plantarnos en un nuevo universo, con otras reglas: a partir de ahora, vale todo. Esta es la historia más delirantemente irrespetuosa que el cine jamás se haya atrevido a contar, sobre la Segunda Guerra Mundial.

Para esto, nuestro héroe QT se sirve de los más variados y extravagantes personajes, encabezados por Aldo Raine –líder de los bastardos–, en la piel de un Brad Pitt que no pretende ser un duro ni un malo de los típicos del cine bélico, sino que lo hace al estilo tarantinesco, es una caricatura de malo, un malo de “pulp”. Es obvio que si el director hubiera querido un verdadero “duro” no hubiera buscado al tierno-por-excelencia de Pitt.

La contrapartida de éste es el alemán de pura estirpe Hans Landa, interpretado de manera escalofriante –y al mismo tiempo magnífica– por Christoph Waltz. Su personaje es de esos que erizan la piel con su solo caminar. Él es el verdadero malo de una película donde, en realidad, no hay buenos, o quizás hay malos menos malos que otros… Porque nada es políticamente correcto, porque ni siquiera la pobre víctima inocente, la bella y angelical Shosanna (Mélanie Laurent) es tan tierna como parece al principio.

Capítulo a parte es la participación del incomprendido protegido de QT, el entrañable (por las entrañas que se desparraman indiscriminadamente en sus pelis, claro) Eli Roth. Está bien claro que si “papá Quentin” lo pone a su pollo en semejante película es porque sabe lo que hace. Por eso le da un personaje acorde a sus capacidades. El Sargento Donowitz es un troglodita que mata nazis a “batazos”, eso es todo. Nada de diálogos inteligentes, nada de expresiones emotivas, nada de nada. Solo un bate de béisbol y toda su fuerza bruta. Y Roth se luce, sí, porque además su “papi adoptivo” se reserva para él la frutilla del postre (y hasta acá llego con la explicación, porque no quisiera caer en el spoiler), cuando la vean, entenderán de lo que hablo.

De más está decir que, como siempre, Tarantino nos deleita a cada momento con un festín de referencias y guiños al cine que ama(mos). La música de Morricone, los homenajes al western de Leone, y una frase final –con mirada a cámara–  completamente ególatra y autorreferencial, como si el propio director estuviera invitándonos a aplaudirlo desde el último fotograma de su obra maestra.

Hay mucho más para decir sobre este film, tanto que se haría demasiado aburrido leerlo. Desde mi humilde y sincera opinión, en tu lugar yo no perdería más tiempo leyendo críticas. Simplemente abandonaría todo por las próximas dos horas y media, para internarme en la sala más cercana a disfrutar de esta maravilla cinematográfica que se ha dado en llamar Bastardos sin gloria.

He dicho.

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