“Voy a acostarme. Estoy curado, renuncio a escribir mis impresiones día por día, como las niñas, en un lindo cuaderno nuevo.”
Jean-Paul Sartre – La náusea
A continuación, una serie de anotaciones, apuntes, ideas (exagero) y temas varios que, como ya es una costumbre, seguramente retomaremos en otro momento.
O no. Vaya uno a saber. Aunque nos cueste, ya empezamos a despedirnos de una nueva edición del querido festival de Jeonju. Una más.
1. Príncipes y mendigos
“Una casa era pobre,
otra rica…
Fácilmente se explica
que no pudo ser.”
Homero Expósito – Absurdo
En la recepción de despedida un miembro del staff (no del equipo de programación) le pregunta a la directora Angela Summereder, directora de B wie Bartleby (2025), su opinión sobre la película de clausura, The Longest Night: Namtaeryeong (2026) de la realizadora Kim Hyun-ji. La austríaca responde, como corresponde a su origen, de manera seca y cortante. La película no le gustó y, aunque entiende lo que puede representar para la audiencia coreana, le encuentra todo tipo de reparos a las decisiones estéticas del film. The Longest Night: Namtaeryeong es un documental que cuenta un hecho muy particular de la política coreana reciente y de la aún más particular reacción de un sector de la sociedad. La noche que el presidente Yoon Suk-yeol declaró la ley marcial mucha gente salió a las calles. Las manifestaciones públicas en Corea del Sur, debo aclararlo, están muy lejos de las que conocemos en Argentina y otros países vecinos. Por empezar, la policía coreana no porta armas. Entre los grupos que tomaron las calles se encontraban los trabajadores agrícolas, que aquí no son poderosos hacendados dueños de millones de hectáreas, ya que el tamaño del país no lo permite, sino verdaderos trabajadores. Uno de ellos, protagonista en el documental, cuenta que la decisión de dirigirse al centro de Seúl en los tractores que usan en sus trabajos, fue debido a que su esposa le dijo que se veía más cool arriba de un tractor que de a pie. Y allí partieron entonces los trabajadores a bordo de sus vehículos. Sin embargo la policía tuvo la idea de frenarlos para que no lleguen al centro de la ciudad, ubicando una serie de buses (colectivos) en las rutas de Namtaeryeong (de ahí el título) uno de los puntos más comunes de entrada y salida a la ciudad. Entonces es cuando ocurrió lo más inesperado, ante el sitio creado por la policía, los trabajadores agrícolas decidieron permanecer, exigiendo a las autoridades que los dejen avanzar. Y aquí las cosas empiezan a complicarse, ya que a partir de la difusión por redes sociales sobre lo que estaba ocurriendo, miles de personas se dirigieron al lugar en cuestión en solidaridad con los trabajadores, pero lo más extraño fue que la mayoría de ellas eran jóvenes mujeres de alrededor de 20 años, quienes antes nunca habían participado de movimientos políticos, ni siquiera de eventos multitudinarios artísticos o de cualquier índole, ya que muchas de ellas militaban (no se me ocurre otra palabra) la timidez, lo que incluso lleva a una de las protagonistas a responder las preguntas oculta bajo la cabeza de un oso creada por Inteligencia Artificial (un momento tan divertido como extraño). La timidez, el encierro en lo virtual, es algo que define a gran parte de la juventud no solo coreana, sino asiática en general. La gente, autoconvocada, siguió llegando a Namtaeryeong lo cual creaba problemas de todo tipo. Con la noche llegó el frío y el hambre, ya que los pocos lugares de alimentos (esos convenience stores, especies de supermercaditos que tienen de todo y están abiertos las 24hs, agotaron pronto sus reservas). Aquí aparecen otros héroes de la historia: los motoqueros. Muchos ciudadanos anónimos comenzaron a enviar alimentos, ropas y elementos de abrigos a los sitiados manifestantes a través de deliveries, los motoqueros (una profesión que estalló en Corea luego de la pandemia, pero que solo realizan personas que están en una zona muy baja de la escala social) en vez de detenerse ante la barrera de los policías, encontraban por todos los medios la forma de llegar a la gente con los víveres y demás cosas. La noche, como indica el título, se hizo eterna y fría. Las jóvenes manifestantes y los obreros agrícolas para soportar el frío cantaban, bailaban y daban discursos que más que políticos parecían sacados de las páginas de un blog escrito por un adolescente. Las muchachas iluminaban la noche con esos palitos luminosos tan comunes en los recitales de artistas del K-Pop. (Si Susan Sontag hubiese nacido en Corea, en vez de “Notas sobre lo camp”, habría escrito “Notas sobre lo cute”). En todo esto no había lugar para políticos ni aspirantes a políticos, solo gente común que veía como un sector del partido gobernante hacía lo posible para alterar sus vidas para peor. Todo esto mientras el congreso decidía el futuro del país y de sus máximas autoridades. Como estamos en Corea y no en un país latinoamericano, las cosas terminaron de la mejor manera posible, sin represión policial ni heridos y con el congreso sacando del cargo al presidente quien luego terminaría preso con una condena de por vida y reemplazado por otro que parece que está haciendo las cosas bien. O al menos un poco mejor. El documental, como decíamos, es desprolijo en sintonía con ese mundo adolecente de las redes sociales, utilizando sobreimpresiones de mensajes, tuits, textos en diferentes redes sociales, material televisivo y registros visuales en todo tipo de formatos. No estamos aquí en presencia de esos documentales que se plantean previamente ser elegantes y sofisticados dispositivos que dan cuenta de realidades ajenas a los realizadores. Pero entre todas esas desprolijidades cinematográficas, se cuela la emoción. Es imposible no dejar caer algunas lágrimas antes esa inesperada unión entre chicas tímidas que apenas salen de sus casas, con los trabajadores agrícolas en su lucha por continuar con sus vidas de una manera, digamos, normal. Uno de esos trabajadores, en un reportaje posterior, dijo que fue la primera vez en su vida que utilizó la palabra “feminismo”.
El documental de Angela Summereder, con quien comenzamos este texto, está en las antípodas del documental coreano. B is for Bartleby, ya desde su título, nos habla de formas artísticas elevadas, de la literatura grande y de un personaje que atravesó el tiempo para transformarse en un adalid de la modernidad. Preferir no hacerlo es una frase potente, pero que, como todo hoy en día, también podría adornar la remera de algún hipster. La película, que es más un documental es un ensayo (les debo la diferencia, anótenlo), nace de una necesidad personal de la directora, a partir de quien supo ser su pareja y colaborador de los Straub: Benedikt Zulauf (aparece como actor en History Lesson), quien tuvo la idea de adaptar la nouvelle Bartleby, el escribiente de Herman Melville, pero que no logró llevarlo a cabo a causa de su muerte. Summereder utiliza esos recuerdos como punto de partida y nos hace escuchar las ideas de Zulauf, pero la película que realiza nada tienen que ver con una adaptación fiel, todo lo contrario, es una aproximación tan personal como caprichosa en donde la hilación de ideas e imágenes termina funcionando como un cuaderno de notas sobre el recuerdo de alguien que alguna vez soñó con adaptar esa historia. Una película fina y elegante pero en la cual, al igual que el documental de las niñas coreanas, la emoción, otro tipo de emoción, más austríaca, también logra colarse en entre esas bellas imágenes filmadas, por qué no, en 16mm.
Hubo otro documental coreano que también hizo de cierta desprolijidad su punto fuerte, se trata de Karma (2026) del realizador Kim Myunwoo, en donde el mismo realizador registra y nos cuenta la vida de su padre, un Beommusa, que en Corea son una especie de gestores comerciales que ayudan a la gente a lidiar con sus problemas económicos, vulgo deudas, frente a los bancos u otras personas. El problema es que el padre también sufre a su vez de muchas deudas debido a sus malas decisiones con el dinero y entonces el hijo, que como decía antes es también el director, comienza a trabajar con su padre al mismo tiempo que realiza la película. La historia tiene sus ramificaciones familiares, una madre que abandonó la familia para transformarse en una monja budista (no sé si la definición es correcta), un abuelo que vive en soledad y en condiciones que están lejos de ser las mejores, y una oficina, el espacio donde se desarrolla casi la totalidad de la historia, que en su desorden imposible de papeles y archivos, hizo mis delicias y provocó el espanto de mi querida esposa. Iba a utilizar estos documentales para tratar de explicar esta división entre los artistas serios y sofisticados, y los otros, los que buscan simplemente hacer una película con las pocas y más inmediatas armas que tienen a su disposición, pero, creo, lo dejaremos para otro momento. Como todo deudor, yo tampoco me hago cargo de mis deudas hasta que se hace demasiado tarde.
2. Ser norteamericanos
Yo soy más fuerte que vos
vos simplemente sos más grande que yo
Jonathan Richman – Not Yet Three
Ser norteamericanos (título original: The Making of Americans) es una extensísima novela, casi ilegible de tan buena. Su autora es Gertrude Stein y es una obra de cuando los genios eran personas complicadas y no simplones con facilidad para el sermón como en estos tiempos. Ahora los norteamericanos no son lo que eran, pero siguen siendo lo que siempre fueron. Un imperio al que poco le importa lo que ocurre en el resto del mundo. Y cuando les importa, es peor. Para ellos el resto del mundo es un solo lugar, en el que todo y todos, tienen una sola particularidad: no ser norteamericanos. Así fue como en la década del 50 Marlon Brando pudo interpretar a un japonés en La casa de té de la luna de agosto (1956), Mickey Rooney al también japonés Mr. Yunioshi en Breakfast at Tiffany’s (1961) (me niego a utilizar el título en castellano) y tiempo después Maruschka Detmers a una latina en Los reyes del mambo tocan canciones de amor (1992). Ni hablar de los personajes hablando en inglés con un ridículo acento italiano en películas como Ferrari (2023) o La casa Gucci (2021), uno de las formas del suspension of disbelief más imposible y que sorprende que aún se sigan sosteniendo en estas épocas, sin que los críticos (norteamericanos o de los otros) se indignen mucho. (Aunque siento que estoy cayendo en el terreno de lo políticamente correcto y la denuncia de los Estados Unidos de norteamérica como un imperio malvado, nada más lejano a mi interés en este texto. Gran parte de mi formación cultural y gustos, como la de la mayoría de nosotros, pertenece a dicho país. Siganme, aunque quizás los defraude.) Quienes tengan, o hayan tenido, la desgracia de lidiar con norteamericanos durante festivales de cine saben que tienen la tendencia a juntarse entre ellos (las funciones de Cannes de títulos gringos son una especie de spring break cinéfilo, con tipos con gorritos -aunque estos también podrían ser críticos de cine españoles- aullando ante la presencia de algún nombre famoso de esos pagos), y cuando participan en festivales más chicos, lo único que parece importarles es hacer un poco de turismo, quizás ver alguna película y poco más. Las fechas de Jeonju caen siempre pocos días antes del comienzo de Cannes, lo cual también le sirve a los críticos como una parada previa al evento francés. Recuerdo una vez, hace ya unos años, a un crítico nortemaericano a quien durante la recepción de clausura del festival coreano, un programador le preguntó qué películas había visto, ya que todo el mundo solo se lo encontraba en restaurantes y lugares de paseo. El crítico en cuestión respondió con títulos muy obvios que seguramente había visto en otros lugares, no sabía nada de las obras coreanas que se estrenaron durante esos días y ni siquiera sabía que el festival había albergado, bajo el sello del Jeonju Cinema Project, el estreno mundial de la película de un autor extranjero de renombre. Pero nada parecía provocarle mucha culpa. Yo sé, tengo informantes, que a los programadores esas actitudes les molestan mucho, aunque debido a su cultura, no se lo suelen reprochar a los críticos gringos. Simplemente dejan de invitarlos sin mayores explicaciones. También debo aclarar que el “ser norteamericano” no se reduce a los nacidos en esas tierras, muchas personas que viven o fueron a estudiar ahí, también adoptan sus (malas) actitudes como si fueran algo que hicieron toda la vida. Claro que no siempre es, o fue, así, pero es una actitud que se repite. Por otro lado, el crítico francés de la revista de cine más famosa del mundo, no para de asistir a funciones, participa en los Q&A y charla con los directores luego de las proyecciones. Pero este ya es otro tema, como la falta de interés de los medios argentinos hacia el que quizás sea el festival que, en promedio y sin contar con los hispanoparlantes o dedicados a latinoamérica, programa más películas argentinas en el mundo. Algo entendible, Corea queda muy lejos. Y además ya empieza Cannes y hay que informar lo que todos los medios del mundo informarán. Una y otra vez. No sea cosa de que no nos enteremos de la duración de la nueva película de Almodóvar. Al final este texto se me hizo demasiado extenso y un tanto, creo, confuso, cuando lo podría haber resumido todo con el título de una de las películas de Claire Denis: US Go Home.
3. Los peligros de Jeonju (toma 2)
“Cuando me falta el dinero
Me arrimo a los extranjeros.”
Garcia / Aznar – Cucamonga dance
Este año el festival no llevó a cabo el Jeonju Cinema Project, un concurso para futuras películas, en el que supieron resultar ganadores títulos recientes como Samsara (2023) de Lois Patiño y DIRECT ACTION (2024) de Ben Russell y Guillaume Cailleau, y que consiste en una importante suma de dinero a cambio de que la película en cuestión tenga su estreno mundial en el festival un año después de recibir el premio. Jeonju, aparte de pedir que la película lleve el sello del festival, no interviene en ningún aspecto artístico o formas de producción, simplemente confía en los directores. Así de sencillo. Esta idea surgió como una forma de asegurarse los nombres de autores consagrados cuando el festival recién comenzaba y, a pesar de tener un perfil diferente, se les hacía difícil competir con el poderoso festival de Busan. Los programadores de entonces tuvieron la idea de transformarse en productores de cortometrajes de directores conocidos, aprovechando el bajo costo que la todavía reciente tecnología digital permitía. Estamos hablando de principios del 2000, una época en donde “filmar” en video todavía era visto con malos ojos. Cuenta la leyenda que un director se negó a participar, asegurando que nunca iba a realizar sus películas en ese formato. De todas maneras, así fue como consiguieron que nombres como Claire Denis, Pedro Costa, Hong Sang soo, “nuestro” Matías Piñeiro (les debo la larga y fructífera historia de la Argentina con Jeonju), Lav Diaz, Bong Joon Ho, José Luis Guerín, Harun Farocki, en fin, la lista continúa y es impresionante, estrenaron sus trabajos en el festival bajo el nombre de Jeonju Digital Projects. Los cortometrajes en cuestión, a veces agrupados por el año de realización en un “paquete” pero también por separados, recorrieron el mundo y pusieron el nombre de Jeonju en el panorama de los festivales internacionales.
Con el tiempo la idea cambió, ya que con el dinero de los cortos y los rápidos cambios en la tecnología, los programadores tuvieron otra idea, invertir en vez de en tres cortos en un largometraje de directores quizás no tan consagrados, pero a quienes podrían ayudar a continuar su obra y, de nuevo, seguir imponiendo el nombre del festival coreano en el mundo. Al principio la idea funcionó, títulos como El movimiento (2015) de Benjamín Naishtat y la coreana The First Lap (2017) de Kim Dae-hwan, tuvieron su premiere mundial en Jeonju y después siguieron su camino participando, y también ganando, premios en Locarno. Pero las cosas cambiaron, primero con títulos que no llegaban a tiempo o lo hacían en versiones no del todo terminadas (work in progress), hasta que en el 2019 todo cambió para mal cuando el festival de Locarno le exigió a la película Isadora’s Children, de Damien Manivel, que sólo formarían parte de la competencia si el estreno mundial era de ellos, y por razones extrañas el festival coreano aceptó y la película del bailarín francés solo tuvo funciones en Jeonju en el mercado y para pocos espectadores. A partir de ese entonces, no todos, pero casi, empezaron a utilizar el dinero recibido por los coreanos para seguir juntando más dinero y tratando a toda costa de estrenar en festivales más grandes. Así fue como las mencionadas Samsara y DIRECT ACTION triunfaron en la desaparecida sección Encounters de la Berlinale, para luego seguir por otros festivales y finalmente estrenar en Jeonju ya más de un año después. Es así, incluso los directores más sensibles, talentosos y humanistas tienen ambiciones y prefieren los festivales más grandes antes que respetar un contrato o ser fiel a un festival que los ayudó con mucho dinero en el momento en el que más lo necesitaban. (Lo que sigue a continuación es un simple chisme, pero creo que agrega algo a lo vengo contando. Los responsables de la película DIRECT ACTION editaron un libro sobre la película, un libro bellísimo con una edición de lujo, publicado por una de esas coquetas editoriales europeas. Nunca pude ver el libro en cuestión, mejor dicho, solo lo vi una vez a través de la vidriera de una librería cerrada. Un día, en la oficina de Jeonju, le pregunté a los programadores si habían recibido el libro en cuestión. No tenían idea sobre qué les estaba hablando. Es así, los directores de cine son gente que te pide plata para organizar su fiesta de cumpleaños y después no te invitan. Sépanlo). Todos estos motivos, sumados a los económicos, como nunca Corea está pasando por una pequeña (al menos en comparación a nuestras tierras) crisis económica fue lo que finalmente llevó al festival a suspender por este año la convocatoria internacional de el Jeonju Cinema Project. Pero no así a dejar de confiar en los directores y en seguir apostando por ellos. Con parte del dinero que no fue utilizado, el festival participó en la compra previa de una serie de películas de directores consagrados, para así asegurarse el estreno de dichas películas. El primero de ellos es Lisandro Alonso con su La libertad doble (2026) a estrenarse en horas en la Quinzaine de Cannes. Habrá que ver si todos estos problemas se logran encauzar, si la suspensión del JCP no se hace permanente y si los programadores del festival logran volver a confiar en los directores. Esto último me parece lo más difícil.
Acá terminamos con esta edición del festival de Jeonju. Quedaron muchas cosas por hablar, como siempre, pero volveremos a ellas en futuras entregas de esa serie que dimos en llamar “Viaje al corazón de los festivales de cine”.
Por otra parte, en horas comienza Cannes y la atención del mundo del cine, nos guste o no, se irá para ese lado. Así que ya los dejo tranquilos con estas crónicas.
Desde aquí le mandamos los mejores deseos al tío Thierry Frémaux y nos despedimos con una de sus frases, que es casi un pedido, extraída del libro Selección oficial:
“[…] Ver resurgir un debate lleno de disputas […], que se vuelvan a fertilizar las tierras actualmente áridas del pensamiento cinéfilo, sería una formidable noticia.”
Que así sea.
Nos vemos en la próxima.




